¿Por qué escribir?, se preguntaba el exdirector del Fondo Indígena, Marco Antonio Aramayo Caballero, unos años antes de fallecer el 18 de abril de 2022 mientras permanecía privado de libertad por haber denunciado el millonario desfalco perpetrado por ministros de Estado de Evo Morales.
Escribo porque me rebelo ante la impunidad, lo hago con valentía y sin ningún temor, porque no estoy dispuesto a callarme, ni a dejar impune a políticos sindicales que usufructuaron con la inocencia de los ciudadanos más nobles de las naciones originarias del Bolivia».

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El día que Marco Antonio Aramayo Caballero se presentó ante el Ministerio Público, aquel 26 de febrero de 2015 a eso de las 14 horas, pensó que lo iban a dejar libre porque él era el denunciante del escándalo de corrupción en el Fondo de Desarrollo Indígena y no el ladrón denunciado. Pero no fue así. Como hombre justo e inteligente, dedujo que era ilógico que los inocentes vayan a la cárcel y los corruptos gobiernen un país. Pero los gobernantes de entonces pensaban todo lo contrario. Lo torturaron durante 7 años y lo encarcelaron hasta matarlo por ser honesto y decir la verdad.
Pero la muerte de una persona no mata la verdad. Marco lo sabía. He ahí la razón por la que escribió a pulso el presente libro en la cárcel de San Pedro de La Paz. Escribió para que la verdad viaje en el tiempo. Escribió para que el silencio no reemplace a la verdad sobre uno de los mayores robos que sufrió Bolivia durante el gobierno del Movimiento al Socialismo (MAS). Temía que el silencio amplifique la voz de la mentira oficial.
Es más, identifica con nombres y apellidos a los corruptos.
En la medida que el lector va enterándose de los sucesos, va deduciendo que los dirigentes sindicales indígenas del denominado Pacto de Unidad fueron los que sentenciaron a Marco aquel 28 y 29 de septiembre de 2014, cuando éste denunció en Cobija, Pando, el desfalco. No le perdonaron que les haya dicho en la cara a ellos y ellas, la “reserva moral de la humanidad”, que habían dejado robar y robado dinero en proyectos fantasmas a sus propios hermanos indígenas.
Marco cuenta que cuando él llegó al Fondioc lo primero que hizo fue revisar si los proyectos destinados a resolver las necesidades de los pueblos indígenas existían y si existían, funcionaban. Para ese propósito, compró seis vehículos Hilux 0 Km, modelo 2014. Urgían viajes de los técnicos para hacer monitoreo y seguimiento.
“Pero Nemesia Achacollo Tola (ministra de Desarrollo Rural y Tierras aquella vez) me las quitó con una Resolución Ministerial 001/2014 para entregarlas al ‘Pacto de Unidad’, debilitando la capacidad técnica, operativa institucional del Fondo Indígena”, escribió.
¡Increíble, pero cierto! La ministra de confianza de Evo Morales quitó los medios de transporte a los vigilantes para entregarlos a los sospechosos que tenían que ser vigilados. Imposible hacer seguimiento de más de 4.000 proyectos distribuidos en todo el país con apenas siete técnicos y sin medios para llegar hasta los lugares donde se supone estaban los proyectos. Sin ojos vigilantes, el asalto fue descomunal.
¿En qué usaron esos vehículos 0 Km los dirigentes del “Pacto de Unidad”?
En la campaña de Evo Morales para las elecciones nacionales de 2014.
Esos mismos dirigentes sacaron dinero del Fondioc con la excusa de supuestos talleres o actividades en beneficio de los pueblos indígenas. Nunca rindieron cuentas. ¿Por qué? Porque ese dinero público también fue destinado a actividades proselitistas del Presidente de entonces.
Marco decidió jugarse por los intereses de Bolivia y enfrentar a este grupo de dirigentes, a Nemesia Achacollo y a Evo Morales. Marco tenía la verdad, pero éstos tenían el poder. Como tenían poder, controlaban jueces y fiscales. Y como controlaban jueces y fiscales, le abrieron 256 procesos en diferentes partes del país. La maldad de estas personas creó un método sutil para matar a Marco, defensor de los pueblos indígenas, y encubrir a 4.400 dirigentes que fungieron como representantes de 1.100 proyectos.
Los acusados lograron su objetivo, pero no evitarán que Marco siga conversando en cada página, en cada línea, con los lectores de hoy y de mañana sobre su lucha contra la corrupción.
Vale la pena leer “Yo denuncié” porque está escrito por un chaqueño boliviano que, al igual que Sócrates, prefirió morir por la verdad que vivir por la mentira.
Por Andrés Gómez Vela, periodista, en el prólogo del libro del autor.
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Marco Antonio Aramayo Caballero no alcanzó a terminar el presente libro. Su vida le fue arrebatada (desde mi punto de vista se lo asesinó lentamente con todo lo que implicó su persecución jurídica) cuando se le acababan los argumento al MAS para perseguirlo jurídicamente.
Su libertad era más un riesgo que una incomodidad, tanto para quienes intervinieron el FONDIOC como para aquellos que han quedado impunes y por fuera de toda investigación en este caso.
Lo sucedido con el Fondo para el Desarrollo Indígena, según Marco Antonio Aramayo Caballero, no solo deja en evidencia el tremendo abuso de poder del Movimiento Al Socialismo para con quienes disienten de su ideología, también debe servir como una hoja de ruta para investigar a las altas cúpulas sindicales, dirigentes de movimientos sociales, autoridades y ex autoridades del MAS. Todo lo expuesto en este libro deja al menos la necesidad de una investigación profunda que incluya a los anteriores investigadores de la intervención al FONDIOC que se tomaron la tarea de dejar de lado a la dirigencia sindical y al falso indigenismo que se aprovechó de los dineros del FONDIOC perjudicando a sus propias comunidades y causando un daño aún mayor al dejar con poca credibilidad a cualquier movimiento de reivindicación indígena en Bolivia y en Latinoamérica. Lo sucedido con el fondo indígena no es poca cosa, ya que la burda estratagema de usar el indigenismo para repartir dinero a sindicalistas ociosos y dejarlos impunes atenta en contra de cualquier movimiento indígena en Latinoamérica.
Lo triste del caso, desde mi punto de vista, es que el FONDIOC no se accidentó a medio camino ni se cometieron errores, fue simplemente concebido y diseñado como una herramienta para sonsacar dinero al Estado a nombre de la reivindicación indígena para después dejar de lado las necesidades de los pueblos originarios al llenar los bolsillos de los dirigentes sindicales y del MAS. Tampoco es menos triste que hayan sido dejados de lado, casi totalmente, los pueblos cuya lucha dio origen al FONDIOC. Los pueblos indígenas de tierras bajas fueron casi apartados de los proyectos del FONDIOC.
Todo lo expuesto en este libro indica que Marco Antonio Aramayo fue el necesario chivo expiatorio para dejar limpios a los altos mandos del MAS, incluyendo al actual presidente de Bolivia, Luis Alberto Arce Catacora, que fungía como ministro de economía por esas épocas y cuyo despacho autorizó los movimientos financieros que quebraron al FONDIOC. Si de verdad se quiere hacer justicia con los pueblos indígenas, se debe llegar a la raíz de los problemas del FONDIOC; los responsables de su diseño descaradamente deficiente que permitió tamañas irregularidades. Por lo mencionado por el autor, tampoco se investigó a los cuatro mil cuatrocientos beneficiarios de las transferencias público privadas que recibieron los dineros en algunos casos sin descargo ni seguimiento de avances. Otro aspecto es que a una de las principales responsables, Nemesia Achacollo, ex ministra de desarrollo rural y tierras, directa responsable del FONDIOC, se le haya dado casa por cárcel mientras que al denunciante se lo sometió a una persecución judicial que deterioro su salud de manera irreversible.
Este libro nos deja dos tareas por hacer: someter a la justicia a todos los implicados en este caso y atender realmente la reivindicación de los indígenas. Esa reivindicación histórica está vacía y fue la grieta político social por la cual ingresó el socialismo del Siglo 21 para dañar a Bolivia justo en su mejor momento económico. Las secuelas del caso FONDIOC no solo dañaron la credibilidad de los indígenas, también han dejado una clase social sindicalista y politiquera aferrada a la teta del poder y con la firme convicción de quedar en la impunidad. Ese es otro factor que se debe atender. Lo que Marco Antonio Aramayo expone no es tarea menor, es un entramado complejo y profundo que ha hecho metástasis en la sociedad boliviana al normalizar la corrupción y la mediocridad en el aparato estatal.
Sin duda que Marco Antonio nos deja las bases para una investigación profunda; pero también para una reingeniería tal cual él lo decía. Solo que ya no es una re ingeniería del FONDIOC, Marco deja un legado para la reingeniería del país, al entender que debe ser atendida la reivindicación indígena; pero lejos del sindicalismo y además descentralizado del poder estatal para no repetir la corrupcion del populismo ni permitir mas ultrajes a los movimientos indigenistas.
Finalmente nos queda claro, mediante el mal ejemplo del FONDIOC, que la politizacion del indigenismo erosiono la integridad nacional al ponerlo por encima de la nacionalidad boliviana otorgando mas derechos a unos que a otros y dejando a la constitucion y las leyes con poco valor ante las conveniencias populistas. Primero debemos todos asumir nuestra bolivianidad como principal identidad socio política para ser todos iguales ante la ley. Después podemos identificarnos con el origen étnico, usos y costumbres que nos parezca y sin que esto nos dé derechos ni beneficios mas allá de los que tiene cualquier otro ciudadano. La necesidad de los indígenas de cualquier etnia debe ser atendida porque es una necesidad real como la de cualquier otro ciudadano y no porque es la necesidad de un indígena.
Por Rolando Descarpontriez Arteaga, en el epílogo del libro del autor.
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