Queridos cartógrafos “underdogianos”:

En las últimas cuarenta y ocho horas he sido japonés, paraguayo, marroquí y costamarfileño. No, no estoy atravesando una crisis de identidad. Estoy atravesando un Mundial… desde Bolivia.

Como nuestra selección volvió a quedarse en casa, los bolivianos disfrutamos de una extraña libertad: podemos cambiar de nacionalidad cada noventa minutos. Pero, curiosamente, casi nunca elegimos al favorito. Siempre terminamos alentando al que parece condenado.

Los ingleses tienen una palabra magnífica para describirlo: underdog. No existe una traducción exacta al español. El que lleva todas las de perder. El que, según las estadísticas, debería perder antes de salir a la cancha. Y, sin embargo, es el equipo que más simpatías despierta.

Cuando Paraguay elimina a Alemania en una dramática definición por penales, cuando Marruecos deja en el camino a Países Bajos, cuando Japón le planta cara a Brasil hasta el final o cuando Costa de Marfil hace sufrir a la Noruega de Haaland pese a terminar cayendo por la mínima, millones de neutrales terminamos alentando al mismo equipo.

No porque conozcamos en profundidad la historia de esos países o podamos ubicarlos con facilidad en un mapa, sino porque durante noventa minutos encarnan una de las fantasías más antiguas de la humanidad: que David vuelva a derrotar a Goliat.

Resulta curioso. En la vida solemos admirar a los exitosos. Compramos libros escritos por millonarios, escuchamos conferencias de quienes siempre parecen haber ganado y celebramos a los campeones. Pero cuando empieza un Mundial ocurre algo extraño: queremos que David vuelva a encontrar una piedra.

Creo que existe una explicación: la mayoría de nosotros nunca hemos sido los favoritos. Hemos sido el suplente, el estudiante que rendía el examen más difícil, el emprendedor con menos recursos, el nuevo del curso, el periodista de un medio pequeño frente a uno gigante o el boliviano que cada cuatro años mira el Mundial por televisión. Todos llevamos un underdog escondido.

Quizás por eso, cuando el pequeño resiste, sentimos que también resiste una parte de nosotros. Y cuando consigue el batacazo, celebramos mucho más que un resultado. Celebramos la sospecha de que la vida todavía conserva un saludable desprecio por las estadísticas.

Al final, los campeones levantan la Copa. Los underdogs, en cambio, suelen levantar algo bastante más difícil de conquistar: el corazón de los neutrales.

Por Alfonso Cortez / Cartografía mundialista. Comunicador social. Publicado el 30 de junio de 2026.

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