
Al entrar a un supermercado vamos munidos de una lista, con la convicción de que sabemos lo que necesitamos, pero apenas cruzamos sus puertas comenzamos a recorrer un territorio donde nada parece dejado al azar. Las góndolas, la iluminación, los colores de los envases y la ubicación de los productos responden a un diseño pensado en orientar nuestros pasos y estimular nuestros deseos. Lo que alguna vez fue una relación directa entre el comerciante y el comprador, se ha convertido en autoservicio, donde cada cual cree elegir libremente mientras avanza por un laberinto concebido para convertir nuestras necesidades en ventas.
Basta detenerse a observar los carritos y las decisiones de quienes recorren los pasillos para descubrir que constituyen una representación de nuestra sociedad. Allí conviven el ahorro y la ostentación, la preocupación por la salud y la tentación de los alimentos ultraprocesados, las aspiraciones de consumo y las limitaciones del bolsillo. Es un espejo cultural a través del cual podemos llegar a descubrir quiénes somos, qué deseamos y cuánto de nuestras decisiones nos pertenece realmente.
El carrito de compras no solo contiene lo que necesitamos para sobrevivir, también lo ineludible, como para proyectar una cierta imagen. Están los productos orgánicos, sin gluten o bajos en calorías, que son más una declaración de principios que una necesidad. O el vino de etiqueta o los quesos importados, quizás un intento de pasar por sofisticado. Nos movemos con gracia en un escenario donde ensayamos desplegar una identidad. Lo que cargamos en el carro también sirve para mostrar quién queremos ser.
Un carro en el que conviven frutas frescas con bebidas azucaradas, productos ecológicos con plásticos desechables, alimentos saludables con snacks ultraprocesados. Demostración de la tensión entre lo que sabemos que deberíamos consumir y lo que realmente deseamos se hace evidente en cada compra. Nos debatimos entre la racionalidad y el impulso, entre la conciencia ambiental y la comodidad inmediata, entre el ahorro y el gasto aspiracional.
Un paseo por el supermercado también nos revela las desigualdades. No todos navegan por sus pasillos con la misma ligereza. Para algunos optar por una marca es decidirse por la calidad, otros simplemente optan por la supervivencia. Por la abundancia o la restricción, dependiendo de cuánto dinero carguemos en el bolsillo o que tan abultada tengamos nuestra cuenta bancaria. El supermercado, espacio de aparente neutralidad, es también un mapa de las brechas sociales.
También es un viaje a las añoranzas. Al olor del pan recién horneado, a la ansiedad de acompañar a los padres en la caja, a la fascinación por los colores de los envases. Incluso la lista de compras es una pequeña narrativa doméstica. Cada producto elegido nos cuenta historias personales. Que loco es pensar el supermercado como un archivo silencioso de nuestras vidas.
En él se cruzan tendencias globales con tradiciones locales, estrategias de marketing con prácticas familiares, aspiraciones individuales con limitaciones económicas. Es un laboratorio donde se observa cómo la sociedad se alimenta, se cuida, se contradice y se proyecta. Lo que podría parecer un simple acto de consumo revela todas las contradicciones de la vida moderna. La búsqueda de bienestar frente al exceso de alternativas, la necesidad de identidad frente a la homogeneización del mercado, la conciencia ecológica frente a la lógica del descarte.
Quizás por eso, reflexionar sobre las compras en el supermercado es reflexionar sobre nosotros mismos. Cada carro es una crónica de la vida contemporánea. Refleja nuestras rutinas, nuestras aspiraciones y nuestras contradicciones, recordándonos que consumir no solo responde a una motivación práctica, sino también cultural y simbólica.
El desafío está en reconocer esas tensiones y aprender a mirarlas con conciencia crítica. Que el supermercado deje de ser únicamente un espacio de hábitos automáticos y se convierta en un lugar donde nuestras elecciones, por pequeñas que parezcan, expresen un modo más coherente de habitar el mundo. Porque, a fin de cuentas, no solo estamos comprando alimentos. Escribimos relatos sobre quiénes somos y quiénes queremos ser.
Por Mauricio Jaime Goio.


Descubre más desde Ideas Textuales®
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.
