La exploración espacial siempre va a estar asociado a la ciencia, especialmente la ingeniería y las matemáticas. Los héroes de la carrera espacial han sido científicos, expertos en computación y ecuaciones, capaces de calcular trayectorias imposibles y de desafiar las leyes de la gravedad. Por eso resulta tan sorprendente la noticia de que la NASA ha decidido convocar a poetas, artistas en general, para que formen parte del nuevo capítulo de la exploración lunar.

La iniciativa, vinculada al programa Artemis, que busca establecer en la luna una presencia permanente, parte de la convicción de que la humanidad necesita algo más que ingenieros para encontrarle sentido a la presencia humana en suelo selenita. Y miren que la idea no es nueva. Ya décadas atrás uno de los astronautas del programa Apolo, Frank Borman, confesó que, después de contemplar la Tierra desde el espacio, pensó que tal vez debieron haber enviado poetas en lugar de científicos.

Toda gran aventura de la humanidad ha tenido narradores. Los antiguos navegantes iban acompañados de cronistas que convertían los viajes en leyendas. Las expediciones científicas de los siglos XVIII y XIX incluían dibujantes, escritores y naturalistas que tenían la misión de traducir la experiencia de lo desconocido a un lenguaje comprensible para el resto de la sociedad. Viajes y relatos siempre han sido inseparables.

Durante mucho tiempo, sin embargo, la modernidad creyó que podía prescindir de los artistas. El siglo XX estuvo marcado por una fe casi religiosa en la tecnología. Se pensó que las respuestas a todos los problemas humanos se encontraban en la ciencia y que la razón terminaría desplazando a los mitos y la imaginación. Pero la realidad nos lleva por otros derroteros. Podemos enviar sondas a Marte y telescopios al borde del universo observable, pero seguimos sin encontrar palabras suficientes para describir lo que significa mirar la Tierra desde la inmensidad del espacio.

Los astronautas que han experimentado esa visión hablan de una sensación de pequeñez y asombro. Para muchos implica una transformación profunda, desarrollando una nueva conciencia ecológica o un universo interno espiritual riquísimo y profundo. En todo caso el tema común a todos es que no encuentran fácilmente las palabras para explicar esta experiencia.

El espacio, al igual que el mar para los antiguos navegantes, no es solamente un territorio físico, es también simbólico. Hay que recordar que la Luna ha ocupado un lugar privilegiado en la imaginación humana desde tiempos remotos. Ha sido diosa, madre, calendario, símbolo de fertilidad y refugio de los muertos. En innumerables culturas, la Luna representa el cambio y la transformación. Y a pesar de que la ciencia insista en que se trata de un cuerpo de roca y polvo, un satélite natural que gira alrededor de la Tierra, constituye una explicación incompleta que no logra eclipsar su dimensión poética.

Todavía seguimos levantando la vista para contemplarla. Todavía escribimos canciones y poemas sobre ella. Todavía asociamos su presencia con el amor, la nostalgia y el misterio. Por eso, el regreso de la humanidad a la Luna no puede registrarse exclusivamente como una experiencia científica, es un acontecimiento cultural.

Al fin la NASA ha comprendido que la humanidad necesita relatos que le den sentido a las grandes transformaciones de su tiempo. La exploración espacial se ha convertido en la última gran frontera de la imaginación humana, pues ya la Tierra ha sido fotografiada, medida y cartografiada hasta el último rincón, los mapas ya no permiten lugar a la imaginación.

Los ingenieros pueden construir las naves y los científicos calcular las trayectorias, pero necesitamos quien explique qué significa para nuestra especie abandonar el planeta en busca de nuevos mundos. El ser humano no explora sólo en busca de conocimiento, sino para embarcarse en aventuras que le permitan escribir una nueva Ilíada u Odisea. La literatura y la poesía han cumplido históricamente la función de construir puentes entre experiencia y significado, entre acontecimiento y memoria.

Quizás por eso la decisión de la NASA no nos debe parecer tan sorprendente. En una época dominada por la inteligencia artificial, los algoritmos y la automatización, la agencia espacial más poderosa del mundo ha terminado reconociendo que nada podrá reemplazar nuestra capacidad de narrar. Pues cuanto más avanzan nuestras tecnologías, más evidente se vuelve nuestra necesidad de encontrar sentido.

La ciencia puede decirnos cómo llegar a la Luna, pero no puede responder por qué seguimos soñando con ella. Y dentro de algunos siglos, cuando los historiadores intenten reconstruir el momento en que la humanidad comenzó a convertirse en una especie interplanetaria, descubran que uno de los documentos más importantes de aquella aventura no fue un informe técnico ni un cálculo matemático, sino un poema.

Por Mauricio Jaime Goio.


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