Cada 10 de mayo, en Bolivia, el Día del Periodista viene acompañado de saludos protocolares, placas de reconocimiento y discursos llenos de palabras nobles: “democracia”, “libertad de expresión”, “compromiso con la verdad”. Después pasan un par de horas, el café se enfría… y todo vuelve a la normalidad: políticos insultando periodistas, medios denunciando presiones y una sociedad que ya no sabe muy bien a quién creerle.

La relación entre política y periodismo nunca fue un romance. Apenas una convivencia incómoda, llena de sospechas mutuas. Los políticos necesitan visibilidad, pero detestan el escrutinio. Y los periodistas necesitan acceso a la información, aunque saben que el poder rara vez entrega datos sin calcular el costo político.

Durante décadas existió un pacto tácito: los políticos podían detestar a los periodistas, pero igual tenían que lidiar con ellos. Necesitaban ruedas de prensa, entrevistas, titulares, cámaras y micrófonos. Hoy esa dependencia cambió radicalmente.

En una entrevista publicada por El País, el investigador danés Rasmus Kleis Nielsen resume el problema con una frase demoledora: “A los políticos no les gustan los periodistas. La diferencia es que antes tenían que lidiar con ellos; hoy ya no”. Y tiene razón. Las redes sociales permitieron a muchos líderes hablarle directamente a su público, sin intermediarios incómodos.

Vivimos la era del político-influencer: transmisiones en vivo, TikToks y frases calculadas para viralizarse. El viejo político que temía una portada de periódico ahora teme más convertirse en meme. Entendió algo decisivo: hoy la atención cotiza más alto que la profundidad.

Cuando desaparecen los intermediarios críticos, también se debilita el espacio donde una sociedad contrasta versiones y verifica datos. Lo que queda es propaganda emocional circulando a velocidad de algoritmo.

En Bolivia el escenario es todavía más precario. El periodismo independiente sobrevive entre polarización política, crisis económicas, precariedad laboral y desconfianza pública. Muchos medios dependen de publicidad estatal para mantenerse a flote. Otros redujeron sus redacciones al mínimo. Y mientras tanto, las redes recompensan más el grito que la investigación, el escándalo que el contexto y la velocidad que la verificación.

No ayuda tampoco cierta soberbia periodística heredada de otros tiempos. Durante años, algunos medios confundieron influencia con autoridad moral. Y cuando la credibilidad empezó a erosionarse, mucha gente dejó de distinguir entre un periodista serio y un operador disfrazado de periodista.

A eso se suma otro detalle incómodo: hay políticos que no quieren periodistas; quieren relacionistas públicos con micrófono. Gente que pregunte poco, incomode menos y admire más. Muchos formatos digitales —entre ellos, podcasts y entrevistas complacientes— funcionan más como espacios de promoción que de contraste. Y cuando aparece alguien que investiga demasiado o hace preguntas incómodas, se le quita publicidad o se lo “pone en la heladera”.

Las redes profundizaron además una lógica tribal. Ya no importa tanto si una información es verdadera, sino si favorece “a los míos” o perjudica “a los otros”. El periodismo queda atrapado entre barras bravas ideológicas donde cualquier dato incómodo se interpreta como militancia encubierta.

Y, sin embargo, el periodismo sigue siendo necesario. No porque los periodistas sean héroes civiles —muchas veces no lo son— sino porque alguien tiene que seguir haciendo preguntas cuando el poder preferiría monólogos. Alguien que revise documentos, conecte puntos y recuerde datos que el algoritmo entierra debajo del próximo escándalo viral.

El buen periodismo nunca fue cómodo. Mucho menos simpático. Su función no es aplaudir ni actuar como animador de campaña. Es incomodar, verificar y poner luz donde otros prefieren penumbra. Claro que eso hoy tiene menos glamour que un contenido viral de treinta segundos. Pero sigue siendo indispensable.

Tal vez el verdadero problema de esta época no sea solo que a los políticos no les gusten los periodistas. Eso pasó siempre. El problema es que una parte de la sociedad también parece haberse acostumbrado a vivir sin ellos. Y una democracia que deja de valorar el periodismo crítico corre el riesgo de quedarse únicamente con propaganda, influencers y discursos sin preguntas.

Por Alfonso Cortez / Desde mi barbecho. Comunicador social.


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