Durante décadas, el bloqueo en Bolivia tuvo una fuerza casi épica. Fue el «arma atómica» de los movimientos sociales, pero hoy parece estar sufriendo un proceso de 𝐝𝐞𝐬𝐠𝐚𝐬𝐭𝐞 𝐲 𝐦𝐮𝐭𝐚𝐜𝐢ó𝐧.

El bloqueo antes era visto como el recurso del excluido, del campesino, del minero o del indígena que no tenía otra forma de ser escuchado por un Estado históricamente distante y centralista. Entonces, generaba empatía porque representaba una demanda colectiva percibida como legítima. Había una narrativa moral detrás: «si bloquean, es porque ya no les dejaron otro camino». Hoy esa percepción cambió mucho.

𝐏𝐫𝐢𝐦𝐞𝐫𝐨, porque el bloqueo dejó de ser excepcional y se volvió rutinario. Cuando una herramienta se usa para todo, pierde impacto. La gente se acostumbró a vivir en crisis permanente: bloqueos, marchas, escasez, protestas, conflictos políticos, incendios, dólar, combustible. Hay una especie de agotamiento emocional colectivo. El ciudadano ya no reacciona igual porque vive saturado. Necesita producir. Quizás por eso el bloqueo no se irradió por el resto del país y solo se concentró en La Paz y El alto.

𝐒𝐞𝐠𝐮𝐧𝐝𝐨, porque muchos bloqueos dejaron de percibirse como luchas sociales y comenzaron a verse como disputas de poder. La población siente que detrás de muchas movilizaciones ya no está el interés ciudadano, sino el de facciones políticas, dirigenciales o pugnas internas. Entonces, desaparece la empatía y aparece el fastidio. El comerciante, el transportista o el ciudadano urbano ya no piensa: «están luchando por mí», sino: «otra vez me están perjudicando». Cuando la participación no es por convicción sino por miedo al despojo, la fuerza moral del movimiento se diluye.

𝐓𝐞𝐫𝐜𝐞𝐫𝐨, Bolivia cambió socialmente. El país de hoy es más urbano, más conectado digitalmente y más individualista que el de hace 20 años. Las nuevas generaciones ya no tienen la misma cultura sindical, comunitaria o revolucionaria de antes. Hay menos épica colectiva y más preocupación por sobrevivir individualmente. La gente quiere trabajar, generar ingresos y evitar perder lo poco que tiene. No es casualidad, donde menos se bloquea, menos pobreza hay. O al revés: donde más se bloquea, más pobreza existe.

𝐂𝐮𝐚𝐫𝐭𝐨, Bolivia tiene una economía informal gigantesca (85% señalan fuentes privadas y oficiales). Es decir, se las arregla sola. El ciudadano que vive del «día a día» ya no puede permitirse el lujo de parar días por una consigna ideológica.

𝐐𝐮𝐢𝐧𝐭𝐨, existe algo psicológico: muchos sienten que en Bolivia ninguna crisis produce cambios reales. Hay una percepción de círculo repetido, vicioso. Cambian gobiernos, líderes o discursos, pero los problemas estructurales permanecen, como la corrupción, por ejemplo. Esto genera resignación, hartazgo y desconfianza. Y no hay país que pueda construirse cuando todos desconfían de todos… o nadie confía en nadie.

Y hay otro factor complicado: la violencia normalizada. Cuando el bloqueo pasa de presión social a castigo colectivo, sindicalista —pinchar llantas, impedir ambulancias, cercar ciudades, destruir vehículos o golpear personas— deja de verse como protesta y empieza a verse como abuso, despotismo, atropello, delincuencia. Ahí pierde legitimidad moral.

Paradójicamente, la crisis actual es probablemente una de las más profundas de los últimos años, pero ocurre en una sociedad emocionalmente agotada, fragmentada y desconfiada. Y, como lo estamos viviendo, una sociedad cansada ya no reacciona con la intensidad de antes, incluso cuando sabe que el problema es grave. La gente deja de solidarizarse y empieza a resentirse. Se siente rehén de sus propios paisanos. Y comienza a desbloquear.

Por Esteban Luzgardo Murúa Pará, periodista chiquitano.

Desde que lanzamos Ideas Textuales, nuestro objetivo ha sido narrar reflexiones e historias que no salen en las noticias habituales.  

Este proyecto es independiente, sin auspiciantes políticos ni corporativos. Lo sostenemos  con nuestro tiempo, esfuerzo y una profunda convicción de compartir nuestras lecturas y escrituras.

Si este espacio te ha hecho reflexionar, te ha llegado, informado o inspirado, podés apoyarlo con un aporte voluntario.

Cada donación nos permite seguir escribiendo, investigar más a fondo y llegar a más personas con historias que valen la pena.


Descubre más desde Ideas Textuales®

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.