Ya casi salíamos de Trinidad a Santa Ana de Yacuma en avioneta. El piloto nos apuraba: “Vamos rápido, Purita dice que ya está listo el almuerzo.” Lo decía como algo muy serio, como si el almuerzo no fuera una simple pausa en la rutina del día, sino una especie de cita con algo muy grande. Yo, acostumbrado a la lógica urbana —donde el almuerzo es apenas un trámite digestivo entre obligaciones— no le di mayor importancia. Comer, en la ciudad, suele ser lo contrario de un ritual: una necesidad sin alma. Una rutina más.

Pero bastó que Purita y su hija nos recogieran en camioneta, para que esa impresión inicial se agrietara. Se sentía en el ambiente, en los gestos, en el modo en que se abría la casa. El almuerzo no era solo comida. Era ceremonia, era gesto, era afirmación. Y cuando entramos al comedor lo entendí. La mesa estaba servida como si fuera a alimentar a todo el pueblo. Era una mesa para la memoria. Para dejar algo grabado en quienes llegábamos. Era una forma de decir: ustedes importan.

En todas las culturas, el acto de alimentar trasciende la función biológica. No se trata solo de calorías, proteínas o hidratos de carbono. Comer es una forma de comunicación. A través de los ingredientes, los sabores, las texturas y los rituales, las sociedades han encontrado una vía para expresar afecto, construir vínculos y encarnar memorias. El alimento es, antes que nada, un lenguaje emocional donde cada plato es un mensaje, cada receta una historia, y cada bocado una caricia.

Pacú. Keperí. Charque. Masaco. Majao. Chivé. Pasoca. Los nombres mismos parecían rezos. En cada plato, una palabra. En conjunto, una carta escrita con sabores y texturas. El mantel era el lienzo, y la comida el idioma. Nos estaban diciendo, sin decirlo: “están en casa.” Y lo decían con tanto cariño, que uno se sentía querido de verdad.

La mesa no era privada, como ocurre en la ciudad donde cada cual come a su hora y en su espacio. No. Aquí la comida era celebración colectiva. Con amigos-vecinos-familia. Se compartía el plato y la conversación. Entre risas y anécdotas, se relataba generosidad sin pretensión. El almuerzo se volvía una fiesta de lo cotidiano.

Y a mí, en medio de todo, me agarró una emoción rara. Una sensación en el pecho, como si una mano cálida apretara suavemente el corazón. Era el tiempo que se abría paso entre bocado y bocado. Era la memoria, que volvía con la voz de mi madre llamándome a la mesa. Con su manera de decir te quiero sin decirlo, con el arroz perfectamente sazonado, con el estofado hecho con horas de espera. Porque el amor, en esa infancia ya lejana, se cocinaba lento. 

En la cocina de nuestras fantasías nunca falta una abuela que cocina sin recetas escritas, que recuerda de memoria los ingredientes que le daban sabor a su infancia. O un padre que no sabe decir “te amo”, pero que siempre pregunta si ya comiste. O una madre que prepara con esmero el postre favorito del hijo ausente. En todos estos gestos, el alimento opera como sustituto de la palabra. Cocinar, en estas claves, es hablar sin hablar, es articular un amor que encuentra en la comida su gramática más sincera. Los ingredientes, entonces, no son solo partes de una receta, sino signos en un alfabeto afectivo.

No es casual que las grandes celebraciones estén atravesadas por banquetes, ni que las pérdidas se acompañen con sopas calientes, ni que el primer gesto de consuelo para un niño triste sea ofrecerle algo dulce. En estos rituales, el alimento nutre el cuerpo, sí, pero también aquieta el alma, consuela la herida, teje pertenencia.

Entonces volví de mi viaje interior entendiéndolo todo. Este banquete era parte de un lenguaje humano profundo. No se trataba solo de lo que estábamos comiendo, sino de cómo nos lo ofrecían y como lo recibíamos. Cada plato era un relato íntimo, una geografía del cariño. Cocinar es, quizás, una de las últimas formas de amor que resisten al olvido. Estábamos recibiendo amor servido en un plato. Aunque nadie lo dijera, no era necesario.

Por Mauricio Jaime Goio.

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