Este 4 de Julio de 2026, los Estados Unidos conmemoraron 250 años de su Declaración de Independencia.

Desde nuestra Bolivia de hoy, y a propósito de esta importante efeméride, resulta de gran utilidad volcar la mirada atrás, y con el foco abierto en gran angular, mirar lo que en ese momento histórico no solo sucedía en esa nación, sino en todo el continente americano. Entonces podremos extraer interesantes hallazgos acerca del devenir y la genética de América entera.

No fue una mera casualidad histórica que la Guerra de Independencia de las Trece Colonias norteamericanas, desarrollada entre 1775 y 1783, coincidiera temporalmente con el gran ciclo de Insurrecciones Indígenas andinas de 1780 a 1782, desplegadas secuencialmente desde el sur peruano hasta el altiplano del Alto Perú, bajo el liderazgo de Túpac Amaru II, Tomás Katari, Túpac Katari, Bartolina Sisa y otros líderes y lideresas indígenas.

Ambos procesos, aunque profundamente distintos en sus sujetos, lenguajes y resultados, expresaron una misma crisis y motivo de fondo: el endurecimiento de los dominios imperiales europeos en América durante la segunda mitad del siglo XVIII.

En el caso británico, Londres intentó reforzar su control sobre las colonias mediante más impuestos, restricciones comerciales y mayor subordinación política, especialmente después de la Guerra de los Siete Años.

En el caso español, la monarquía borbónica impulsó reformas administrativas, fiscales, militares y comerciales destinadas a recaudar más, controlar mejor, reorganizar y defender con mayor eficacia sus dominios americanos.

Por ello, tampoco es casual que precisamente en el mismo año de 1776, mientras en Norteamérica se proclamaba la independencia de las Trece Colonias, en Sudamérica España erigiese el nuevo Virreinato del Río de la Plata, separando del lejano eje de Lima a Buenos Aires, Charcas, Potosí, Santa Cruz de la Sierra, Asunción, Salta, Tucumán y otras jurisdicciones, con el propósito de reforzar el control en el Atlántico sur y la estratégica región del Alto Perú.

No se trató, sin duda, de movimientos idénticos. La Revolución norteamericana fue una revolución política de colonos contra la metrópoli británica, con un horizonte republicano e independentista.

Las insurrecciones andinas, en cambio, fueron grandes rebeliones indígenas y comunitarias contra todo el orden colonial español, sus tributos, repartimientos, corregidores, jerarquías étnicas y mecanismos de explotación.

Sin embargo, vistos en conjunto, ambos procesos revelan que, hacia finales del siglo XVIII en nuestro continente americano, desde el extremo de su norte atlántico hasta llegar al sur andino, comenzaba a entrar en franca ebullición en cada región y desde su propia realidad histórica, la convicción de atreverse a cuestionar la legitimidad del viejo orden imperial y a plantear, aunque con lenguajes distintos, nuevas formas de resistencia, justicia, autogobierno y emancipación.

Sabiendo y viendo ahora toda esta épica continental, podemos decir con fuerte voz: ¡Que viva la libertad, la libre autodeterminación y la solidaridad de todos los pueblos y las naciones de América!

Por José María Cabrera Dalence, ensayista de historia constitucional, ex procurador general del Estado, y exiliado retornado.

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