Hay filósofos que uno admira a prudente distancia, como quien contempla maquinaria pesada: nos impresionan, pero intimidan. Debo confesar que siempre me ha costado entrar a los textos filosóficos y más de una vez he tenido que releer páginas enteras para apenas asimilar una idea. También me ocurrió eso de subrayar párrafos completos sin entender del todo qué acababa de subrayar.
Con el pensador surcoreano, Byung-Chul Han, me pasó algo distinto. No porque sea sencillo —no lo es—, sino porque escribe como quien conversa en voz baja sobre una herida que también es tuya. Su libro Sobre Dios. Pensar con Simone Weil me encontró en uno de esos momentos donde el mundo parece un televisor encendido en todos los canales al mismo tiempo: protestas, bloqueos, enfrentamientos, incertidumbre económica, discursos incendiarios y una sociedad entera con el sistema nervioso en modo alarma.
Bolivia atraviesa días ásperos, convulsos, aunque desde Sucupira —siempre tan distante de la temperatura política de la sede de gobierno—, pareciera que miramos parte del incendio desde una cómoda distancia. Mientras La Paz hierve entre marchas, bloqueos y enfrentamientos, aquí la tensión todavía no termina de sentirse del todo como propia.
Y quizás por eso el libro me golpeó distinto.
Porque Han —de la mano de Simone Weil— no habla de Dios como doctrina, catecismo o dogma. Habla de algo más incómodo y profundo: la capacidad humana de detenerse, guardar silencio y prestar verdadera atención. Y eso, en estos tiempos, casi parece revolucionario.
Vivimos atrapados en la hiperestimulación permanente. Todo exige reacción inmediata: indignarse rápido, opinar rápido, compartir rápido, condenar rápido. Las redes sociales han convertido la atención en mercancía y el ruido en sistema operativo. Ya casi nadie contempla: todos reaccionamos. La pausa parece sospechosa. El silencio, improductivo. Y pensar… pensar se ha vuelto una actividad de alto riesgo.
Simone Weil decía que la atención absoluta era una forma de oración. No hablaba solamente de religión. Hablaba de esa rara capacidad de permanecer frente al otro, frente al dolor o frente a la realidad sin salir corriendo hacia la distracción.
Han retoma esa idea y lanza una crítica feroz contra este tiempo nuestro. No estamos únicamente cansados; estamos fragmentados. Dispersos. Incapaces de permanecer demasiado tiempo en una misma idea sin que el celular nos secuestre la mirada o la ansiedad nos empuje hacia otra cosa.
Leyendo el libro pensé varias veces que el verdadero problema contemporáneo quizá no sea solamente político o económico. Tal vez sea espiritual. Y uso la palabra sin incienso ni solemnidad. Espiritual en el sentido más humano: hemos perdido profundidad. Todo debe ser inmediato, visible, compartible, rentable o viralizable. Incluso el dolor parece necesitar algoritmo.
Byung-Chul Han sostiene que la sociedad actual ya no reprime como antes. Ahora seduce, distrae y agota. Y tiene razón. Nos vamos vaciando lentamente mientras creemos estar hiperconectados. Nunca tuvimos tantas pantallas y, al mismo tiempo, tanta dificultad para mirarnos de verdad.
En medio de esta Bolivia crispada —donde las marchas, bloqueos y enfrentamientos vuelven a instalar una sensación de fragilidad permanente— resulta inevitable pensar en otra idea que Han viene desarrollando últimamente: la esperanza no como optimismo ingenuo, sino como resistencia frente al miedo. Porque el miedo estrecha el mundo; la esperanza vuelve a hacerlo habitable.
Y quizá ahí esté el núcleo silencioso de Sobre Dios. No en responder grandes preguntas teológicas, sino en recordarnos algo mucho más urgente: que todavía somos capaces de detenernos. De mirar. De escuchar. De prestar verdadera atención antes de convertir todo en consigna, meme o griterío.
Terminé el libro con una sensación extraña. No la de haber entendido todo —sería mentira—, sino la de haber sido acompañado en algunas preguntas importantes. Y eso, en estos tiempos donde sobran opinadores y faltan interlocutores, ya parece una modesta forma de salvación.
Por Alfonso Cortez / Desde mi barbecho. Comunicador social.
Descubre más desde Ideas Textuales®
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.
