Cada 1 de mayo, las calles se llenan de consignas, banderas y discursos. Marchas ordenadas, autoridades pronunciando palabras solemnes, un feriado que interrumpe la rutina. Una fecha que, a pesar de los bombos y platillos, nos deja una pregunta que nunca se termina de responder: ¿qué estamos celebrando realmente cuando celebramos al trabajador?
El Día del Trabajador nace de un hecho histórico, las protestas obreras en Chicago en 1886 que exigían algo que hoy parece elemental, la jornada de ocho horas, y recibieron como respuesta una represión brutal. Nació como una disputa por el tiempo, por el derecho a que la vida no fuera tragada por la fábrica, por una vida más allá del trabajo. En su origen, el 1 de mayo no celebraba el trabajo en sí mismo. Celebraba el intento de ponerle límites. De reivindicar un tiempo para el cuidado, la conversación, el descanso, la vida común. Un tiempo para construir mundo y no solo producirlo.
Con los años la conmemoración adoptó un tono ritual, homenajeando al trabajador como figura productiva, como pieza que sostiene el engranaje social. Se celebra el esfuerzo, la resiliencia, el aguante. Sin embargo, no se responde a la pregunta sobre el sentido del trabajo, por el lugar que ocupa dentro nuestras vidas. Un sentido que mide el valor de las personas por su capacidad de rendir y responder. Y no es que trabajar sea indigno, pues es fuente de orgullo y muchas veces sostiene una buena parte de nuestro sentido vital. El problema aparece cuando esa dimensión se vuelve monopólica y el resto de la vida se organiza como un apéndice.
Entonces el trabajo deja de ser parte y se convierte en totalidad. Lo notamos en gestos como revisar correos o contestar mensajes fuera de las horas laborales o convertir el descanso en una técnica para recuperar energía o transformar el fin de semana en un respiro, siempre con la mente puesta en el lunes. El tiempo libre está cada vez más colonizado por la lógica de la productividad. El trabajo termina por organizar nuestra existencia y definir una pertenencia. No tener empleo no es solo no tener ingreso, muchas veces puede significar quedar socialmente excluido.
En este marco conmemoramos el 1 de mayo sin cuestionarnos si el trabajo que celebramos nos permite vivir bien. Se aplaude la productividad sin preguntarse sobre sus costos, fundamentalmente en términos de salud mental. Es paradojal que lo nacido como reivindicación de límites ha terminado transformándose en un acto de confirmación. Volver al origen del 1 de mayo es recuperar el interés primordial por el tiempo. Por supuesto que no podemos descuidar las condiciones laborales, pero no debemos perder la vista del tema de fondo, que es responder a la cuestión de cuánto de nuestra vida estamos dispuestos a entregar para ganar el sustento.
Por eso el Día del Trabajador debería ser algo más que una fecha en el calendario. Debería ser una interrupción real no solo del trabajo, sino de la pasividad con la que lo aceptamos como eje fundamental de nuestra existencia. Qué sea un día para preguntarnos no cuánto trabajamos, sino qué queda fuera cuando todo gira en torno a la productividad. Un día para imaginar límites practicables. Quizás deba ser menos una ceremonia de homenaje y más uno de advertencia. Un recordatorio de que la centralidad del trabajo no es una ley natural, sino el resultado de una historia que podríamos llegar a cambiar.
Celebrar al trabajador puede ser sinónimo de venerar la productividad como destino. Es tiempo de reivindicar ese sentido primordial que motivo a los mártires de Chicago. El trabajo, aun cuando sea necesario y valioso, no nos puede robar nuestro tiempo para cuidar y ser cuidado ni nuestra voz para hablar en común ni nuestra verdadera identidad para ser reconocido por los otros. En definitiva, no nos puede robar la vida.
Por Mauricio Jaime Goio.
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