El imaginario oficial se encuentra dominado por la noción etérea de “Patria”, que se materializa en un conglomerado de fechas, símbolos y rituales que presumen Unidad. Se trata de un escenario religioso donde la ingenuidad del sentimiento y el automatismo burocrático son culturalmente indisolubles, como herencia cada vez más anacrónica de la Guerra de la Independencia. Todavía es la fórmula políticamente correcta de sentir, de pensar y de actuar, que se confunde circularmente con la idea de “gobierno”. No parece tener una base local sólida; por ello se termina imponiendo con el uso de la fuerza institucional, ya sea en forma habitual y extorsiva, o a través del ejercicio eventual y sin eufemismos de la violencia física. En términos generales, la patria, esencialmente, es un fin de semana largo.

Otro imaginario caduco es aquel que entiende, sin concesiones, que la patria es una especie de enemigo, porque la confunde con el vicio circular del gobierno: el centralismo. En este caso, igual que en el anterior, la preciosa indignación de la rebeldía se ha vuelto una muletilla corporativa. De todas formas, la característica de este imaginario, es que se lleva de maravillas con el centralismo y odia sistemáticamente al que piensa por sí mismo. La inercia de la ciudad, que crece vertiginosamente, hace que este modelo parezca, también, anacrónico.

Otro imaginario en “proceso de cambio” es aquel que empezó con acento “indigenista” y que intenta recuperar vigencia con énfasis “culturalista”. No se inspira en una búsqueda legítima de identidad, sino en el rencor atávico y el afán de poder. Su enemigo mortal es una plaga universal que resulta invencible: el mestizaje. Lleva dos décadas de manipulación y usura que han dejado al país atontando y en vías de extinción económica…. De todas formas, su virtud es la impertinencia: todos los días anuncia, sin temor al éxito, un retorno para dar el tiro de gracia…

Otro imaginario es, desde luego, el de las mayorías, que no necesita permiso de nadie… El de las urbes metropolitanas de generaciones nuevas de campesinos que han dejado vacío gran parte del territorio… Viven el pasado como folclore, el presente como tecnología y el porvenir como “farmear aura”… Son el nicho político más disputado, no tienen proyecto electoral propio y se adhieren con ilusión de circo a lo que venga, mientras parezca no interferir en su vocación de nuevos consumidores del mercado capitalista… No han leído a Maquiavelo ni a nadie, sin embargo, padecen una ansiedad compulsiva: el éxito inmediato, sin importar los medios para alcanzarlo…

Por Roberto Barbery Anaya, abogado y pensador cruceño.


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