La historia contemporánea nos nutre de testimonios de vida y conducta, hombres y mujeres que fueron importantes, imprescindibles o, simplemente, admirables. En tiempos en los cuales las sociedades interpelan a sus dirigentes, me atrevo a decir, que esa interpelación tiene su génesis en la ausencia de ejemplos a seguir. Seguramente, también esa interpelación es hija de la frustración que todo cambio genera en los “no elegidos”… Nuestra época vive un cambio tan vertiginoso como huérfano de testimonios de vida y conducta.
También estos tiempos nos muestran a una clase dirigencial que antepone, de manera casi unánime, sus íntimas creencias o convicciones, a liderazgos disruptivos que imponen conductas rayanas en la impostura y el agravio, imposiciones válidas para el líder se adoptan con una convicción y una sobreactuación casi propia de un converso. La libertad individual, entendida como el obrar libre de una persona que siente la obligación moral de actuar, en uno u otro sentido, ha sido derrotada por la decisión de un líder que impone lo que se debe hacer o decir y como hacerlo.
No hace falta hurgar demasiado en la historia para saber el destino de esa deriva: hordas de obsecuentes, en el mejor de los casos, reprimidos, arribistas o simplemente cobardes, ya no sienten, ni la obligación ni el deseo, de dejar su propio testimonio de vida; el único testimonio que cuenta es el del líder.
Hace apenas cincuenta años sucedió un hecho que creo vale la pena recordar y, más útil aún, poner en conocimiento de quienes lo ignoran. Inglaterra era gobernada por un Primer Ministro llamado Harold Wilson, líder absoluto del Partido Laborista Británico. Corría el año 1976 y Wilson promediaba su segundo mandato como Premier. Harold Wilson era famoso por poseer una memoria sin rivales; hasta el propio Winston Churchill había reconocido públicamente la excepcionalidad de aquella capacidad.
Pero, en algún momento de 1975, Wilson notó lo que nadie a su alrededor había percibido. Su absolutamente excepcional memoria ya no era la misma. Tan extraordinaria era aquella facultad, que solo el poseedor de ese don podía advertir una mínima falla. Con discreción hizo una consulta médica y el resultado fue devastador para Lord Wilson: padecía, en grado muy incipiente, la enfermedad de Alzheimer.
Harold Wilson no dudó. Antes que nadie, o solo despues de decírselo a su íntimo círculo familiar, pese a ser un hombre de sentimientos nada monárquicos, fue a ver a la Reina Isabel II y le comunicó que iba a renunciar a su cargo. La Reina, que pese a un comienzo difícil había terminado construyendo una muy buena relación con el Premier socialista, no salía de su asombro, tanto por la noticia como por la total ausencia de síntomas visibles de la enfermedad y que a su juicio impidieran a Wilson continuar gobernando.
Obviamente, aquella conversación fue privada y solo pudo ser reconstruida por la historia, seguramente a partir de los dichos de sus únicos participantes. La Reina le pidió que permaneciera en el cargo, manifestándole que ella no advertía síntoma alguno que le impidiera cumplir el resto de su mandato. Harold Wilson fue inflexible y, según se desprende de las reconstrucciones históricas, le manifestó a Isabel II que, el solo hecho de el saber de su incipiente enfermedad, lo obligaba ética y moralmente a renunciar.
La Reina Isabel solo atinó a solicitarle que la invitara a cenar al 10 de Downing Street. Ningún monarca británico concurría a la residencia del Primer Ministro. La primera excepción fue cuando la Reina cenó con Winston Churchill; la segunda, cuando cenó con Harold Wilson. Hasta hoy, esas dos concurrencias de un Rey al 10 de dowing stret, siguen siendo las únicas dos ocasiones en la historia británica en las que ocurrió algo semejante.
Más allá de las enormes diferencias ideológicas, que seguramente hubiera tenido con Harold Wilson -socialista y claramente estatista-, siempre me fascinó ese hombre. Antes de ser Primer Ministro recorrió toda la administración pública británica: fue funcionario de carrera del Ministerio de Hacienda, ministro en anteriores administraciones laboristas, diputado y finalmente Premier. Líder absoluto de su partido, al que había llevado 4 veces a la victoria electoral. Wildon no dudó. Ante su incipiente enfermedad juzgó que su permanencia en el cargo, aunque perfectamente posible, era ética y moralmente reprochable.
Renunció en marzo de 1976 y murió casi veinte años después, en 1995, no por Alzheimer sino por un cáncer de colon. Ese testimonio de Lord Harold Wilson dejó una vara muy alta en la conducta de los servidores públicos. Alguien que, sin necesidad inmediata, renuncia a todos los honores —bien ganados, por cierto— por un imperativo ético y moral autoimpuesto.
Ese testimonio quedó grabado en la historia política británica.
Traigo este pequeño recordatorio, de semejante gesto ético y moral, a nuestra brutal actualidad. Hace dos meses estamos inmersos en una seudo crisis producto de las denuncias contra el Jefe de Gabinete Adorni. Anoche me vino a la memoria qué hubiera hecho Harold Wilson —o alguien de su talla moral— ante una situación semejante.
No tengo dudas que hubiera renunciado hace ya muchos días. No le hubiera importado lo que dijera el Presidente Milei, como a Wilson no le importó lo que le dijo la Reina Isabel. Habría hecho lo correcto, lo ético, lo moralmente necesario. Habría intentado dejar un testimonio de conducta.
Ese testimonio no es, ni mas ni menos, que el de un funcionario que, ante una denuncia de entidad, debe despojarse de sus honores y defenderse en el llano. Y esa es una decisión individual y soberana que nadie puede impedir, ni un Rey ni un Presidente.
Adorni está lejos de Lord Harold Wilson, en todos los aspectos. Pero la ética y la moral no son patrimonio exclusivo de los brillantes; también pueden pertenecerle a un hombre común e incluso a un mediocre, como parece ser el caso de nuestro Jefe de Gabinete.
La opinión del líder, la prohibición del líder —si es que estamos ante una prohibición de renunciar— o es un acto de obscena obsecuencia o es, simplemente, la excusa perfecta para tapar una absoluta falta de ética.
No soy partidario de este Gobierno. Soy opositor, aunque lo voté en la segunda vuelta. Pero me siento parte de un sector de la sociedad que quiere un cambio y que desea que, ese cambio, sea sostenible y persistente en el tiempo.
El liderazgo disruptivo del Presidente Milei no logra en mí mas que rechazo, mas rechazo aun genera cuando desde el aparato publicitario paraoficial, intentan recordarme, a diario, la tragedia de los años kirchneristas en general y del último ciclo en particular.
Si la idea es cambiar el país no hagan odiosas comparaciones sobre la entidad monetaria de los hechos en debate. No se pongan, como meta exclusiva, el equilibrio fiscal. Reducir el cambio a una vara contable, o peor aun, a una comparativa de montos ante lo obsceno de ciclos politicos anteriores, es reducir lo util y necesario a una planilla de Excel. Si, verdaderamente, queremos construir una transformación -que sobreviva generaciones -debemos hacerlo con los mejores hombres libres que quieran ese cambio.
El cambio no se construye con imposiciones de conducta ni con inconductas. Se construye, como hizo Harold Wilson, haciendo simplemente lo que hay que hacer.
Por último, quiero compartir una foto de su sepulcro. También eso me hizo nacer una reflexión: quizás la sencillez de una tumba refleje la grandeza de su habitante; y quizás, los enormes mausoleos, reflejen la pequeñez espiritual de sus moradores. Pero eso será motivo de otro escrito que, quizás, algún día haga.

Por Alberto Bigliardi, abogado.
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