Por Gustavo Pinto Mosqueira, docente universitario, investigador e historiador boliviano, especializado en la cultura e historia del Oriente Boliviano.
(1ra. Versión final en limpio, domingo 12- mayo-13. 2da. Versión en limpio, 04-junio 2013. Texto preparado para el encuentro de antropología de las Tierras Bajas-Bolivia. Octubre de 2013. Inédito y sin corregir aun de cara a su posible publicación)
A manera de confesión.
Lo que está escrito en este documento no es lo más importante. Después de todo, varios se han dedicado a estudiar a los Mojos y las demás etnias o pueblo de los llanos de Mojos (hoy Beni y sus alrededores) en su vida pre y misional con los jesuitas. Lo más importante, pienso, es lo que les diré en estas líneas propedéuticas.
Así, pareciera inoficioso dedicar unas cuantas páginas más a las misiones de Mojos en su periodo jesuítico cuando ya se han escrito tesis doctorales o de maestría que directa o indirectamente han tocado esa experiencia histórica en el pasado de los pueblos de aquellos llanos benianos. Se tiene, v. gr., la tesis de W. Denevan (traducido al español y publica en 1980), de D. Block (publicada en español en 1997), la de Z. Lehm Ardaya (publicada en 1999) y la de W. D’lia Abularach (publicada en 2008) que toca directamente el aspecto religioso-cristiano de las misiones en Mojos-Beni. ¡Amén de otros trabajos! Pero no es así.
A mi juicio, queda aún por hacer una “valoración” más religioso-humanística de aquellas misiones jesuíticas en y con los Mojos. Sobre todo, desde un contexto cultural y político actual cuando en el oriente boliviano ya se comienza a introducir en la discusión de ideas y en la educación y escuelas oficial de los conceptos de “colonización”, “descolonización”, “despatriarcalización”, “comunitario”, a los cuales añadiría, el de “colonialismo interno”, “etnocentrismo”, y otros. Líneas en la cual, existe la “posibilidad” de que algún ideólogo o estudioso del “socialismo del siglo XXI” vea a tales misiones como la expresión más clara de una experiencia comunista o socialista (como en algún momento se hizo esa lectura de la sociedad incaica que existió al oeste de los llanos de Mojos). Nada más impropio, sería, hacer este tipo de lectura de dicha experiencia jesuítica-mojeña, signada por la creencia en el Dios cristiano-católico. Ser divino al que el socialismo moderno y el comunismo contemporáneo siempre le negaron su existencia.
Por eso es oportuno hacer “otras lecturas”, aunque breves y complementarias, de estudios más extensos, de las misiones en Mojos, al fin de ver otros aspectos, en este caso el cristiano y humano; esto es, el lado de los valores, como el de la libertad y, por contraposición, el antivalor de la opresión o esclavitud, y la fe, que son elementos que siempre estarán vigentes para los hombres de fe en la existencia de Dios; el Dios que revela a su Hijo Jesús en los evangelios, a partir de los cuales los jesuitas también evangelizaron, trabajaron con tesón, murieron, sufrieron, etc.
Hoy se repite y casi se está imponiendo desde el poder estatal que todo en la colonia fue “imposición”, miseria, “etnocidio” para los pueblos indígenas americanos. En algunas regiones tal vez fue eso. Pero en otras, como en las de los Mojos, no fue todo aquello. Los Mojos, o por lo menos, algunas parcialidades, no se sabe si todas en forma unánime, o solo el cacique o algunos de éstos, a nombre de los miembros de sus pueblos o parcialidades, o a título personal, pidieron a los jesuitas conocerla “Buena Nueva”, es decir, al Dios de los cristianos, aun cuando en alguna ocasión hayan sido incitados, por los chamanes (“tiarauqui”), a no volverse cristianos o se hayan arrepentido hacer entrar a sus tierras a los religiosos jesuitas. La desconfianza hacia los jesuitas también se apoderó de los Mojos. Esto era parte del comienzo de una experiencia de conversión a la fe cristiana que, como sabemos hoy, no es fácil ni siquiera para un hombre europeo. Mucho menos podía haber sido para los indígenas mojeños1 que ni siquiera conocían la lengua castellana, menos su escritura, y veían con recelo al blanco europeo que había entrado a sus tierras en plan de hacer “malocas” y traer “piezas” en calidad de servidumbre o “semiesclavitud”.
A pesar de esto, la experiencia de vivir en reducciones o misiones2 se lleva a cabo por los jesuitas, dándose inicio de manera oficial el año 1681 o 1682, durando hasta 1767, año de la expulsión de los jesuitas de los dominios de la corona española. Fueron casi un siglo de vivencia de fe. Con trabajo y disciplina, y con escuelas para los niños y jóvenes, “estilo jesuítico”.
En este trabajo, y guiados por la idea de que las misiones fueron una ocasión de salvación y liberación para los mojeños o los pueblos de los llanos de Mojos, se describe y analizan particularmente el esfuerzo de los jesuitas por iniciar la evangelización en la provincia de Moxos, algunas de las dificultades que hallaron los valores y las formas de vida que hicieron posible esa experiencia cristiana de fe tanto de parte de los misioneros como de los mismos pueblos de Mojos (entre 1681 y 1767), sin los cuales no hubieran sido posible la salvación o liberación del sistema colonial español que en muchas de sus prácticas fue traumático para los indígenas en varias regiones y sub regiones de América.
Para hacer este trabajo, la técnica que se uso fue el análisis de algunos documentos históricos y bibliográficos referidos al tema de las misiones jesuíticas de Mojos.
Al final, ensayamos un par de conclusiones. Nuestra postura como hombre de fe cristiana no es ajena a este estudio. Negarlo sería muy deshonesto. Moral e intelectualmente hablando. No existe la “neutralidad valorativa” en la investigación histórica, social y cultural. Decir lo contrario, es auto engañarnos y es mentir a los lectores.
1 El vocablo o gentilicio “mojeño” (en singular o plural) lo usamos en este wtrabajo para referirnos no sólo a los pueblos, parcialidades o habitantes de los llanos de mojos perteneciente a la familia etnolingüística cultural arawak o maipure, es decir, a las etnias de los Mojos, si no tambien a las otras etnias o pueblos no Mojos que también fueron reducidos en las misiones jesuíticas de Mojos, como, por ejemplo, los Canichanas, aunque en general muchas de las referencias y citas en este texto se refieran, sobre todo, a los grupos o parcialidades de las etnias de los Mojos.
2 En este trabajo las palabras reducción o misión son utilizadas como sinónimas; por tanto, no hace ninguna referencia semántica entre ambas.
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- Las expediciones de descubrimiento y conquista de los Mojos desde Santa Cruz de la Sierra.
Ñuflo de Chávez había hecho dos entradas descubridoras a los llanos de mojos, una en 1561 y la otra en 1566 sin encontrar metales preciosos ni hacer “molacas” (véase Infra cuadro N° 1). Después de la muerte de Ñuflo de Chávez en 1568 a causa del golpe recibido en la cabeza con una macana por el “natural” principal llamado Buerteny o Sapueria, cinco años más tarde, es decir, a partir de 1571, se inicia los intentos de descubrir y conquistar Mojos con el gobernador don Juan Pérez de Zurita, pero sin efectuarse ninguno de ellos. Será el sucesor en el gobierno de la provincia de Mojos, don Lorenzo Suarez de Figueroa (nombrado por el virrey Toledo en fecha 17 de octubre de 1580, quién, entre 1582-1595, comandará u organizará expediciones de conquista a Mojos.
En efecto, entre 1582 y 1583, don Lorenzo Suarez de Figueroa, desde Santa Cruz de la Sierra “La Vieja”, condujo una expedición a Mojos por tierra, pasando por el territorio de Chiquitos, y llegó hasta las etnias Tapacuras y Timbres. Es la primera entrada bien organizada conocida a los llanos de mojos, que llega hasta las cercanías de los Baures y hasta a fundar una población española.
Fue principal preocupación del gobernador Suarez de Figueroa el descubrimiento del país de los Moxo, que, en efecto, estaba ya reservado para los vecinos de Santa Cruz de la Sierra (una Real Cédula del 22 de agosto de 1573 enviada al virrey del Perú Francisco de Toledo lo prescribía así –en adelante los corchetes en las citas son investigaciones mías). Por este motivo, entre los años 1580 y 1583, organizó su primera expedición hacia a esa región por la ruta de Chiquitos, atravesó la región de los Timbúes, llegó a la nación de los indios Tapacuras (Chapacuras), vecinos y parientes de los Baures y no habiendo podido fundar población alguna entre aquellos barbaros, dejó establecida la de Santiago del Puerto, al norte de Chiquitos […] (Chávez 1944: 151; cf. Finot 1978: 268)
Los primeros exploradores y conquistadores de los llanos de Mojos, como Suarez de Figueroa mantuvieron la práctica de la conquista: someter al “indígena” bajo la obediencia del Rey, y luego, dejarlo bajo el dominio español. Esto se prueba claramente en la probanza de Suarez de Figueroa hecha en La Planta por medio de apoderado en 1583 cuando se deseaba su traslado y pretendía gobernar Tucumán, donde antes había estado, o gobernar las provincias del Paraguay. La probanza reza así:
[…]Así mismo he servido a la jornada y descubrimiento que hice en las provincias de los Timbúes y Moxos, la cual dicha jornada hice con mucha gente a mi costa y mención, sin socorro ni ayuda de costo de vuestra real caja; y descubrir en la dicha jornada y traje a la obediencia de V. A. mucha cantidad de pueblos de indios que nunca habían sido descubiertos y los dejé en paz y servidumbre y con noticias y conocimiento de nuestra fe católica, la cual les hice predicar […] (Probanza cit. En Chávez 1944: 151)
Ahora bien, la finalidad principal por la que se funda poblaciones en las proximidades de los llanos de Mojos no es otra que la búsqueda de EL Dorado, o sea, de oro y plata. Es decir, la fundación de estos centros coloniales tiene una finalidad mercantil o económica. Esto, con otras palabras, lo expone el P. Diego de Samaniego en una de sus epístolas:
[…] por el mes de julio de 1595 se dio principio a la entrada y conquista de los Mojos. Es esta una gran provincia, poblada de gente vestida y política y que tiene y se sirve de plata, de que ha muchos años se tiene gran noticia; los que poblaron la ciudad de Santa Cruz no tuvieron por principal objeto hacer allí asiento, asiento, sino que aquella ciudad y las demás (…) fuesen escala para el descubrimiento que pretendían. (Diego de Samaniego cit. en Finot: 1978: 95P
Pero con la finalización del siglo XVI no terminan las expediciones de conquista a los llanos de mojos, pues, los posteriores gobernadores de Santa Cruz de la Sierra persistirán con la intención de encontrar el Paititi o la Tierra Rica. Con este fin, entre 1602 y 1624 se organizaron nuevas expediciones a las tierras de los Mojos.
En efecto, en 1602 se realiza la expedición de D. Juan de Mendoza Mate de Luna, hombre considerado aún entre los primeros gobernadores de Santa Cruz de la Sierra, que vino exclusivamente desde España para tal cargo y, a la vez, para conquistar la mentada Tierra Rica de los Mojos. Entró a la región de los llanos de mojos con muchas dificultades porque se le amotinó la gente, mientras otros escaparon y retornaron; hizo cierto tipo de población a la cual puso el nombre de Santísima Trínidad, y dejó españoles en dicha fundación a la cabeza de su hijo Luis de Mendoza y Rivera, siendo atacada por los indígenas chiriguanos al año siguiente y abandonada por tal motivo (cf. Probanza de servicios… 1613). La noticia más completa sobre esta entrada de Mate de Luna se halla en una carta de La Plata del 1 de abril de 1606 enviada por la Audiencia de Charcas al Rey para mantenerlo informado sobre la conquista de los Mojos, que dice, en una parte, así:
En lo que Vuestra Magestad mos manda y advierte acerca de don Juan de Mendoza, gobernador de la provincia de Santa Cruz de la Sierra y de su entrada a la población de los Mojos, lo que tenemos que decir es que habiendo entrado en la dicha provincia y hecho cierta manera de pueblo a quien puso por nombre la Trinidad, se hubo de manera, con la gente, que por su modo de proceder con ellos y por la maleza de la tierra y poco provecho que en ella hallaba, por quererlos esforzar y perseverar en los trabajos, se le amotinaron algunos, de que resultaron muchas muertes contra a quienes él y su hijo, su teniente, ahorcaron, y otros muchos se les huyeron, no pudiendo – * su esperanza ni por y ventura la de la tierra; […]. (Carta del 1 de abril de 1606, Archivo de Indias 74-4-3.0 cit. en Finot 1978: 271)4
3 El fragmento de texto, citado en otra fuente, que se lo atribuye no a Diego de Samaniego sino a la Carta Anua de la Compañía de Jesús de la Residencia de Santa Cruz, de 1596, dice esto: “[…] Por el mes de julio del año de 1595, se dio principio a la entrada y conquista de los mojos. Es ésta una grande provincia poblada de gente vestida, política, y que tiene y se sirve de plata, de que ha muchos años se tiene grande noticia; y los que poblaron la ciudad de Santa Cruz no tuvieron por principal intento el hacer allí asiento, sino que aquella ciudad y las demás fuesen escala para el descubrimiento que pretendían”. Con este fin también se organizan expediciones a los llanos de mojos desde el Perú (Cuzco), la Audiencia de Charcas, Cochabamba… Entre 1539 y 1569 se organizaron por lo menos diez expediciones españolas a dicha provincia oriental. En 1539 se realizó la expedición de Pedro de Candia ordenada por Pizarro; sólo llegó hasta Opari, a 30 leguas del Cuzco, que no tuvo éxito por habérsele insubordinado los 200 hombres que llevaba consigo. En 1562 se organizó la de Antón de Gastos, que partió de Cochabamba con poca gente, entró a la región de los Mojos, pero tampoco tuvo éxito. Años más tarde, en 1569, se hace la expedición de Cuéllar y Ortega, con 70 hombres, por Cochabamba, que fue suspendida por no tener previa autorización. Junto a las demás expediciones, ninguna tuvo el éxito buscado: oro y plata. Porque en Mojos no habían tales riquezas y porque las dificultades de la travesía no lo permitieron, por ser la zona selvática y montañosa. Al respecto Denevan dice: “[…] Entre 1539 y 1569 se organizaron por lo menos diez expediciones españolas al Orjente desde el Cuzco, Canata, Cochabamba y Opari. Ninguna de ellas llegó a las sabanas situadas al este del rio Beni, debido principalmente al extenso tramo de pluvisilva a los pies de los Andes […]” (Denevan 1980: 60). Otras entradas en busca del reino de los Mojos realizadas desde el Cusco a la cabeza de otros nombres como Juan Álvarez Maldonado, Goméz de Tordoya, Pedro de Legui, el sargento mayor Negrete, que no tuvieron éxito por similares razones que destaca Denevan, se las menciona en el “Testimonio del general Francisco Rodríguez Peinado, vecino de Chilón, Villa de Salinas, 15 de enero de 1644”, cf. Combés — Tyuleneva (2011: 311).
4 “Viedma en su informe de fecha de 2 de mayo de 1793, con el nombre de Descripción de la provincia de Santa Cruz de la Sierra, dice que para sujetar a los indios de Moxos, conocidos desde el año 1562 (época de Ñuflo de Chaves)
Con la intención de conquistar a los Mojos, la corona española, el 2 de octubre de 1607, otorga la Provincia de Mojos a Gonzalo Solís de Holguín en calidad de encomienda, con la condición de poblar definitivamente la Santísima Trinidad fundada antes por Mate de Luna, Así Trinidad se convertiría en el centro desde el cual se conquistaría definitivamente al mojeño, considerado por los conquistadores y colonizadores, según el discurso de la época, como “bárbaro” o “salvaje”.
Bajo este objetivo, más la intención de buscar oro y plata, y someter al mojeño a la corona española, y a las demás poblaciones de los llanos de mojos, en 1617, el capitán Solis de Holguín organizó una expedición que llegó hasta los asentamientos del mojeño de habla arawak (Denevan 1980: 62). En esta expedición, Solís de Holguín tuvo un choque militar con los Tapacuras (Chapacuras), que opusieron resistencia. Ante la superioridad militar, varios pueblos de los llanos de mojos optaron por no hacer frente al español. Sin embargo, éste, a su retorno, llevó consigo a un grupo de nativos jóvenes para enseñarles el castellano y para servirse de ellos (Finot 1978: 272) como vasallos. No hay éxito económico, por no encontrar oro ni plata, pero sí éxito político-militar a favor de los españoles.
Con este afán, en tiempos del virrey Conde de Chinchón, el Rey de España ordenó que se estudiara la posibilidad de reanudar la conquista de los pueblos de Mojos, que el presidente de la Audiencia de Charcas, don Juan de Lizarazu, había propuesto realizar, en 1636, bajo dirección personal y con recursos propios que estaba dispuesto a emplear un vecino de San Lorenzo de la Frontera, es decir, Santa Cruz de la Sierra “La Nueva”: Pedro de Iriarte. “[…] Don Juan de Lizarazu representaba ante el rey la necesidad de ocupar la provincia de Mojos no solamente por razones económicas sino también para oponer un dique a los avances de Portugal, a todo lo largo de la frontera oriental del Alto Perú,” (Finot 1973: 274).
Aunque la expedición no se realiza, pues, habían quedado suspendidas desde la muerte de Solís de Holguín (1626), las intenciones y las praxis de conquista siguen siendo las mismas. En efecto, entre 1631 y 1667, no se sabe qué españoles -civiles, militares o eclesiásticos- entraron a los llanos de mojos. Sin embargo, el contacto con los Mojos desde fines del siglo XVI fue suficiente para transmitir enfermedades (Denevan 1980: 202), comerciar con ellos y cazar mojeños en calidad de “piezas”. Al respecto, Denevan escribe: “[…] con todo, probablemente los vecinos de Santa Cruz llevaron a cabo varias expediciones de caza de esclavos, si se toma en cuenta el posterior pánico de las tribus de sabana de que los jesuitas los iban a esclavizar.” (Denevan 1980: 63; cf. Equiluz 1696: 2; Altamirano 1979 [1705-1715]: 24-25), El P. Baraze, respecto a este temor de los Mojos de que los misioneros los iban a entregar a los españoles para ser esclavos una vez se juntaran en pueblos mayores, escribe: “[…JYa en estos indios de esta Provincia, 109 reconozco tanta resistencia como antes en juntarse a Pueblos medianos, cada parcialidad en su territorio; porque con la venida del Padre Visitador temieron grandemente, que los aviamos de dejar, que habían de pender sus conveniencias y que el español havia de dar en ellos y reconociendo
españoles de Santa Cruz de la Sierra fundaron la ciudad de la Santísima Trinidad, sea e indicar el año, es posible que s se refiera a algún acto de fundación hecho por Palomino o el realizado cuando Mate de Luna […].” (Chávez 1944: 157)
5 “[_.] Ciertamente, los indios Mojo, siendo la primera tribu importante de sabana con la que se toparon los españoles, había disminuido considerablemente a causa de las enfermedades y la caza de esclavos entre 1617 y 1687 […].” (Denevan 1980: 194)
algun amparo en nosotros, se van con el tiempo desengañando, que no los recogemos pa llevarlos cautibos y assi van perdiendo el miedo, aunque siempre con recelos (sic)” (Baraze 1686: 3).
El siguiente cuadro, parcial, que refleja las entradas a los llanos de mojos con la intención de descubrir metales preciosos o poblar el territorio, muestra que en más de una ocasión dichas incursiones terminaron en “malocas”, es decir, se les hizo la guerra a los indigenas con el fin de vencerlos y tomarlos como “piezas”, esto es, serían sometidos para el servicio en las casas de los hispanos o cruceños.

La caza de “piezas” se confirma, pues, en 1667 entrá una expedición a los llanos de mojos, a petición de los mismos Mojos que ya tenían comercio con los españoles-cruceños, con dos objetivos: 1ro., ayudar a los Mojos en su guerra contra la etnia Canacures (o Cañacures) y 2do., con la intención de ganar o traer esclavos a Santa Cruz de la Sierra. El jesuita Juan de Soto acompañó la expedición a fin de ver la posibilidad de fundar misiones, tras haber sido motivado a ello por sus personales contactos con el mojeño en Santa Cruz de la Sierra (Altamirano 1979 [1705-1715]: 25) y por los informes de grandes cantidades de poblaciones que habían dado los propios jesuitas de expediciones anteriores. Al regresar, el Hno. Soto recomendó a los superiores jesuitas fundar misiones en la provincia de los Mojos, en estos términos: “No parece que ahora como antes se irá todo en señas y amagos, porque según Vuestra Reverencia podrá ver y ponderar, tiene más fundamento en este tiempo la esperanza de atraer y convertir una dilatadísima y espesísima selva de gentiles y bárbaros, derramada latamente en muchas y diversas naciones, al gremio de nuestra santa fe y religión católica, de la que hasta aquí hemos tenido. Pues el camino se ha descubierto, y visto la muchedumbre de esta gente, y llegado a sus tierras y hablado con ellos y experimentado sus ánimos […] (Soto 1668; cf. Denevan 1980: 63).
Pero la caza de “piezas” no termina con la fundación de las primeras misiones en los llanos de mojos. Pues, por la parte noreste, y ya en pleno siglo XVIIL, los mamelucos o paulistas brasileros, que hacían penetraciones a dominios territoriales españoles -gente feroz, cruel, sin piedad; raza que aparece a consecuencia de la mezcla de portugueses con mujeres aborigenes y negras (Denevan 1980: 139)con el fin de solucionar los inconvenientes de la soledad, la falta de relación sexual, de dinero, la fatiga del trabajo de sembradío, realizan expediciones a dichos llanos para llevarse esclavos a la región de Matto Grosso.
Con el fin de solucionar todos aquellos inconvenientes, decidieron unánimemente -[…]emprender una expedición contra los indios paganos. Fueron, rodearon sus aldeas, asaltaron y mataron con armas de fuego a cuantos se atrevían a resistir o a huir; pegando después fuego a sus casas y asolando cuanto había, los ataron con larguisimas cadenas de hierro y emprendieron la vuelta. La expedición tuvo éxito, intensificando asi los deseos de emprender otras. En cuanto llegaron a sus casas, cada uno reclamó para sí a sus propios cautivos: las mujeres y los hombres que preferian se quedaban para su servicio; los demás los vendian en Mato (sic.) Grosso […]. (Eder 1985 [ca.1772]: 140; cf. D” Orbigny 1992 [1845]: 156)
Es ante esa situación de peligro para el mojeño, tanto de parte de la misma colonia española como de los portugueses que buscaban expandirse por territorios bajo dominio de España, que los padres jesuitas, desde 1668 hasta 1767, buscan “salvar” al mojeño o las etnias de Mojos. Ante el peligro de sojuzgamiento o de esclavización de los habitantes nativos de los llanos de mojos, los jesuitas, a través del sistema de las reducciones, se esforzarán por mantener la libertad del hombre de esos llanos. Desde esta otra perspectiva vamos a entender las misiones jesuíticas de Mojos (1681-1767) coma un intento de liberación del mojeño.
2. Reducciones jesuíticas de Mojos: un intento de liberación del mojeño
Ya antes de 1675 una real cédula de 1597 otorgaba a los jesuitas de Santa Cruz de la Sierra licencia para fundar misiones o reducciones en Chiquitos y Mojos (Denevan 1980: 62). Años después, el 1624, Solís Holguín, que había recibido en encomienda la provincia de Mojos el 2 de octubre de 1607, y después de no haber conseguido oro mí plata en sus expediciones (vid. Supra-Cuadro No. 1), concede y otorga su encomienda a los misioneros jesuitas a fin de que éstos funden misiones. Aunque este proyecto misionero sólo se efectivizará más de medio siglo después.
Mientras tanto, entre 1582 y 1650, las expediciones de exploración y conquista a los llanos de mojos, organizadas desde Santa Cruz de la Sierra, al no encontrar ni oro ni plata, se habían ocupado de batallar contra algunas naciones de aquellas tierras, habían vencido a algunos pueblos o parcialidades de la región y las habían sojuzgado. Esta praxis de conquista había dejado sembrada en las etnias de Mojos, en unas el temor, en otras la resistencia, en otras la indiferencia o el rechazo al contacto con el blanco español (Chávez 1944: 194).
En estas expediciones algunos jesuitas habían participado como observadores y conocedores de la región y sus poblaciones, En efecto, el primer jesuita que llegó a los llanos de mojos, partiendo de San Lorenzo de la Frontera y siguiendo el curso del río Guapay, fue el padre Gerónimo de Andión (, religioso de las misiones de Santa Cruz, destinado para acompañar la expedición enviada por el gobernador Suárez de Figueroa en julio de 1595 (Altamirano 1979 [1705-1715]: 24). En 1617, a la expedición del gobernador interino Solís de Holguín, acompañó el jesuita Gerónimo de Villarnao”. En 1624, el mismo Solís de Holguín organiza y envía una segunda expedición de la cual formó parte el jesuita Juan Navarro (Chávez 1977: 35; Chávez 1944: 191-193), Ninguno de estos jesuitas realiza evangelización, a lo más, a su regreso, hacen relatos e informes a sus superiores.
Sólo a partir de 1647 el mojeño se puso en contacto más permanente con el blanco español o cruceño de San Lorenzo para comerciar por invitación de los algunos jesuitas y de un grupo de cruceños (Altamirano 1979 [1705-1715]: 24-25). […] no sólo para conseguir herramientas sino también abalorios, lentejuelas, chaquiras, pedazos de plata, de estaño, etc. Pero otras naciones mantenían su rebeldía y defendían sus tierras del blanco […].” (Chávez 1944: 194).
A raíz de ese contacto, el hermano jesuita Juan de Soto, que participó en la expedición de 1667, tuvo una relación amistosa con los habitantes de los llanos de mojos, les habló del Evangelio y les hizo promesas de volver el próximo año con más compañeros religiosos. En efecto, les predicó sobre la religión cristiana diciéndoles, entre otros asuntos, que Dios era el creador del cielo y de todo lo que existe; que es todo poderoso; que castiga a los malos y premia a los buenos; que él da la vida eterna a los que creen en él; que ese Dios se llama Jesucristo; que su madre es María. En esta parte de la prédica del Hno. Soto está la dimensión salvadora-espiritual del cristianismo. Luego les aclaró: “Y no temáis que haciéndoos cristianos hayáis de perder vuestra libertad: antes la mejoraréis viviendo como hombres de razón y al amparo de los españoles, que, aunque son terribles a sus enemigos, son muy corteses y humanos con sus amigos.” [Las cursivas son nuestras]. En esta otra parte de su discurso está la dimensión ético-política del cristianismo, es decir, el mojeño no dejaría de ser libre convirtiéndose a la fe en Jesucristo. Después de predicarles sobre la religión cristiana, los mojeños le pidieron que se quedase con ellos y les hiciera cristianos, pero el Hno. Soto les respondió que le “era fuerza volver a Santa Cruz con los españoles, y que procuraría viniesen sacerdotes a doctrinarlos y hacerlos cristianos” (Soto 1668)”. Sobre este
6Sobre esta expedición de descubrimiento y conquista de la provincia de Mojos, el P. Andión escribió una carta-informe al Provincial el 17 de julio de 1595, contenida en la Carta Anua de la Residencia de los Jesuitas de Santa Cruz de 1596, en la cual aporta algunos datos etnográficos relativos a algunas etnias mojeñas, como por ejemplo, los Baures (Maures). Cf. “Cartainforme de G. de Andión (1595)” en Carta Anua de la Residencia… 1596.
7Este jesuita, después de 18 años de aquella entrada —él se quedó en la provincia de los Tapacuras (Chapacuras) mientras un grupo de españoles-cruceños siguieron adelante y llegaron hasta los Torococies (los Toros)-, a petición de la Audiencia de Charcas, estando aún en San Lorenzo, el 30 de noviembre de 1635, recién escribió una relación sobre dicha entrada, cf. Anexo 4: “Relación del padre Jerónimo de Villarnao”, en Combés —Tyuleneva (2011: 255-258).
8Este jesuita dio a conocer esta entrada por los papeles que el mismo Gonzalo Solíz de Holguín le dejó en sus manos antes de morir; al respecto cf. Anexo 4: “Relación de la entrada de Gonzalo Solís de Holguín”, en Combés — Tyuleneva (2011: 251. 255). Ni la relación de Villarnao ni la de Solís de Holguín aportan datos etnográficos sobre las etnias o parcialidades de los llanos de mojos en el periodo pre jesuítico.
9La carta-informe del Hno. Juan de Sato podemos asegurar es una de las primeras que aporte varios datos etnográficos sobre los pueblos o parcialidades de la etnia de los Mojos en la etapa pre jesuítica. Y es una de las primeras que recoge la descripción (con datos etnográficos) de algunas naciones o etnias no mojeñas (torococies, cañacuries, raches, por ejemplo) y mojeños (de los Mojos o Morococies), asentadas en la provincia de Moxos, de boca de un indígena mojeño que sabía la lengua castellana, de nombre Yoromo sujeto al cacique mojo Moye. Su escrito se titula: “De lo sucedido en la jornada de los Mojos. Año de 1667 (Juan de Soto, La Plata, 30 de enero de 1668)». Lo mismo hará la del P. jesuita Julián de Aller, como observamos más adelante en este trabajo.
contacto del Hno. Soto, Altamirano escribe: “[…] Puso el hermano Juan su principal mira y todo su cuidado en agasajar á estos Mójos (sic), que quedaron muy prendados de su cariño. Hízoles la oferta (y la admitieron) de volver con otros padres al año siguiente […].” (Altamirano 1979 [1705-1715]: 25). Al respecto Chávez (1944: 195) también dice: “El Hermano Soto en contacto con los Moxos los agasajó en toda forma hasta inspirarles confianza, mostrándose muy bondadoso y caritativo, prometiéndoles que volvería con otros compañeros religiosos al año siguiente.”
Una vez en San Lorenzo, el Hno. Soto informó desde la ciudad de La Plata al Provincial sobre el resultado de su visita a los Mojos y de la posibilidad de su evangelización, por la buena índole y el hospitalario recibimiento que le hicieron los pueblos o naciones de Mojos. A propósito de esa entrada, escribió: “En Machu, que es otro pueblo de la otra banda del río, hice la misma plática delante de 30 indios que me oyeron con mayor voluntad, que mostraban en las instancias que me hacían para que me quedase con ellos y los hiciese cristianos; […J” (Soto 1668). La noticia se extendió por toda la provincia y se acordó realizar una empresa de carácter religioso, que debía ejecutarla el mismo Hno. Soto con el P. José Bermudo, que irían primero, y el P. Julián de Aller, que se incorporaría después. Los dos primeros, en septiembre de 1668 se dirigieron a Mojos, uniéndoseles al año siguiente Julián de Aller, llegando a permanecer aquellos dos años y éste último sólo once meses. No fundan ninguna misión a causa del temor de los mojeños a ser transportados a Santa Cruz de la Sierra (cf. Altamirano 1979 [1705-1715]: 25-26; Denevan 1980: 63; Chávez 1944: 195-196) y ser entregados como cautivos a los españoles (cf. Baraze 1686: 3; Beingolea 2005 [17647]: 170), y de las amenazas de parte de algunos mojeños de que “dejasen aquella tierra y volviesen a la suja” (Altamirano 1979 [1705-1713]: 179). Pero de esta primera visita de los misioneros jesuitas con el objetivo de iniciar la evangelización de la provincia de Moxos, quedó otra de las primeras relaciones jesuíticas fruto de la convivencia in situ con los pueblos mojeños, escrita por el P. Aller, en la cual no sólo se dan datos geográficos de la región (“El temple de la tierra es húmedo y caliente”, enológicos (“la gente es muy dócil, apacible y doméstica”; “No tienen rastro de idolatría ni adoración alguna; conocen a Dios y confiesan su divinidad”; “Los caciques, que en su lengua llamanChechaco, no tienen jurisdicción alguna sobre la gente de sus pueblos; sólo en ocasión de la guerra es cuando gobierna, capitanea y manda”; “Viven con grandísima paz y raro es el indio que tiene dos mujeres”; sus casas están “limpísimas”, para dormir sólo usan “hamacas”), sino también sobre el ánimo de los mojeños respecto a recibir la noticia de Dios según las reglas!” que llevaban los padres: “Según ellas he hecho las Oraciones y el Catecismo y todo lo demás tocante a los Misterios de la Fe; y hecho esto, se lo leí a un indio, el cual lo escuchó con grandísima atención y, acabado, dijo: “Tiuri, Tiuricucha”, que es: “bueno, muy bueno”. Entonces le hice decir por el intérprete que a
10Estas reglas más específicas para la evangelización de la provincia de Moxos fueron prescritas por escrito por el Provincial del Perú, P, Hernando Cavero en 1676 y enviadas a los PP. Pedro Marban, Cipriano Barece y el Hno. José del Castillo; si Aller habla de evangelizar según las reglas, con seguridad los jesuitas ya tenían desde antes prescritas esas reglas para aplicarlas a otras experiencias de evangelización de pueblos indígenas; lo que el P. Cavero hace es dirigir esas reglas para el caso de la misión con los pueblos de Moxos, De esas reglas o instrucciones, es importante notar las que hablan más específicamente de la evangelización (véase reglas No. 5, 6 y 15) y de la prohibición a los jesuitas de sacar mojeños de sus tierras en calidad de “piezas”, o sea, para su servicio personal (véase regla No. 11), “Ordenes de Instrucción que hizo el Padre Hernando de Cavero Provincial de esta Provincia, Compañero de los P.P.C.C. de ella, para los P.P. de la Misión de los Moxos”. 1676. (Versión digital). Ya el jesuita Gerónimo de Andión, en 1595, cuando acompañó a la entrada que hizo el gobernador Don Lorenzo Suárez de Figueroa a la provincia de los Majos, llevaba consigo unas reglas o instrucciones del superior de los jesuitas de la Residencia de Santa Cruz de la Sierra, cf. Carta Anua Carta de la Compañía de Jesús, 1596: Residencia de Santa Cruz.
enseñarles aquellas cosas había venido, que viese si quería que se las enseñásemos los Padres y que para eso estábamos en sus tierras. Respondió sí, de muy buena gana y ya empiezan en su lengua a saber los niños los Misterios y el Catecismo de nuestra Santa Fe […].” (Aller 2005 [1668 o 1669]: 37).
Las condiciones para la evangelización estaban dadas a partir de 1667, pues se habían entablado relaciones de confianza, sin imposiciones, en un marco de libre aceptación de la fe en Dios de parte de los mojeños, y de los jesuitas había la disposición a enseñársela a través de la oración, el catecismo y otras prácticas cristianas y humanas. Ahora bien, a nuestro juicio, antes de 1667 y este año marca el proceso de la evangelización de la provincia de Moxos en estas etapas: una primera, de reconocimiento de las tierras de Mojos y de su gente, en la cual los jesuitas acompañan algunas expediciones de los españoles-cruceños en busca del Paitití (va desde fines del siglo XV1 -1595hasta 1667); una segunda, de entrada a los llanos de mojos a seguir conociendo la región y a los grupos o parcialidades mojeñas para ver la posibilidad de fundar reducciones (misiones), haciendo ya algunos acciones de evangelización como, por ejemplo, darle la extremaunción a ancianos que están por morir y dando informes más largos por medio de cartas y relaciones sobre los pueblos Mojos y otras etnias (esta etapa va desde 1667 hasta 1679 o 1681afío de la primera misión fundada oficialmente, Loreto), y, la tercera etapa, de fundación de las reducciones y ejecución de la empresa misionera o evangelizadora (que durará desde 1681 o 1682 hasta 1767 —año de la expulsión de los jesuitas de América).
2.1. El jesuita busca evangelizar y liberar al mojeño
Antes de continuar con la descripción de la entrada del Hno, José del Castillo, del P. Cipriano Baraze y Pedro Marbán en 1674, vamos a introducir dos criterios fundamentales que permitirán probar que las reducciones jesuíticas de Mojos, a pesar de darse en el contexto histórico de la plena colonización de América Latina, tuvieron, en el fondo, una intención liberadora. El primer criterio surge de la siguiente pregunta: ¿Cuáles fueron las intenciones básicas por las cuales los jesuitas aceptaron fundar reducciones, además de las del Paraguay, Chiquitos, ¿las de Mojos? La respuesta, con Menacho la resumimos en tres intenciones: 1) Evangelizar o convertir a la fe a los indígenas en este caso del oriente boliviano. 2) Organizarlos en pueblos mayores. 3) Liberarlos del encomendero y sobre todo de los blancos colonizadores que querían y pretendían esclavizarlos. A raíz de estas intenciones nos preguntamos: ¿Acaso esto no es un intento ético? ¿En el fondo acaso no hay un proyecto si no liberador, sí protector y salvador desde la «Buena Nueva” entendiendo a ésta como la liberación de cualquier tipo de opresión social, política, económica y del pecado que deshumaniza al hombre? En este sentido hay que entender estas palabras de Menacho:
[…] En la mente de los jesuitas había una sola idea: convertirlos a la fe. Daban por supuesto que, sometidos o no, eran ya súbditos del rey. No aparece la idea de que su conversión ayudaría a someterlos, como algunos han querido,
Con este planteamiento se entiende el origen de Jas reducciones jesuíticas. Eran pueblos en los cuales se reducía a vida civil a los selvícolas. No era una novedad. Era perfectamente aceptada por las autoridades civiles, Muchas tribus pasaron a vivir a un solo lugar. Esto traía muchas ventajas para la evangelizacion de los pueblos y para la defensa de las incursiones de los que pretendían esclavizarlos, (Menacho 1987: 9 – Las negrillas son muestras. Cf. Cavero 1676 – Instrucción No. 11que prohibe a los jesuitas tomar a los mojeños como “piezas”)
Si reconocemos que el misionero jesuita desde los primeros años de estar en Sudamérica se preocupó por «salvar al indio» del odioso sistema de la encomienda, entonces, hagámonos esta otra pregunta: ¿Cuál es el pensamiento filosófico-antropológico que sustentó ese proyecto salvador? Ya hemos visto que desde el Evangelio era convertirlo a la fe. Pero hay algo más de fondo aún que, aunque parezca mera hipótesis, veremos que no es así; pues, este algo más de fondo, desde la filosofía jurídica, lo podríamos sintetizar como el «principio de justicia». Se busca tratar con justicia a «el otro»; justicia cuyo fundamento es el amor cristiano. En efecto, el misionero jesuita que ingresa a Mojos, no negamos, vio al habitante de los llanos de mojos, y al mojeño en general, como infiel, pero, y aquí está la diferencia, con “alma”, es decir, no lo ve sub hombre (como «mico») sino como otro hombre «sin más» al cual debía predicársele la fe en Dios. “La cuenta que hago es que yo voy a sólo buscar almas redimidas con la sangre del Cordero”, dijo el jesuita Jerónimo de Andión cuando acompañaba la entrada de descubrimiento y conquista de los Mojos en 1595 (en Carta Anua, 1596). El hermano Juan de Soto en la entrada de 1667, cuando se fue a predicarles a los mojos del pueblo del cacique Moye, además de dirigirse a ellos como “amigos” y “hermanos”, les aclaró esto: “Yo no vengo a hacer mal a nadie, sino a daros noticia del verdadero Dios, y a sacaros de las tinieblas en que vivís.” [Cursivas nuestras] (Soto 1668). Sólo esto explica que el jesuita respetara varias formas de vida del mojeño pre-hispánico y no lo tratara como esclavo, sino como hijo de Dios capaz de recibir la Cruz verdadera. A nivel práctico, lo más que el jesuita hace es quitar las idolatrías (Eguíluz: 1696:), pero no la lengua ni muchas costumbres del habitante de los llanos de mojos’”. A partir de las reducciones el mojeño vuelca esa creencia que tenía en las estrellas, los astros, los montes, lagos… en fe en Dios.
Más aún, el hombre de Mojos, y el mojeño, es respetado en su dignidad. No pierde su libertad. A nivel práctico no es despojado de sus tierras; no es desarraigado totalmente, sólo es trasladado a un lugar adecuado para fundar reducciones; no trabaja para beneficio ajeno -del comerciante, del mercantilista, sedientos de riquezas-, sino para la propia comunidad o reducción. Ya el mojeño Yoromo le había dicho al hermano Soto que a los mojos el oro y la plata no les interesaba (cf. Soto 16683).
Ambos criterios, unidos indisolublemente, permiten entender a las misiones de Mojos como liberadoras, porque el criterio de su organización administrativo-política es la fe cristiana y el mojeño como «hombre libre» del sistema colonial, El P. Pedro Marban se dio cuenta en su momento, con seguridad, del peligro que corría el indígena de Mojos de perder su libertad ante el español colono, cuando en su “Breve Noticia de las misiones de infieles…”, publicada en 1701, dice que aquellos infieles andaban “huyendo la vista del español como contraria a su libertad” (Marban 2005 [1701]: 53), vale decir, la presencia del español implicaba la negación de la libertad del mojeño. Entonces, las misiones era una forma de no seguir huyendo y de asegurar la vida libre en su propio territorio del sistema colonial español o portugués.
2.2. Florecimiento socio-económico de las reducciones
Solo a partir de dichos criterios, los jesuitas deciden realizar el proyecto “salvador”. En efecto, cuatro años después del ingreso del Hno. Juan de Soto, de los Padres Bermudo y Aller, y después de que en 1671 el gobernador de Santa Cruz decidiera que los jesuitas se encargaran de una vez de la “conquista espiritual” de los pueblos de Mojos, en 1674 el Hno. José del Castillo se entusiasma con los relatos del Hno. Juan de Soto, se pone en contacto con los mojeños que llegan a la ciudad de Santa Cruz de la Sierra (San Lorenzo) en busca de comercio, les sirve y observando buena disposición a admitir misioneros en sus pueblos o comunidades, les promete (segunda promesa “oficial” que se les hacía) llevar religiosos. Con tal motivo, y con licencia de sus superiores, se dirige a Lima en busca de la autorización del vice-provincial, P. Hernando Cabero de Henao, quien ante estas noticias consigue que la Compañía, reunida el 7 de septiembre del mismo año, apruebe reemprender nuevamente la “reducción” o evangelización de los Mojos, Junto al Hno. José del Castillo, se destina a los jesuitas Ignacio Majó y Cipriano Barace. Como el P. Mojó recibió otro destino, fue reemplazado por el P. Pedro Marbán (Altamirano 1979 (1705-1713]:178-179). Después de recorrer 600 leguas desde Lima a Santa Cruz de la Sierra, gobernada en ese entonces por don Benito de Ribera y Quiroga, se dispone la entrada en canoas mojeñas por el río Guapay (Chávez 1944: 35). Así, a partir de 1675, los tres jesuitas $e quedan entre las etnias de Mojos realizando trabajos de reconocimiento o exploración de la provincia y su gente. Visitan aldeas próximas ya a pie por las pampas o en canoas por los ríos. De esta manera estuvieron en más de 30 pueblos consiguiendo Ja promesa de la mayoría de que se juntarían para formar poblaciones más grandes tan pronto se hallase otro lugar más amplio y con altura suficiente donde pudieran caber todos y hacer sus chacras (Chávez 1944: 213). La tarca para juntarlos en pueblos mayores no fue nada fácil. Los jesuitas tuvieron que aprender primero la lengua principal que se hablaba, apartarse a las comidas indígenas, buscar lugares más elevados para resguardarse de las periódicas inundaciones, enfrentar las intrigas de los “hechiceros” que los amenazaban con hacerles asesinar con el pueblo o parcialidad, quitar algunas costumbres como las borracheras con la chicha de yuca fermentada en los “bebederos” (especie de templos públicos), soportar malos tratos (Baraze 1686: 4) e indiferencias, y desconfianza de los mojeños, etc., como lo hace notar el misionero P. Pedro Marban (2005 [1701]: 57):
Entre la fiereza de estos bárbaros se hallaron los Padres misioneros experimentado sus ingratitudes, sequedades, retiros, desprecios, intereses y malos tratamientos, remudando las chozas de su habitación por las inundaciones de los ríos, tostados del sol, mordidos de jejenes, mal comidos con alimentos extraños, desnudos por podrírseles la ropa, enfermos con la insalubridad del clima, sin dejarse obligar los indios ni del agasajo, ni de los donecillos, ni de todos los oficios de caridad que ejercitaban con ellos, por mirar a los misioneros como espías dobles del español, y que venían a divertirlos para cautivarlos […]
A. pesar de ello, en 1679 los jesuitas tenían en un lugar una misión, antes de la fundación oficial de la primera, con algunas casas construidas (se dice que había unas 17 casas), pero que eran insuficientes como infraestructura (cf. Sotelo 1679: No. 8). Recién dos o tres años después se funda la primera misión en los llanos de mojos: Loreto. Tuvo que pasar una década y media (1667-1681) para que el proyecto de fundar misiones en Mojos comenzara de manera sistemática.
El P. Orellana describe así la de Loreto en 1681 o 1682 o 168412 (Denevan, 1980: 63) y 2 o 3 años después la fundación de la Santísima Trinidad, o sea, el 1686 (o el 1687)13:
11Un estudio posterior requiere mostrar cuáles fueron esas costumbres mojeñas pre-hispánicas que se mantuvieron o reprodujeron en las misiones jesuíticas de Mojos.
12Respecto a la fundación de la misión de Loreto, se dan dos años: Eguiluz (1696: 15) da el año de 1684, aunque también llega a suponer el año 1681, pues dice que el 1682 se comenzó a bautizar a los habitames; por su parte, el documento citado por Piotr (2000: 80) que relata la fundación de Loreto da el 1681 para la fundación de esta misión; este mismo autor en la página 79, nota 1, ratifica este último año para la fundación de Loreto. Por su parte el jesuita Pedro Marbán afirma que Loreto se fundó el año 1682 (Marban 2005 [1701]: 57).
13Algo similar al año de fundación de Loreto sucede con la de Trinidad; así se dan dos años: unos dicen que fue en 1686 y otros en 1687. El documento citado por Piotr (2000: 31) afirma que se fundó en 1687; Eguiluz (1696: 20) también da este año, lo mismo que D” Orbigny (cf. Chávez 1986: 234); pero según carta del P. Orellana dirigida al provincial P. Martín de
[…] Prometieron de juntarse en un pueblo con los Padres, como si escogiese uno capaz para su habitación y chacras en qué sembrar su sustento […].
Consiguiese al fin la mudanza a que dieron principio los Padres, haciéndoles para ellos los indios una suficiente y acomodada casa, a que se siguieron las suyas, y se vieron ya con gran Júbilo de sus almas con un bastante pueblo más de 600 almas; y a su ejemplo se empezó a hacer la misma agregación en otro con menor dificultad (el que después fue el de la Santísima Trinidad), porque para esta gente tiene muy eficaz persuasiva el ejemplo de los mismos de su nación, más que alguna otra razón […]. (P. Orellana cit. en Chávez 1944: 218-219; cf. Altamirano 1979 [1705-1715]: 36-37; Eguiluz 1696: 11)
A la fundación de Loreto (1681 o 1682) por el P. Pedro Marbán, de la Santísima Trinidad (1686 o 1687) por el P. Cipriano Barace, le siguieron San Ignacio (1689), San José (1691), San Francisco de Borja (1693), San Pedro (1697), San Luis Gonzaga (1698) (Chávez 1944: 222), de tal manera que, en 1696, en las reducciones de Mojos, los misioneros jesuitas tenían fundados los pueblos de Trinidad, Loreto, San Ignacio, San Francisco Javier, San José y San Francisco de Borja. En 1715 estaban fundados también los pueblos de San Pedro, San Luis, Santa Rosa, Exaltación, Reyes, Concepción de Baures y San Joaquín; es decir, hasta la primera década y media del siglo XVII tenían fundadas 13 reducciones en Mojos, con una población el año 1713 de 24.914 mojeños (Denevan 1980: 65)14.
En 1737, el gobernador de Santa Cruz de la Sierra, don Manuel Antonio de Argamosa hace un informe al Rey de España sobre el desarrollo y florecimiento de las reducciones de Mojos. En base a este informe, Finot escribe:
[…] Los pueblos de las misiones alcanzaban ya en aquella época a veintiuno y los indios reducidos y bautizados a más de treintaicinco mil, todos ellos «fieles vasallos» del rey. Siete de las misiones estaban establecidas en la parte occidental de la provincia, seis en la oriental, una al sud y siete «en las márgenes del caudalosísimo río Mamoré”. El territorio de los Mojos abarcaba, según el mismo documento, doscientas leguas de norte a sud y otras tantas de este a oeste. (Finot 1978: 280-281)
Chávez (1944: 271) dice que el año 1750 había 19 misiones, incluyendo la de Buena Vista y Santa Rosa, esta última en el cercado de Santa Cruz de la Sierra. Todas estaban atendidas por jesuitas con un total de 45 Padres y 3 Hermanos, y una población de 31.000 almas convertidas. En 1752 la misión de Mojos contaba con 22 pueblos administrados por 48 religiosos en 1.200 km2.
Para Deneván, 21 reducciones de Mojos eran semiperennes. Todas existían en 1744; pero en 1767 (afio del extrañamiento de los jesuitas de los dominios territoriales españoles) sólo quedaban 15, además de otras que apenas sobrevivían. Cada misión o reducción fue poblada con «nativos” de varias lenguas, aunque en todas ellas acabó dominando la lengua moja (arawak) que era la más común. «[…] El mojo fue la lengua obligatoria en todas las misiones meridionales; en las restantes se hablaba baure, canichana, movima, cayuvava, itomama, maropa y moré […].» (Denevan 1980: 64).
|4En la inscripción de la piedra labrada encontrada en Loreto en 1859 que alude a la muerte del padre Pedro Marbán, cuya muerte ocurrió el 18 de noviembre de 1718, se escribe que “Dejó 16 pueblos fundados y fue el descubridor de estas regiones” (en Limpias 1942: 11) administrados con el fin de alimentar y vestir a la comunidad, so-tener los pastos del culto y costear las fiestas Populares. No había propiedad privada ni libre comercio. «Nadie estaba ocioso allí, todos trabajaban; trabajaban en común bajo la tutela de los sacerdotes, sin peculio individual, sin conocer el uso de la moneda ni el contrato de compra-venta, […].” (Gabriel René Moreno cit. en Chávez 1944: 294-295).
La economía de las misiones o reducciones de Mojos tuvo su base muy firme en la ganadería. El comercio exterior se basó sobre todo en el algodón (Menacho 1987:21), aunque también se comerciaba ganado, caballos, cebo, azúcar, pescado seco, cueros, café; usándose como medios de transporte, en la estación seca la carreta de bueyes, y, en la estación lluviosa, las lanchas y canoas por el río Piraí y Mamoré, siendo el puerto principal: «Pailas”, sobre el río Grande, ubicado a 60 km. de Santa Cruz de la Sierra (Denevan 1980: 65-66).
Junto a la vida comunitaria, la producción industrial, el mojeño (y en general los pueblos reducidos 2 misiones de Mojos) desarrolla aptitudes para las artes y diversos oficios manuales, Había carpinteros, herreros, tejedores, sastres, zapateros, curtidores, torneros, fundidores de zinc, relojeros, escultores, pintores, fundidores de campanas y constructores de instrumentos (Chávez 1944: 293), músicos, pintores, etc. D” Orbigny sobre este aspecto productivo, legado de las misiones, escribe: “[…] son, sin contradicción, los más industriosos y más diestros de todos los indígenas del Alto Perú, tanto por sus tejidos como por una cantidad de pequeños trabajos, son buenos músicos y pintores bastante hábiles, […].” (D” Orbigny cit. en Finot 1978: 285; cf. Chávez 1944: 293294; Becerra 1977: 15).
¿Con qué recursos se financiaban las reducciones de Mojos, siendo que el erario real o estatal español no dio nada o muy poco al inicio de las misiones, y tampoco se impuso tributo al mojeño y a las demás poblaciones de las reducciones de Mojos? Chávez cita las tres fuentes de recursos: 1ra, La herencia de muchos españoles del vireinato del Perú que la donaban para las reducciones de Mojos. 2da. El mismo mojeño por su trabajo. 3ra. Muchos jesuitas provenientes de familias ricas consagraban su herencia a esta obra evangelizadora (Chávez 1944: 307-308). Altamirano (1979 [1705-1715]: 100 y ss.) señala que la donación de dinero de un par de virreyes a fines del siglo XVIL y algo del erario real, así como parte de las limosnas que enviaba el Arzobispo de la Catedral Metropolitana de Chuquisaca y la donación de bienes por medio de testamentos de otras personas particulares o benefactores de la Compañía de Jesús, fue importante para el sustento de las misiones en su momento.
Pero también hay que atribuir el éxito del desarrollo económico de las reducciones de Mojos a la prohibición del ingreso de españoles a las reducciones conseguidas con varias cédulas reales. En efecto: Los jesuitas que tomaron a su cargo la conversión de los infieles en diversos puntos de América, comprendían que sólo iba a ser posible si contaban con la absoluta independencia en sus relaciones con las autoridades civiles de la colonia, porque se sabía que estos, como lo dijo alguien, llegaban a destruir «en pocas semanas lo que los misioneros habian conseguido con dura labor de largos años». Felipe H dictó a instancias de ellos una patente prohibiendo terminantemente, con excepción del Gobernador, a los blancos pisar sin el permiso de los religiosos, las misiones que tuviesen findadas o que sostuvieran. (Chávez 1944: 229)
En el caso concreto de las reducciones de Mojos, Eder dice que eran tres factores los que evitaban que los españoles de Santa Cruz de la Sierra o San Lorenzo entraran a las mismas; 1ro, la promulgación de repetidas órdenes reales que prohibían a los españoles entrar a las reducciones de Mojos. Sin embargo, a causa de consideración hacia éstos, los jesuitas permitían nomás las entradas. 2do., la pobreza de las etnias de Mojos (uo había oro ni plata), unida al peligro de las enfermedades de la región, al ardor del sol, a la abundancia de los ríos y, en fin, las dificultades mismas de la región cerraban el paso de entrada a los españoles, 3ro., el factor más importante: muchos comerciantes españoles sólo buscaban su beneficio por las buenas o las malas, olvidándose por completo de su conciencia. En efecto, pedían a los habitantes de Mojos y al mojeño en concreto, que, a cambio de unas cuantas bolas de vidrio, campanillas y otras fruslerías parecidas, les dieran un vestido, una hamaca o muchas libras de algodón. Se abusaba a tal extremo que el «nativo» de Mojos podía quedar sin vestido, desnudo en ese intercambio de bienes. Ante este engaño del comerciante blanco-mestizo, el jesuita con frecuencia tuvo que anular el contrato y, Obligado por el religioso, el español tenía que devolver con dolor y rabia el precio de lo vendido. De ahí que el español saliera de las reducciones irritado contra el misionero jesuita (Eder 1985 [ca. 1772]: 366-367). He ahí también el intento liberador de las reducciones de Mojos del sistema y la práctica mercantil colonial. El jesuita intentó que el mojeño, en este caso, no fuese parte de ese sistema, buscó su exterioridad, porque de lo contrario el mojeño sería engañado por el colonizador, y, en definitiva, esclavizado por el blanco español o europeo de entonces.
Sin embargo, como la colonia se había instituido en un «orden cerrado hecho para durar», el conquistador y colonizador, contra las instrucciones prohibitivas de ingresar a las reducciones de Mojos, incursiona nomás para cautivar a las etnias de la región. Así, los habitantes de la provincia de Santa Cruz, que no habían perdido la praxis de batallar y hacer cautivo al hombre de la región meridional de Sudamérica, y recordando que las capitulaciones relativas a la fundación de San Lorenzo concedían a los colonizadores la facultad de hacer entradas contra los Mojos, y después de conseguir la autorización del gobernador de Santa Cruz, don José Cayetano Hurtado de Avila, acompañando a éste, en 1717, realizan una entrada a la vista de los jesuitas y del Provincial del Perú, P. Antonio Garriga, que realizaba una visita de inspección; ingresan a la región de los Itonamas, cometen toda clase de vejámenes, apresan hasta dos mil «naturales» y los conducen a Santa Cruz (Finot 1978: 278). Refiriéndose a este acontecimiento, Sanabria (1975: 110) anota: “La expedición, a lo que parece comandada por el propio gobernador, tomó de entre los neófitos y los próximos a serlo, una no pequeña cantidad de “piezas” [para las haciendas] y cargó con ellas hasta Santa Cruz. Lo más curioso, o como quiera llamársele, fue que esta toma se hizo a vista y paciencia de los padres misioneros, cuyas protestas y lamentaciones cayeron en el vacío. Mas (sic) aún: por aquellos días se encontraba en Moxos nada menos que el provincial de la orden, P. Antonio Garriga”.
Ante este hecho, la voz de denuncia y protesta de los jesuitas, a través de sus máximas autoridades, llegó hasta el mismo Rey, quien ordenó años después, por Real Cédula de 13 de marzo de 1720, que la Audiencia tomara cartas en el asunto con medidas severas contra los expedicionarios como fuertes multas y privación de empleo. Al respecto, Finot afirma: “[…] La denuncia voló a España, agrandada la falta con la descripción de sucesos atroces y de atropellos inauditos. El rey ordenó en el acto, por real cédula de 18 de marzo de 1720, que la Audiencia de la Plata tomara cartas en el asunto, averiguara los hechos y castigara duramente a los que resultaran autores de los hechos referidos” (Finot 1978: 279; cf. Sanabria 1975: 110).
Pero la violencia contra los Mojos no sólo es practicada por los colonos de Santa Cruz de la Sierra, sino también, reiteramos, por los lusitanos y mamelucos o paulistas, llamados en Mojos los «certamistas» (Chávez 1944: 322). Los primeros, valientes capitanes hacían exploraciones por los llanos de mojos; los segundos, mestizos portugueses, seguían haciendo atrevidas incursiones de carácter punitivo, desde el fuerte la «estocada», convertido después en la fortaleza «Príncipe de Beira», 50 pretexto de perseguir desertores, y se llevaban a «naturales» en calidad de prisioneros, robaban ganado y muebles. En una carta del Virrey del Perú escrita desde Lima el año 1761, el Conde de Superanda, al rey de España, se menciona este hecho de ocupación de una de las misiones jesuíticas por parte de los portugueses en estos términos: “[…] antes que el Gobernador [de Santa Cruz] recibiese mi citada carta escribió otra a la Audiencia dándole razón de que los portugueses no solo permanecían en el dicho Pueblo de Santa Rosa sino también que habían hecho un Fuerte montando diferentes cañones con prevención de Pólvora y armas (sic) […J”. Refiriéndose a la ocupación por parte de los portugueses de las misiones de Santa Rosa y San Miguel, en las proximidades del río Iténez, Molina escribe:
Los portugueses no sólo ocuparon de inmediato los antiguos sitios de esas dos misiones, sino que se atrevieron a incursionar hacia los nuevos pueblos asaltándolos de improviso, llevándose no sólo prisioneros a los neófitos, sino también los ganados, los muebles y hasta a los conversores. El pensamiento era claro: tener libre acceso al partido de Baures, mejor dicho, a Moxos, para ocupar los demás pueblos jesuitas de un momento a otro, pues sabían que los religiosos los cuidaban sin fuerza alguna con que resistir a cualquier invasión sorpresiva. (Molina cit, en Chávez 1944: 327-328)
La cita precedente hace ver, a su vez, que las misiones de Mojos en su origen no fueron fundadas como mero punto de contención a los avances del imperio portugués, como algunos historiadores e investigadores han querido hacer ver, sino también como forma geo-política de proteger o salvar al mojeño de la dominación europea en general, o sea, velar por la libertad de los pueblos de los llanos de mojos en contra de su esclavización. Entonces, los jesuitas no son solo los directos responsables de tal intención, sino más bien, de proteger a las naciones de Mojos del sistema colonial; porque el principio desde el cual partía su proyecto salvador o protector era el mojeño, como hombre sin más, como hijo de Dios, capaz de convertirse a la fe en el Dios de la «Buena Nueva».
Pero el éxito de las reducciones jesuitas de Mojos mo sólo se lo puede confirmar conociendo la prosperidad del desarrollo económico, las prohibiciones de entrada a los colonizadores aunque no siempre se hayan cumplido, la voz de protesta y denuncia del jesuita por los atropellos contra los pueblos de los llanos de mojos, sino también valorando la relación de mutua confianza que el misionero jesuita estableció desde los primeros contactos con el hombre de Mojos, el gobierno peculiar y conociendo la fe de los mismos en Dios.
2.3. Relación de confianza entre el jesuita y el mojeño
Uno de los requisitos para constituir un proyecto de liberación es tener conciencia ética. Y para tener este tipo de conciencia son necesarias, básicamente, dos cosas; Primero, tener capacidad de escuchar al otro que es distinto a uno, «que exige justicia, qne exige su derecho” (González 1986: 198). Seguido, respetar al otro. Respeto que conduce a responsabilizarse (responder) por él. Por el contrario, quien no tiene conciencia ética, no reparará en sojuzgar, en este caso, al «mojeño».
En este sentido, podemos afirmar que el espíritu del jesuita, en el caso concreto de las reducciones de Mojos, está configurado por esa conciencia ética que acabamos de delimitar. Es decir, el misionero jesuita de Mojos, como convertido, esto es, como hombre de fe en Dios y de Evangelio, supo escuchar la voz o la palabra del mojeño.
En efecto, el jesuita actúa con espíritu disponible, de apertura. Da e infunde amistad, confianza y trata con cariño al mojeño. Es lo que hizo el Hno. Juan de Soto al entrar a Mojos en la expedición de 1667, y lo que hicieron, entre 1668-1669, junto con él los PP. jesuitas Bermudo y Aller. Estos misioneros se ganaron la confianza del «natural” al infundirle afecto y al mostrarse caritativos y serviciales (Finot 1978: 276-277). El
Provincial del Perú, P. Hernando Cavero, les exige a los misioneros jesuitas que muestren “mansedumbre” de espíritu hacia los habitantes de los llanos de mojos (cf. Cavero 1676: 7”. Orden). En general, el jesuita que venía a la Gobernación de Santa Cruz para evangelizar a los “indios” de Mojos y de Chiquitos, no sólo tenía sólida formación filosófica, teológica y humanística, sino también espiritual y evangélica; debían ser “hombres de espíritu” que se manifestaba en la pureza de alma y cuerpo, en la conciencia de los límites personales y de las dificultades propias de la labor misional; debían poseer “celo de almas” que se expresaba de modo particular en la voluntad de permanecer en las misiones, para continuar con las tareas de la evangelización (cf Tomichá 2001: 289-293). Unida a esas cualidades estaba su adecuada formación intelectual’* y la experiencia en la enseñanza de lenguas, como el latín, y en otros oficios apostólicos.
Cinco o seis años después, al iniciarse el contacto permanente con el mojeño (contacto que duraría casí un siglo) por el Hno. José del Castillo y los PP. jesuitas Cipriano Barace y Pedro Marbán, la relación de confianza de los misioneros jesuitas con el mojeño se manifiesta a través de los siguientes aspectos significativos: En primer lugar, el misionero no usó la violencia sino el diálogo. La paciencia y tolerancia del jesuita lo llevó a dialogar con el mojeño. De esta manera, los primeros jesuitas trabajaron sin sosiego; hicieron largos viajes; se enfrentaron a los riesgos con entera seguridad, a los retos de desaliento y fatiga (Chávez 1944: 209). Para iniciar la relación de confianza se valieron, además, de pequeños obsequios, como regalos de anzuelos, de vidrios, etc., de los recursos poéticos de la religión, como del culto a la Virgen María, antes que, del rigor, de la fuerza o la violencia, y de la música. “La música también formó parte esencial de la cultura integral de los aborígenes asociados a las danzas religiosas y seculares, cimientos efectivos con que los hombres de la iglesia consiguieron la aprobación de una conquista de modelo teocrático.” (Becerra 1977: 16; cf. Chávez 1944: 292).
En segundo lugar, junto a ello, los primeros jesuitas tuvieron que aprender y conocer la lengua Moja (arawak)16 y otras lenguas de la región, las costumbres del mojeño (Chávez 1944: 210)”. Es decir, el jesuita no impone su propia lengua; por ende, no borra de entrada la cosmovisión de la cultura mojeña. Este aspecto, en su momento, fue interpretado como un acto de libertad para los pueblos de Mojos, por el prefecto de la provincia de Moxos, don Matías Carrasco, quien en su “Descripción sinóptica de Moxos”, llegó a escribir lo siguiente:
“Reducidos los Moxeños hace dos siglos á una vida comun (sic) y monacal, sujetos todos á un gobierno, con unos mismos párrocos, una misma religión, casi con iguales hábitos y costumbres, es muy estraño (sic) que no se hubiesen identificado en su lenguage (sic). Los esclavos han hablado siempre como sus amos, y los pueblos conquistados, perdiendo su idioma kan aprendido el de sus conquistadores…Casi toda la Europa
15Véase en Tomichá (2001: 295), la Tabla 4 donde se registra los años de estudios y otras aptitudes que tenían los jesuitas que entraban a la Gobernación de Santa Cruz para evangelizar a los indígenas de la región en el periodo 1587-1604, Con seguridad esa sólida formación y cualidades y aptitudes no habían cambiado como exigencias para encarar las misiones de Mojos y luego las de Chiquitos a partir de la segunda mitad del siglo XVII
16 E] P. jesuita Julián de Aller, quien, como sabemos, entró con el P. Bermudo y el Hno. Juan de Soto a los llanos de mojos en 1668 a ver las posibilidades de fundar reducciones, y permaneció allí 11 meses, fue, tal vez, el primer misionero que compuso la primera gramática de la lengua de la etnia de los Mojos, la que se dice que se encontraba en la residencia de los jesuitas de Santa Cruz de la Sierra. Probablemente en base a esta gramática el P, Pedro Marbán escribió e imprimió a inicios del siglo XVIII el Arte de la lengua Moxa (1702).
17 La relación más completa que da a conocer la cultura en general de los pueblos, parcialidades o de la etnía o nación de los Mojos (Mojocosi), antes de que se funden las primeras misiones a partir de los años 30 del siglo XVI es la del Hno. jesuita Joseph del Castillo, publicada con el título: “Relación de la provincia de Mojos” (ca. 1676).
y la América forman el testimonio de esta verdad, y solamente los Moxeños hacen una escepción (sic) y presentan un fenómeno muy raro en esta parte.” (Carrasco cit. en D” Orbigny 1992 [1845]: 292-293)
En tercer lugar, la manera de hacer el contacto con las aldeas mojeñas manifiesta claramente esa relación de «mutua confianza» con los originarios de Mojos. ¡Veamos! Se hacían las expediciones en los meses de abril, mayo y junio de cada año. El misionero llevaba su costal de harina de maíz, su breviario y la hamaca. Los mojos acompañantes, a parte de la cama, llevaban el machete, la tutuma, el arco y el manojo de flechas. Se dormía en el bosque. En el trayecto se tenía que vencer los inconvenientes como ser las espinas de la selva, la paja de los campos, las hiervas espinosas que herían los muslos de cualquiera de ellos, los mosquitos y las picaduras de los insectos. Se descubría las viviendas de los mojeños siguiendo el fuego de los campos que ellos mismo habían quemado. Una vez próximos a la aldea o comunidad, se conseguía en las inmediaciones a uno de sus habitantes para enviarlo con obsequios de abalorios o se colgaba cuchillos, anzuelos, espejos, de árboles por donde se suponía pasarían al día siguiente. Así, viendo estos obsequios, los llevaban, los hacían conocer al arama (jefe o cacique) y a sus familias y enseguida buscaban a la persona que los había colocado (Chávez 1944: 212-213). Una vez en la comunidad, se realizaba un intercambio de obsequios. El jesuita, además, plantaba una Cruz al centro de la aldea o comunidad. Por la mañana y al atardecer, hacía una oración acompañado de los mojeños convertidos, mientras los curiosos se acercaban a ver, En esos momentos, se bautizaba sobre todo a los enfermos. Con este primer encuentro, el misionero jesuita procuraba asentar la más sólida alianza de amistad. A los días se volvía a la reducción, advirtiendo a los mojeños que, si les parecía bien, volverían con nuevos regalos después de «pasadas unas lunas» (Eder 1985 [ca. 1772]: 135).
El mojeño no sólo aceptaba el retorno del misionero, sino que, además, le proporcionaba víveres para el viaje de regreso a la reducción. Como síntoma de inequívoca amistad y gratitud, y como forma de pedir la nueva visita del misionero, llegaba incluso a regalarle a éste dos o tres muchachos y algunas muchachas casaderas, las cuales tenían que seguir al jesuita, aunque éste se resistiera, “[…] Con este regalo su arama demuestra que el Padre es su igual y que hay que reverenciarlo como a un arama. La intención del regalo es ésta: los varones, para que le sirvan de criados; las mujeres, porque los creen casados. Sea como fuere, se los acepta de mil amores y el día de la partida van con la expedición” (Eder 1985 [ca. 1772]: 135).
Hasta aquí, podemos hacer el siguiente comentario: mientras que en varios lugares de América se había hecho la incorporación del «natural» a occidente negando su cultura, y con ésta su religión, por considerársela bárbara, propiciando y realizando una evangelización que buscaba una ruptura radical con la religión ancestral del «pagano» (o idólatra), en las reducciones de Mojos, en cambio, los jesuitas no siguieron esa política violenta, sino el método de la «persuasión» y el buen trato. ¿Por qué? Porque al igual que Las Casas, al hombre pre-colombino, en este caso mojeño, se lo considera humano y libre, es decir, hombre18, El siguiente comentario de Jaime Rubio es válido para lo que hemos dicho: «[…], no podemos negarlo, algunos misioneros guiados por el mismo afán de
18 Se nota nomás que los jesuitas, en la línea de las ideas y postura de Bartolomé de Las Casas sobre los indígenas, no se habían “tragado” para nada, ideas como Jas de Diego de Avalos y Figueroa quien en su libro Miscelánea Austral (publicada en Lima en 1602) consideraba a los pobres indígenas americanos como “4 verdaderos brutos. Antonio Ulloa copia y exagera en sus Noticias Americanas [impresas en Madrid, 1772], siempre con igual objeto [justificar la explotación del indio en la extracción de riquezas para llevarlas a España], las mismas ideas, y presenta a los indígenas, como unos seres del todo irracionales, moviéndose y ejecutando las cosas maquinalmente […].” (D’Orbigny 1992 [1845]: 296). Algunos historiadores, filósofos y escritos todavía en el siglo XIX, algunos de ellos llamados “filósofos sistemáticos, pocos solícitos en indagar por sí mismos la verdad”, habían guardado y seguido estas ideas negativas sobre los indigenas, comenta de manera crítica en la misma página y la siguiente de su obra, D” Orbigny.
evangelizar, pero dueños de métodos más racionales, se dedicaron a estudiar sus lenguas y a traducir sus tradiciones […].» (Rubio 1979: 136). A propósito, D’Orbigny (1992 1845: 297] -y como una crítica a las ideas prejuiciosas que tenía Robertson en su obra Histoire de I’ Amérique sobre los indígenas de América comenta: “Para juzgar con la debida cordura sobre el estado de un pueblo, es menester vivir con él y seguirlo constante en todos sus pasos, familiarizándose para mayor acierto con sus costumbres y hasta con su lenguaje […].” (Esto después con los años -en el siglo XX – harán los etnógrafos o antropólogos).
En cuarto lugar, una vez se vive en las reducciones, se practica el bien evangélico con el mojeño. Dos hechos prueban esta práctica. El primero se explica así: el jesuita en las misiones cuidaba que los mojos, al incorporarse a las mismas, no se contagiaran de enfermedades o epidemias. En efecto, les hacía construir nuevas viviendas, y, a la vez, preparaba y distribuía víveres suficientes para todos (Eder 1985 [ca. 1772]: 137). Esto se puede criticar de paternalismo; pero pensamos que, desde el principio de justicia, es una forma de respetar al hombre mojeño. El segundo hecho es que se da de comer al enfermo, al necesitado como a la viuda y al huérfano, es decir, se alimenta al prójimo, y, además, se da de comer a toda la comunidad moja.
[…] Las estancias son gruesas y fuera de que continuamente se reparte a los enfermos carne, se da también a todos los necesitados, viudas y huérfanos, y de más a más cada año se da cuatro veces de comer a todo el pueblo. (Carta con fecha 8 de mayo de 1695 del P. Agustín Zapata dirigida al P. José de Buen Día cit. en Chávez 1944: 346)
A parte de practicarse el bien cristiano, se practica el celibato como testimonio de fe en Jesucristo. Así, el misionero jesuita, con espíritu austero, de fortaleza, de valentía, tuvo que dar testimonio de fe en Dios en diversos momentos de su vida. Por ejemplo, tuvo que cumplir la vida célibe, porque esto daba prestigio y se ganaba la admiración de los mojeños.
Ya lo mencionamos en otra parte cuanto admiran la vida célibe de los Padres; el lector ya puede imaginar con facilidad qué pensarán -[…]al oír de los labios de las doncellas regaladas al Padre que vuelven tal como fueron. Por esta razón y por el reparto de regalos crece tanto el prestigio del Padre, que aseguran unánimemente de su propia voluntad que no es como ellos, […]. (Eder 1935[ca. 1772]: 136)
Además, tenía que dar ejemplo cuando en el traslado de la aldea a la reducción se trataba de llevar en hombros la hamaca de algún enfermo (Eder 1985 [ca. 1772]: 138). Junto a esto, el P. Barace, por ejemplo, tuvo que hacer múltiples oficios. Su vida, movida por el afán de ganar almas para el Dios cristiano, fue un verdadero testimonio de trabajo y vida evangélica, como Altamirano dice en estas palabras:
De este celo nacía el aliento y traza para introducir muchas artes y oficios que nunca él había aprendido, ejercitando á (sic.) un tiempo los oficios de maestro, doctor, pastor, conquistador, descubridor, músico, cantor, vaquero, arquitecto, albañil, carpintero, tejedor, médico, […].
[…] todo su matalotage se reducía á (sic.) unas yucas, raices que son propias de aquella tierra, á (sic.) que añadía un pedazo de mono sahumado, ó (sic,) mal asado que le daban los indios de limosna […]. (Altamirano 1979 [1705-1715]: 159; ef. Chávez 1944: 234)
El P. Altamirano dice que, a causa de la muerte del P. Barace, el mojeño de Trinidad lloró y clamó, entre otras cosas: «Hemos perdido al que […] nos socorría en nuestras hambres y penurias, al que nos hizo cristianos y nos enseñó la Santa Ley de Dios […]» (Altamirano 1979 (1705-1715): 157-158; cf. Chávez 1944: 138). Y esto se entiende así porque el P. Barace respetó y asimiló varios modales y costumbres del hombre mojo: “[…] Poco a poco se insumió en el corazón de los pueblos con sus modales blandos y modestos. Se sentaba en la tierra para tratar con ellos. Dormía en medio de ellos expuesto al aire y sin precauciones contra los mosquitos. Por insípidos que fueran sus manjares comía con ellos […].” (Chávez 1944: 238-239).
El P. Marbán, por su parte, también tuvo que cumplir diversos oficios y dar testimonio, con su vida, de humildad y servicio, como lo afirma el siguiente texto de Chávez:
El P. Marbán en un principio tuvo que cumplir con todos los oficios domésticos, pues fue a la vez carpintero, albañil, zapatero, ocupaciones que les enseñó a los indios cristianos. En muchas oportunidades se le ofrecieron cargo de mayor jerarquía, pero los rechazaba por continuar en Moxos. Su espíritu noble y virtuoso hacía perdonar desobediencia, a veces de sus mismos compañeros […]. (cf. Altamirano 1979 [1705-1715]: 183)
Este religioso jesuita, infatigable luchador, cuyo espíritu de trabajo y vocación por su noble apostolado hizo salvar tantas dificultades, sorteando los escollos que se le presentaban con el mayor éxito y pasando una vida de sacrificios por espacio de 33 años, falleció en Loreto el 28 de noviembre de 1713, después de fundar 16 misiones […]. (Chávez 1944: 228)
El mismo P. Pedro Marbán describe esa entrega de los misioneros jesuitas a su labor evangélica y apostólica para con los Mojos que vivían en las reducciones, de esta manera:
Y no es de menor edificación y ejemplo ver a los misioneros, personas las más de grandes letras y talentos, emplearse en humildes ministerios y oficios por enseñar y aliviar a estos pobres. Los Padres son los médicos y cirujanos que los curan, sus barberos que los sangran, sus enfermeros que los cuidan, visitando dos veces al día los enfermos del pueblo y asistiendo personalmente a la aplicación de las medicinas. Los Padres les enseñan todos los oficios, que la caridad de Cristo es muy hábil maestra de todas las artes: son alarifes, carpinteros, doradores, zapateros, sastres, músicos, herreros; los Padres les señalan sus chacras y se las ayudan a sembrar; (…]; los Padres les han introducido vacas para su sustento, trayéndolas más de 70 leguas desde Santa Cruz de la Sierra, caminando a pie muchas leguas; y al [en] fin, cada misionero se hace todo a todos, padre y madre de los indios, para ganarlo por estos medios para Cristo. (Marban 2005 [1701):64)
En fin, no se puede negar que todos los jesuitas de los primeros tiempos, y los que evangelizaron después, trabajaron fuerte y dieron testimonio con su vida de austeridad, de pobreza, de sacrificio y de entrega apostólica, en ese afán de “salvar” o liberar al mojeño (Eder 1985 [ca. 1772]: 177) de la servidumbre social o política, por un lado, pero también de la “muerte” según la explicación evangélica. El mismo P. Pedro Marbán se hacía esta reflexión al inicio de la empresa misionera y ante la posibilidad de que la Compañía de Jesús decidiera abandonar la provincia de Moxos: “Cierto es, decía el Padre Marban, que, si dejamos a estos indios, proseguirán condenándose todos como de antes; igualmente cierto es que algunos siquiera conseguirán el cielo si no dejamos las misiones, como hemos experimentado.” (Altamirano 1979 [1705-1713]: 184). La actitud del P. Marban de llorar por las “piezas” que un grupo de soldados de Santa Cruz habían tomado a su retorno de la entrada que hicieron acompañando a una comisión de jesuitas que fueron a darlo la profesión del cuarto voto el día de la Purificación, el 2 de febrero de 1682, es muestra de que él no aceptaba ese trato para con los indígenas, en este caso, una etnia no de los Mojos, llamada Chachaguanas (Altamirano 1979 [1705-1713]: 187-189). A raíz de este hecho, el jesuita Altaminaro aclara:
[…] Creyeron nuestros Mojos, se llegaba ya la temida entrega que harian los Padres de sus hijos al español. Perturbáronse los indios; congojaronse los misioneros, recelando frustrados los trabajos de seis años en tanto afanar, Mas como es propio dei señor (sic.) de aquella viña, después de mortificar (sic.), volver á (sic.) dar vida, después de las tormentas serenar los mares; ni permitir males, sino es para sacar mayores bienes; dispuso con singular providencia convertir las armas del enemigo para su total destrucción; porque viendo los Mojos llevar 4 (sic.) los de otra nación acollarados, y que tal cual de los suyos que furtivamente habían cogido soldados Españoles, lo defendían los Padres por cuyo respecto no se atrevían los soldados á tocarlos, se desengañaron del todo que los misioneros eran los verdaderos Padres, su amparo único y defensa (.. ] (Altamirano 1979 [1705-1715]: 64)
Eder también informa que el jesuita acogía al «nativo» de Mojos no convertido con benevolencia y generosidad, es decir, con actitud abierta, pues, le hacía conocer los templos, los caballos, las vacas; le hacía escuchar conciertos de música (Eder 1985 [ca. 1772]: 135); y visitaba al enfermo dos veces por semana (Eder 1985[ca. 1772]: 337). Además, se tenía la capacidad de condolerse por el prójimo que estaba en peligro como, por ejemplo, se conduele el P. Orellana por la suerte de los mojeños en situación de peligro. En efecto, en su viaje a los Baures, junto con varios mojeños que lo acompañaban, es atacado por los guerreros de unas de las naciones Mojas aún no convertidos. Para no perecer, tuvo que ocultarse, y al día siguiente fue buscado y encontrado. Después, el mismo P. Orellana escribió al P. Provincial relatándole esta odisea, donde se manifiesta ese espíritu de condolencia por el prójimo mojeño, con estas palabras:
[…] «Aquella noche y todo el tiempo que estuve ausente de los míos, fué (sic.) el de mayor afixión (sic.) que padecí jamás. Tres veces repasé un larguísimo pantano desatinado para buscar tino. Cansáronse nuestros caballos, y ellos y nosotros carecimos de alimento, en cieno y agua empapados los tres. El cuidado del suceso, el dolor de que pareciesen por mi causa, eran presa que oprimía mi corazón y ya deseaba morir por todos, cuando falto de alimentos, me postré de rodillas casi á (sic.) los pies (sic.) de mi caballo y tactus ut… imploré, el Divino auxilio que no faltó como á (sic.) Pedro cuando ya se estaba ahogando. Volví de muerte á (sic.) vida cuando me dieron la feliz noticia de que ninguno de los nuestros había perecido” […]. (Orellana cit. en Altamirano 1979 [1705-1715]: 113)
Sólo aquel jesuita con este espíritu misionero logró crear, por amor evangélico, fraternidad. Se había optado por el cuidado y protección del «mojeño”, y se lo trataba como al samaritano, hijo de Dios.
En esta línea, podemos afirmar que el jesuita también supo escuchar la palabra del mojeño que exigía justicia. Y en este afán de hacer justicia, de denunciar la dominación política del sistema colonial, recordemos, primero, que una de las intenciones por las que se fundan reducciones en Mojos es defender, salvar o liberar al mojeño del odioso sistema de la encomienda, que era una forma sutil de esclavizar y sujetar al «natural», en este caso de la parte tropical de la América del Sur Meridional; segundo, que el jesuita tuvo que enfrentarse al blanco comerciante europeo para defender al mojeño, y, tercero, que el jesuita alza su voz de denuncia y protesta contra los abusos cometidos por el conquistador y blanco de Santa Cruz de la Sierra.
Es cierto que en las reducciones se implanta un sistema de castigo con sentido de disciplina. Al mojeño se le dan los siguientes castigos: a) cárcel, con una moderada privación de alimentos; b) azotes, cuyo número no podía pasar de doce; c) se lo rapaba, si el delito era de mayor gravedad ya que el mojeño, según Eder, ponía toda su vanidad en el cabello y d) se lo desterraba a otra reducción si el delito era considerado «máximo delito», como por ejemplo provocar incendios, la sedición, que eran rarísimas (Eder 1985 [ca. 1772]: 363). Quintana (2005 [1756]: 156) dice que eran los Alcaldes del Cabildo quienes impartían los castigos, aunque aquellos no los podían dar a “los delincuentes sin que el Padre misionero esté cerciorado de la falta y dé el [sic pro: la] orden para ejecutar el castigo, el que siempre es muy moderado […].” Sin embargo, no siempre se llegaba a castigar. Así, el mismo F. Eder que es, a veces, muy etnocéntrico al describir o referirse a las naciones mojeñas, reconoce que muchas veces se quedó” […] irresoluto ante la terrible necesidad de castigar (…), como entre la espada y la pared y sin saber qué era lo más aconsejable” (Eder 1985[ca. 1772]: 363).
La precedente relación de mutua confianza del jesuita con el “indígena” de Mojos, se traduce, a nivel Cultural, en respeto por varias costumbres nativas religiosas y culturales mojeñas (Becerra 1977: 15), por una parte, y en respeto por los valores distintos del mojeño, por otra parte. Así, la hospitalidad, honradez, mansedumbre, lealtad, dulzura (Finot 1978: 277), curiosidad, sociabilidad… fueron valores del mojeño sobre los Cuales se estableció dicha relación en las reducciones. Sólo a partir de este contexto se puede ver y entender que el gobierno jesuítico establecido en las misiones de Mojos sea diferente también al poder imperial o colonial del colonizador.
2.4, Gobierno jesuítico en las reducciones de Mojos
Mientras que el poder del capitán, del gobernador, del encomendero sometía y acallaba al «natural», el gobierno jesuítico de las reducciones de Mojos supo dar y mantener la libertad del mojeño. Para esto se organizó también el Cabildo indígena. “El Padre, para el gobierno político, señala los Alcaldes y demás oficios; siempre elige para ellos a los indios de mayor porte y de algún respeto entre ellos y de edad más que mediocre.” (Quintana 2005 [1756]: 156).
[…] fundadas una vez estas Misiones, el modo de gobierno que se ha observado en ellas desde su establecimiento en lo político y temporal ha corrido por lo respectivo a la gente por medio de indios Fiscales, Alcaldes, Capitanes de las parcialidades que componen todo el cómulo [sic pro: cúmulo] del pueblo y un Gobernador que vele sobre todos cuidando cada uno de la parte que le toca […]. Y a este fin se eligen indios de buena opinión en sus procedimientos para que se edifiquen con su ejemplo a los demás, puedan hablas con libertad, no teniendo ellos en si cosa de que les arguyan, […]. (Beingolea 2005 [¿1764?]: 19)
En cada reducción había en general dos religiosos: Uno se ocupaba del gobierno espiritual, que se supone tenía bajo su dependencia al mojeño Maestro de Capilla y al Sacristán Mayor. El otro jesuita se ocupaba de la administración y talleres (Chávez 1944: 304-305). Se supone que de éste dependia el Cabildo. Hasta aquí podemos ver que impera una organización vertical: el jesuita es la cabeza de la misión. Pero ¿se puede sostener que esta autoridad sea absoluta? Podemos decír que no, pues, el jesuita, aparte de hacer de juez, a la vez tenía que hacer de maestro, médico, ecónomo (Denevan 1980: 65). Estas eran funciones sociales que, en vez de distanciarlo del mojeño, lo acercaban más a él. Recordemos que el jesuita no va a sojuzgar, sino a evangelizar, a convertir al otro a la fe. Una autoridad vertical absoluta se aplica cuando hay dominación política
El Cabildo estaba conformado por los siguientes miembros mojos o mojeños. El jefe de la comunidad o pueblo mojeño, llamado cacique. Este recibía instrucciones de los jesuitas sobre los ramos de la administración de la reducción, y tenía 8 sus órdenes, y a la vez lo representaban y hacían las veces, un Alférez y dos Tenientes. Estos dos elementos pueden refutar aquella critica que dice que los jesuitas no enseñaron al «mojeño» a gobernarse. Además, conformaban el Cabildo, dos Alcaldes de Familia y dos de Pueblo. También dependientes del cacique. Para ser promovido de cargo se debía ejercer competentemente la función durante el año, elección que se realizaba el 1 de enero de cada año. De esta manera se llegó a tener un gran Cabildo al servicio del pueblo mojeño.
Estos ocho funcionarios formaban el Cabildo, quienes llevaban como distintivo un bastón de plata Eran nombrados el día 1ro. de enero de cada año. Los que se habían distinguido en el ejercicio de sus cargos podían ser promovidos a otros más elevados y aquellos que no se desempeñaban con interés, rebajados en dignidad. Esta sana competencia y buen estimulo crearon una emulación ventajosa en el mejor gobierno de los pueblos. (Chávez 1944: 305)
En cada pueblo o reducción se dividió a su población en dos grupos: la familia y el pueblo. La Familia estaba compuesta por los artesanos ordinarios y mayordomos que hacían los oficios de pintar, carpintería, tejer, tornear, etc. El pueblo estaba constituido por todos los trabajadores, per excluidos de los adelantos y empleo de primer orden. A su vez, al pueblo se lo dividía en parcialidad y cada parcialidad estaba subordinada a un capitán y su segundo. El otro cargo que hace ver que el jesuita sí enseñó a administrar al mojeño es el Alcalde de estancia. Este, por ejemplo, era comisionado para cuidar las estancias y atender la cría de ganado (Chávez 1994:304-305/428)
Las mismas leyes que regían la disciplina de la vida en las reducciones de mojos eran leyes flexibles. Leyes de la vida. no eran leyes de la muerte, de “hacer desaparecer al otro”, sino leyes del respeto, de la oportunidad, de la concientización. Leyes que permitían, primero dialogar, y, sólo en contacto extremo, castigar.

Estas leyes de respeto a la vida, sostenemos, sólo fueron posibles porque el mojeño sólo conocía como autoridad máxima la del misionero jesuita. Es decir, no se sentía subordinado a la autoridad soberana, central, del Rey de España; no conocía la obligación de respetar a los magistrados y gobernadores, como tampoco conocía la autoridad diocesana de los prelados (Eder 1985 [ca. 1772]: 366). Esto también confirma que el gobierno jesuítico de Mojos fue distinto a la política de dominación del imperio español.
La otra crítica negativa que se le hace a los jesuitas de que administraron a su modo y mantuvieron aisladas las reducciones de Mojos (cf. Finot 1978: 285), podemos refutarla diciendo que era necesario en su tiempo actuar así, pues, el conquistador o colonizador blanco podía destruir en pocos días lo que el misionero había logrado construir con una paciente labor de largos años. Recordemos que el conquistador ambiciona riqueza y poder, por tanto, no le importaba dominar al otro si era necesario para conseguir riqueza; y recordemos también que la colonia buscaba afianzar la explotación de las etnias nativas americanas y de sus tierras.
Para Denevan (1980: 65), el sistema económico, así como el político fue de “tendencia socialista”. En esta línea, Chávez (1944: 307) afirma que las reducciones de Mojos fueron un “comunismo teocrático”, por tanto, una verdadera novedad para su tiempo, Ambos autores, sin embargo, a mi juicio se equivocan, cuando el primero ve un sistema económico y político de tendencia “socialista” o cuando el segundo califica a las misiones como si hubieren sido un “comunismo”. Y no pueden haber sido de esta tendencia, porque el socialismo moderno es ateo, no acepta a Dios como un Ser sobrenatural, y reduce la vida del hombre a mera vida material, perecedera, inmanente. Se puede aceptar que “vida comunitaria cristiana” sí hubo. Pero vida “comunista”, es imposible, porque las misiones eran cristianas y giraban en torno al Evangelio, es decir, en torno a la fe en un Dios que es Padre, Hijo y Espíritu Santo. El jesuita Pedro Marban (2005 [1701]: 66) anota uno de los fines principales de las misiones así: “Aquí se trata de redimir las almas […].” En esta línea, el jesuita Quintana (2005 (1756): 156) afirma: “([…] Desde los principios entablaron los fundadores el modo de vivir de los Apóstoles, viviendo una vida común, sin que los neófitos hayan dado la menor queja: los que [se] señalan en trabajar son premiados con alguna alhajita de su estima y de devoción. Lo que sobra se remite al Perú para comprar lo que nos falta; de su producto y, depositado en manos de los Padres, éstos reparten todo lo que se necesita”. Que a los indígenas les haya costado entender este asunto, es harina de otro costal, o sea, es un asunto más teológico De hecho les costó, tal como lo aclara muy tempranamente el P. Araze (1686: 5), algo desanimado por el poco interés que tenían los mojeños por los asuntos cristianos o de fe, cuando informaba a su superior: “[…] oyen el Catecismo, pero no causa noción (sic) en ellos”. Los jesuitas no conocían una vida económica y política de tipo socialista por aquellos tiempos; tampoco un comunismo al estilo moderno. Si sabían de la experiencia de una vida comunitaria teocrática, como la que tuvieron las primeras comunidades cristianas después de la muerte y resurrección de Jesús. Y esto es -por la organización, la vida y los valores de las misiones lo que intentaron que se viviera en las misiones de Mojos. (Que estas misiones hayan inspirado las ideas del socialismo utópico del siglo XIX o del socialismo marxista -mal llamado por Marx, “socialismo científico” esto es ya otro asunto que nada tiene que ve con aquella experiencia de convivencia cristiana).
2.5. Fe del mojeño en Dios
El carácter dócil (no violento) y los valores del mojeño como la lealtad, la honradez, el respeto por lo ajeno y por la propiedad del otro (Vargas 1964: 66), la afabilidad y amabilidad, la habilidad para hacer los oficios (Chávez 1944: 234-235), lo dijimos, constituyeron el elemento humano sobre el cual se llevó a cabo la obra evangelizadora. ¿Cuál es la fe de los mojeños? ¿Cómo viven esa fe en el Dios cristiano en las misiones?
El mojeño acepta o abraza piadosa y fervientemente, con alegría, la fe en Dios, porque la vive en su propia realidad. Convertirse a Dios (el Misterio) para el mojeño no significó perder o negar totalmente su propio mundo cultural o su propia manera de ser. En efecto, dentro de la vida cristiana ora y pide al Santo para que le ayude en las necesidades, en el trabajo de la cementera, en los peligros de la caza, etc., actividades (y otras) que las hacía desde tiempos precolombinos.
[.. ] El ya citado P. Orellana nos habla de la tierna devoción que convivieron para con la Sma, Virgen, a la que solían llamar Nuestra Madre, «Acuden, dice, todos los sábados a la Iglesia, a toque de campana, a la Salve Letanía y después rezan a coro el santísimo rosario. Invocándola en sus necesidades y sí cuando andan cazando les amenaza el agua, principalmente cuando viene del sur, viento al que temen por ser muy frio y desapacible, llaman luego a la Virgen a voces […] Algunos con toda sinceridad, antes de salir a arar, vienen a despedirse en la Iglesia de su Santa Madre y en voz alta con su llamada retórica le proponen su necesidad, pidiéndoles les ayude” […]. (Vargas 1964: 66-67).
El hombre de los llanos aprende la fe en situación de libertad (con alegría, en su propia lengua). El P. Arlet, escribiendo al P. Tirso González, se hacía eco del fervor religioso de los mojos, niños o adultos: “Es un encanto, […], verlos venir alegres en tropas por la mañana a la explicación del catecismo y, por la tarde, a las oraciones, que les hacemos decir en comunidad: disputar los niños entre sí quien de ellos ha aprendido antes de memoria lo que les enseñamos: corregirnos cuando se nos escapa alguna mala palabra en su lengua y, apuntándonos en voz baja, con disimulo, cómo se ha de decir: pedir con apretadas instancias los adultos más adelantados el santo bautismo|[…].” (Arlet cit. en Vargas 1964: 67).
En otros lugares de América, en cambio, donde el jesuita no entró a fundar reducciones, la evangelización los «indigenas» la experimentaron como el inicio de la tristeza, de la miseria, del tributo; el comienzo de la explotación y expoliación, de la esclavitud por deudas, de la discordia oculta, de la disputa continua y el principio del sufrimiento (cf. Rubio 1979: 87). La evangelización, por ejemplo, en la región de los aztecas, de los mayas, incas, en general se la realiza bajo la triste situación de la dominación personal, social y política, como la hizo el conquistador, el encomendero (militar, civil o religioso) …
Dios, en las reducciones de Mojos, se convierte, entonces, en el primer y último principio que sustenta la vida religiosa-cristiana del «hombre mojeño».
De esta manera, el mojeño, que desde épocas pre misionales era ya muy religioso, en vez de acudir a las lomas artificiales o bebederos para rendir culto religioso a las Estrellas, al Sol y a la Luna, el tigre (jaguar), ahora acude y concurre a la procesión de la plaza, porta un cirio, conoce templos y altares, la ornamentación de los ministros de Cristo (Eder 1985 [ca. 1772]: 371-372), conoce el rostro de Cristo crucificado, canta lamentaciones, hace penitencias, etc. El jesuita Eguiluz describe así una de las celebraciones cristianas:
[…] Luego se ordena la Procesión por la plaza y calles principales levando en unas andas la Imagen de bulto de Cristo Crucificado, y en otras la de la Santísima Virgen, también de bulto con más de doscientas luces en un silencio y compostura tan grande, que no se oye una palabra, sino los azotes de un crecido número de penitentes de sangre, arrastrando sogas y palos pesados y otros vestidos de nazarenos con cruces a los hombros cantando los coros de músicos ol Miserere y en endechas tristes en su lengua la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo Acabada la Procesión, persevera la Iglesia llena de gente, porque se van alternando varios caros, que cantan lamentaciones tristes mientras duran las penitencias, y penitentes que van pasando delante del Monumento haciendo reverencia y más recia disciplina a vista de la imagen de Cristo Crucificado [.. ] (Eguiluz 1696: 89-90)
Reiteramos, los jesuitas quitaron las pocas idolatrías y vanas observancias, pero no mataron el espíritu de trascendencia, del «más allá» de los mojeños. Este espíritu religioso del mojeño se manifestaba en la vida cristiana que llevaba. Así, los bautizados iban al templo a oír sermones; los convertidos oían misa puntualmente; se asistía el sábado a cantar y rezar en coro las oraciones (Chávez 1944: 297); por la noche, después del trabajo, se rezaba el Santo Rosario en la Iglesia y se cantaban cánticos sagrados, acompañados de música. “A las cinco y media de la mañana se celebraba la misa, a la que tenía que asistir todo el pueblo, Después, se hacía la distribución de los trabajos para el día Por la noche rezábase el Santo Rosario en la Iglesia y entonábanse cánticos sagrados, acompañados de violines y de otros instrumentos que tocaban los neófitos” (Chávez 1944: 308). Casi dos décadas después de evangelización en la provincia de Mojos, el P. Marban (2005 [1701]: 63) escribe: “[…] ya conocen a Dios, le alaban, le honran y piden misericordia, ejercitándose en todos los empleos de virtudes cristianas, pues no solo asisten todos los domingos y días de fiesta a las iglesias a oir (sic) misa, la explicación de la doctrina y el sermón, y confesar y comulgar cada año, sino que muchos indios e indias oyen misa todos los días y comulgan en todas las festividades de Cristo Señor Nuestro, de la Santísima Virgen y de muchos Santos”.
A modo de completar el cuadro de esta espiritualidad, podemos señalar algunas costumbres cristianas más, introducidas por los jesuitas en la vida religiosa de la comunidad mojeña. Ésta veneraba a la Virgen Madre María; celebraba la Eucaristía; hacía oración por la mañana, al toque de campana, a la hora de almorzar y en la cena; celebraba los sacramentos (Eder 1985 [ca. 1772]: 372-373; cf. Vargas 1964: 87) y asistía a la enseñanza del catecismo.
[ .] Lo más original de su método fue la catequesis por medio de la liturgia (…) A base de celebraciones diarias, sumamente participadas a través de cantos y coros, se daba un conocimiento «vivencial» del catecismo, no sólo en forma de instrucción sino de verdadera oración y vivencia de las verdades de fe. La expresividad de las imágenes, las procesiones, los bailes y las danzas (tan acomodadas a la idiosincrasia de ellos), las escenificaciones, […] iban repitiendo a lo largo de los años la historia de la salvación y, sobre todo, los misterios de la vida de Cristo en una forma práctica e intuitiva. El esplendor y la riqueza de los templos, de la imaginería y de los objetos de culto, no fueron un simple pretencioso amor al arte, sino un verdadero instrumento de evangelización. (Jaureguizar 1987: 84)
Sin embargo, el cultivo espiritual del mojeño reducido se lo hizo, sobre todo, por medio de la celebración, con pompa y solemnidad, de determinadas festividades religiosas, como ser el Sábado Santo, la Festividad de la Epifanía, la Festividad del Corpus Cristi y la Semana Santa, A modo de ejemplo, transcribimos dos textos que nos dan una idea de la celebración de estas dos últimas festividades religioso-cristianas. Respecto a la Semana Santa, aunque de manera general, Jaureguizar, afirma:
[…]: Desde la procesión del Domingo de Ramos hasta lo ya dicho del Sábado Santo, la Semana Santa tiene un clima de especial gravedad y recogimiento: oficios de tinieblas, lectura de La Pasión en lengua vernácula, ropas de luto riguroso en todos ellos, el labotorio de ples, el silencio impresionante del Viernes Santo en la procesión del Santo Sepulcro, […] todo ello hacían de la Semana Santa un tiempo excepcional de fervor religioso y de renovación espiritual por la práctica de los sacramentos de la confesión y comunión del cuerpo del Señor. (Jaureguizar 1987: 86-87)
Respecto a la celebración solemne del Corpus Cristi, Vargas Ugarte escribe:
Pero entre todas las solemnidades ninguna tenía el esplendor y la pompa de la del Corpus Christi. Para ella se esmeraban los vecinos en adornar la plaza principal, con arcos de follaje y vistosos colgadores y especialmente ponían todo su conato en adornar los cuatro altares que se levantaban en las esquinas y que, en algunos pueblos, como en $. Pedro, eran consideradas capillas de mampostería. Rompían la procesión, después de la cruz alta y los ciriales, las comparsas de danzantes, muy engalanados y luego niños y niñas vestidos de ángeles que iban regando de flores el trayecto. Todos iban cantando con devoción las estrofas del himno eucarístico y lo hacían con tanto entusiasmo y espíritu de la fe que las personas que por primera vez presenciaban la fiesta no podían menos de admirarse. (Vargas 1964: 63-69)
Aquel entusiasmo y espíritu de fe se vive así porque la «Buena Nueva», en este sistema «sui generis», no es opresora sino liberadora; es decir, no es parte del sistema imperial. Además, es creadora de nuevas relaciones humanas, sociales y productivas fundamentadas en la fraternidad, en el amor cristiano al mojeño.
[…] En las reducciones se vino a crear un sistema de relaciones humanas, sociales y de producción, fundamentadas en la más profunda y explícita fraternidad. Fueron lo contrario al sistema de relaciones donde «el hombre es lobo para el hombre». En ellas vino a reproducirse lo que en los Hechos de los Apóstoles se narra de la primitiva comunidad cristiana (Heck. 4,32-35): «La multitud de los fieles tenía un solo corazón y sola alma, Nadie consideraba como suyo lo que poseía, sino que todo lo tenían en común […J. Todos ellos vivían algo muy maravilloso. No había entre ellos ningún necesitado, porque todos los que tenían campos o cosas los vendían y ponían el dinero a los pies de los apóstoles, quienes repartían a cada uno según sus necesidades» (…]. El «Hombre nuevo» de justicia, de amor y de paz, tuvo en las reducciones jesuíticas de los siglos XVI y XVIH su más elevada expresión. No es de extrañar que, a esta diametral oposición al reino de este mundo, procurara su extinción. (Jaureguizar 1987: 90)
Sólo a partir de esta fe del «hombre mojeño” en Dios, fe creadora de fraternidad, opuesta a la colonia, se entiende que los jesuitas fueran «extrañados» de América, para de una vez por todas implantar la explotación en las reducciones de Mojos.
A modo de conclusión
Los valores de la libertad, justicia, respeto, que son valores humanos, por un lado, y los valores religiosos de la fe, humildad y misericordia, que son valores cristianos, por otro, presentes en la vida y formación de los misioneros jesuitas, llevan a hacer una “lectura” diferente de las misiones de Mojos, las que se instituyeron con el objetivo principal de preservar la libertad de las etnias, parcialidades o pueblos de los llanos de mojos ante el peligro inminente de que éstos cayeran bajo el dominio y el sojuzgamiento del sistema colonial español (y por qué no, portugués), así como salvar a los Mojos en general de la condenación del pecado.
De un lado, los jesuitas, obrando en consecuencia a su sólida formación ética, intelectual y espiritual, en las misiones de Mojos supieron preservar la vida y el bienestar de los mojeños que fueron evangelizados a través de una serie de actividades cristianas, no sólo del testimonio de vida evangélica, sino también de celebraciones católicas como la Semana Santa, Corpus Cristi, etc.
Por su parte, los Mojos o mojeños en general, reducidos en pueblos mayores, e imbuidos también de un conjunto de valores culturales pre misionales como el espíritu religioso, el trabajo agrícola, la caza, “la vida libre” y otros principios, y de valores misionales como la disciplina…, supieron responder al desafío de convertirse al Dios cristiano, con las exigencias de la nueva vida que esto conllevaba: rezar, celebrar las fiestas santas, capacitarse espiritualmente, trabajar para el bien común, etc.
Todo aquello se resume en saber llevar una vida en comunidad inspirada por el Evangelio de Cristo, lejos de cualquier actitud meramente materialista o mercantilista.
Esto último explica que las misiones de Mojos no solo tuvieran una intención liberadora desde el punto de vista político o social (que se expresa en las denuncias de los jesuitas ante las autoridades del Estado español por los abusos cometidos contra los nativos de Mojos por los conquistadores y colonizados ibéricos, en la evangelización respetando la propia lengua de los mojeños, en la producción autárquica de bienes para el consumo, en la organización de un autogobierno local propio ,etc.), sino también desde el espiritual cristiano: se buscaba salvar al mojeño de la vida en pecado, es decir, de la muerte espiritual, dándole la oportunidad de conocer la Palabra de Jesús, el Hijo de Dios. Más allá de esto, no existió en los jesuitas de la época otro interés principal.
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