En algún momento de nuestras vidas todos hemos venerado a algún héroe. Para los más fantásticos será Supermán, Batman o Tarzán. O quizás alguna figura surgida de libros, del celuloide o, más realista, de la historia mundial, nacional o familiar. Con el tiempo creemos haber dejado atrás esas figuras, convencidos de nuestra madurez, prescindiendo de héroes y relatos épicos. Sin embargo, muy a pesar de nuestra búsqueda de madurez, en el fondo seguimos necesitándolas. El neuropsiquiatra francés Boris Cyrulnik (1937), conocido como el padre de la resiliencia, sostiene que admiramos a los héroes porque en ellos reconocemos nuestras propias luchas. Sus derrotas reflejan nuestros fracasos, sus heridas las propias, sus victorias sostienen nuestra fe en que podemos levantarnos después de caer.
Los héroes que más nos conmueven rara vez son perfectos. Del universo de la ficción, Superman es un exiliado que perdió su mundo, Batman un niño marcado por el asesinato de sus padres, Oliver Twist un abandonado. Incluso los antiguos héroes griegos estaban atravesados por la tragedia. Aquiles, Ulises, Edipo cargaban con sus ripios personales y con un destino imposible de evitar. Lo que admiramos en ellos no es la ausencia de imperfecciones, sino su capacidad para superarlas.
Desde las tribus amazónicas hasta las grandes civilizaciones hay un relato que cruza cualquier cultura, con una estructura sorprendentemente similar. El héroe que abandona el mundo conocido, enfrentando pruebas y descendiendo a regiones oscura, regresando transformado. Cambian los nombres, los paisajes y los dioses, pero la estructura permanece intacta. El mitólogo estadounidense Joseph Campbell llamó a esta secuencia el viaje del héroe. Se trata de una de las herramientas básicas mediante la cual la mente humana ha organizado la experiencia vital. Una estructura que no es privativa de la literatura o de la mitología, sino parte de la vida cotidiana. Puede tratarse de un hombre que pierde su empleo y debe reinventarse o de una mujer que atraviesa una enfermedad grave y descubre una nueva forma de vivir o un migrante que abandona su tierra natal para comenzar desde cero en un país desconocido o una familia que sobrevive a una tragedia. Todos relatos que desarrollan un viaje heroico específico.
Cyrulnik explica el poder de estos relatos a través del concepto de resiliencia, que no consiste en resistir el golpe como si nada hubiera ocurrido, ni endurecerse o convertirse en invulnerable, sino en aprender a vivir a pesar de las heridas. El héroe no vuelve a ser el mismo después del tránsito de su aventura. Algo que resulta especialmente relevante en una época marcada por la incertidumbre, de sociedades que experimentan cambios tecnológicos acelerados, crisis económicas recurrentes, transformaciones culturales profundas y una creciente sensación de fragilidad institucional. En un contexto donde las certezas se desvanecen, el viaje del héroe cobra especial relevancia.
No es necesario recurrir a textos tradicionales, nos topamos con estos tipos de historias a cada momento. En las películas, en las series, en las biografías de deportistas, de empresarios, de activistas o de líderes políticos. Los encontramos también en las redes sociales, donde millones de personas siguen historias de superación personal que muestran el camino hacia una vida mejor. Pero, hay que tener cuidado, pues inspirarse en un héroe no es lo mismo que entregar la propia voluntad a un salvador. La necesidad de héroes puede convertirse en una debilidad cuando una sociedad deposita todas sus esperanzas en figuras providenciales, corriendo el riesgo de renunciar a su propia responsabilidad. En “Vida de Galileo” el dramaturgo alemán Bertolt Brecht acuña la frase “desdichado el país que necesita héroes”, refiriéndose a aquellas sociedades que esperan que una sola persona resuelva problemas que pertenecen a todos. Nuestra historia latinoamericana ofrece numerosos ejemplos. Caudillos, líderes carismáticos y figuras mesiánicas han surgido una y otra vez prometiendo redenciones colectivas. Despertando entusiasmo, que rápidamente se transforma en decepción.
El psicólogo canadiense Albert Bandura, en su teoría del aprendizaje social, explica que los seres humanos aprendemos observando a otros. Necesitamos modelos, ejemplos que nos permitan imaginar posibilidades de acción. Así los héroes nos muestran que existen caminos posibles porque encarnan aquello que aspiramos a ser, construyendo historias que responden a la necesidad de encontrar sentido en medio de la incertidumbre, de creer que las heridas pueden transformarse en aprendizaje, de descubrir que el fracaso no tiene por qué ser el final de la historia.
Cada vez que demostramos nuestra admiración por alguien que cayó y logró levantarse, estamos observando una versión posible de nosotros mismos. El secreto de su permanencia no radica en sus poderes extraordinarios o en sus logros, sino en su capacidad para recordarnos que, incluso sumidos en la oscuridad, tenemos la certeza que la vida si continúa.
Por Mauricio Jaime Goio.
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