Si bien en la historia de América Latina abundan los relatos de líderes políticos que prometieron cambiar el destino de sus pueblos, son poco frecuentes las historias de quienes efectivamente lo lograron. Y más raras aún son aquellas donde la transformación no surge de una revolución o una ideología o un gobierno providencial, sino de una comunidad que decide enfrentar un problema que durante décadas había considerado insuperable.
La vida y obra del médico chileno Fernando Mönckeberg (Santiago de Chile, 1926) pertenece a esa categoría excepcional. Durante la década de 1950 Chile era un país muy distinto al que conocemos hoy. La esperanza de vida apenas superaba los treinta años, miles de niños morían antes de cumplir los quince años. Sin embargo, aquello no provocaba grandes debates nacionales, más bien era parte de un paisaje, una fatalidad aceptada con resignación.
Fue entonces cuando el doctor Monckeberg comenzó a trabajar en La Legua, uno de los barrios más pobres de Santiago. Allí observó algo que cambiaría su vida para siempre. Los niños no morían simplemente de infecciones o enfermedades respiratorias, morían porque estaban desnutridos. Una diferencia que para muchos no era más que semántica. Mientras la mayoría se quedaba en las consecuencias, Mönckeberg comenzó a buscar las causas. Descubrió que la pobreza no solo afectaba el cuerpo, sino que dañaba el desarrollo cerebral, limitaba las capacidades cognitivas y condenaba a generaciones enteras a repetir un ciclo de exclusión.
Lo interesante es que el mayor obstáculo que encontró no fue la falta de recursos ni la oposición política. Fue la indiferencia social. La desnutrición era un problema invisible pues la comunidad había aprendido a convivir con ella, siendo la muerte infantil casi un componente del paisaje. Los niños morían o crecían con retraso físico y cognitivo sin que aquello generara alarma colectiva. El desafío inicial consistió en convencer a la sociedad de que el problema existía.
Esta historia nos deja una lección que sigue siendo extraordinariamente vigente. Vivimos en una época en la que gran parte de nuestras expectativas descansan sobre la acción del Estado. Cuando aparece un problema social, la reacción inmediata suele ser exigir una política pública, una ley o un nuevo programa gubernamental. Sin embargo, la experiencia de Mönckeberg demuestra que ninguna intervención estatal puede funcionar si la comunidad permanece indiferente.
Antes de construir hospitales, repartir alimentos o diseñar programas nutricionales, fue necesario generar conciencia, que la sociedad decidiera mirar aquello que había preferido ignorar. Con frecuencia olvidamos que los grandes cambios históricos comienzan mucho antes de que intervengan los gobiernos. Comienzan cuando las personas modifican su percepción de la realidad.
La erradicación de la desnutrición infantil en Chile fue posible porque médicos, enfermeras, madres, profesores, dirigentes vecinales y funcionarios públicos terminaron compartiendo un mismo propósito. Si bien el Estado fue una herramienta fundamental, no resulto el protagonista exclusivo. El propio Mönckeberg lo reconocería años después. En varias entrevistas insistió en que una de las tareas más difíciles consistió en convencer a la comunidad de que el problema era real. Sin ese paso previo, ninguna inversión habría sido suficiente.
La enseñanza es poderosa. Los problemas sociales no se resuelven únicamente mediante procedimientos técnicos. También requieren vínculos humanos, los que nacen en la comunidad. Una reflexión que puede aplicarse a muchos de los desafíos contemporáneos. La violencia juvenil, la drogadicción, la crisis de salud mental, la soledad de los adultos mayores o el deterioro de la convivencia urbana no pueden solucionarse exclusivamente desde un ministerio.
Un gobierno puede construir escuelas, pero no puede obligar a una familia a transmitir valores. Puede financiar centros deportivos, pero no puede reemplazar el papel de los clubes barriales. Puede aumentar los presupuestos de seguridad, pero no puede crear confianza entre vecinos. Las sociedades fuertes son aquellas donde las personas desarrollan redes de cooperación capaces de enfrentar colectivamente los problemas.
En América Latina hemos depositado durante décadas una fe casi religiosa en las instituciones públicas. Cada crisis genera nuevas demandas, nuevas leyes y nuevos programas. Sin embargo, rara vez nos preguntamos qué papel nos corresponde desempeñar como ciudadanos.
La experiencia chilena demuestra que el desarrollo no surge únicamente de las políticas públicas. Surge cuando una comunidad decide involucrarse en su propio destino. El progreso material es indispensable, pero insuficiente, pues el verdadero desarrollo exige ciudadanos activos, organizaciones fuertes y comunidades capaces de asumir responsabilidades compartidas.
La enseñanza más profunda que deja la historia de Fernando Mönckeberg es que las sociedades solo cambian verdaderamente cuando sus ciudadanos dejan de esperar soluciones externas y deciden convertirse en parte de ellas. Al finas las comunidades no prosperan cuando el Estado resuelve todos sus problemas sino cuando descubren que poseen la voluntad colectiva para resolverlos por sí mismas.
Por Mauricio Jaime Goio.
Descubre más desde Ideas Textuales®
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.
