Que Brasil vuelva a armar las valijas antes de tiempo no es un dato anecdótico, ni una contingencia del fixture. Pero lo verdaderamente trascendente, lo que se siente como un frío en el pecho, es el fin de una era. Se termina Neymar en la cronología de los mundiales; se clausura el sueño de aquel niño que alguna vez, con los pies descalzos, se prometió levantar la Copa del Mundo. A nosotros, los argentinos, esta postal del derrumbe nos alcanza y nos duele. Es una herida prestada si se quiere, porque Neymar fue el aliado más luminoso en el camino que consagró a Lionel Messi como el Rey definitivo. Fue un escudero de lujo, un baluarte de la complicidad y, por encima de todo, un hombre capaz de conmoverse y celebrar la gloria ajena cuando Messi alzó la Copa América en el Maracaná. Supo habitar la derrota con una dignidad extraña. Fue un buen perdedor porque, antes que nada, poseía la nobleza de los buenos amigos.

Lo que hoy se llora es una ausencia futura, esa alegría que el diez desparramaba en el césped y que ya no volverá. El jugar bien se parece demasiado a la risa. No se puede ensayar la gracia, no hay academia que enseñe el arte de hacer reír. Y no hay academia que pueda enseñar a jugar como Neymar. Un enganche tiene la responsabilidad de hacer de este juego un mundo mejor. A diferencia de los goleadores tradicionales, que la tocan dos o tres veces por partido, Ney debía cargarse en sus piernas lastimadas el sueño de millones y la misión de conseguir belleza en donde otros solos ven lucha y resistencia. Podrá haber atletas de una técnica irreprochable, Vinicius, Endrick, pero creadores que transmitan esa felicidad, como en sus tardes doradas lo hizo Ronaldinho, difícilmente.

Queda en el aire una persistente melancolía porque este final carece de justicia poética. Carlo Ancelotti, un estratega de la disciplina europea, ajeno por completo a la idiosincrasia del jogo bonito brasileño, lo confinó al banco para soltarlo apenas en los últimos veinte minutos. El diagnóstico era clínico. Porque a Neymar ya no le respondían las piernas. Pero el técnico olvidó que al genio le restaba el corazón. Con el resto que le quedaba en el pecho, fue y ejecutó con maestría el penal que Bruno Guimarães había dejado en el camino. Es allí donde nos asalta el laberinto de lo contrafáctico: ¿Qué destino se habría escrito si el diez hubiese habitado la cancha desde el silbatazo inicial? Sea cual fuere, Brasil está afuera y los ojos del mundo se detienen en Neymar, quebrado en llanto, ya no por el dolor de un ligamento roto o por el azar de un marcador adverso, sino por la certeza de lo irreversible. Es la pena honda de no haber podido ofrendarle la última sonrisa a su pueblo.

En el preciso instante en que Erling Haaland emerge con su voracidad de época, Neymar firma su jubilación en las copas del mundo. El tiempo, ese testigo implacable que ningún mago ha logrado detener, decidió decretar su final y por qué no también el final de una partecita de todos los que verdaderamente amamos este juego.

Por Adrián Michelena / Relatos de fútbol.

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