Antes se usaba la expresión «hombre del renacimiento» para referirse al tipo de persona con intereses amplios. Gente excepcional que siente curiosidad y persigue distintos intereses culturales, artísticos e intelectuales. Alguien que no se encasilla en una sola disciplina. Tipos que, a menudo, rayan en la genialidad. Eso es exactamente lo que fue Antonio Vaca Díez: médico, hombre de ciencia, periodista, político e industrial gomero. El alemán Albert Perl, el último hombre con el que Vaca Díez cruzó mirada antes de morir, lo describe así:

«Vaca Díez era un hombre de humor inagotable, nunca era aguafiestas y siempre dispuesto a participar en todo lo que se ofreciera. Era una persona de gran inteligencia, extraordinariamente leído y versado en toda materia; había estudiado medicina y dicen que en esa especialidad era muy competente. De su familia, de la que era el padre más solícito, hablaba siempre con gran cariño. Su esposa habría querido acompañarle; presagiaba que alguna vez le sobrevendría una desgracia y lo decía con bastante frecuencia»

Luego de perder elecciones frente a Andrés Ibáñez en Santa Cruz de la Sierra y a punto de ser perseguido por Melgarejo, acudió al llamado de su padre para hacerse cargo del negocio gomero en el noroeste boliviano. Negocio que entonces, en la década de 1870, se hallaba en sus inicios.

Diez años después de haberse establecido en el río Orton, en lo que hoy es Pando, Antonio Vaca Díez era ya un potentado. Sin embargo, a principios de la década de 1890 se encontraba descapitalizado. Lo que representaba un grave contratiempo, ya que la explotación del caucho, como todo negocio grande, requería de grandes inversiones. Vaca Díez no se quedó de brazos cruzados.

Al respecto, Valerie Fifer dice:

«Siguiendo el ejemplo de la Casa Suárez, decidió obtener financiamiento en Europa. Se acercó a banqueros y otros interesados en Alemania, Francia y Gran Bretaña, y finalmente en 1896 tuvo éxito tanto en París como en Londres. Ansioso por regresar a Bolivia una vez que los acuerdos se hubieran ultimado en diciembre de 1896, Vaca Díez otorgó poderes notariales al Cónsul General de Bolivia, Francisco Suárez, y el 1 de febrero de 1897 quedó oficialmente registrada en Londres la sociedad The Orton Bolivia Rubber Co. Ltd. Francisco Suárez, junto con el barón Jacques de Gunzburg y Alexandre Devès, ambos de París, fueron nombrados directores de la compañía, cuyo capital nominal era de 340.500 libras esterlinas»

Antonio Vaca Díez inició el regreso a Bolivia, su esposa Lastenia se quedó en Londres. Se sentía optimista, triunfante, el horizonte prometía gloria. De Europa trajo con él a 500 trabajadores de varias nacionalidades: alemanes, ingleses, españoles e incluso alsacianos. La mayor parte de ese personal resultó ser gente de baja ralea; asesinos, estafadores, fugitivos, quienes a lo largo del trayecto fueron desertando. Para julio de 1897, en Mishagua, de los 500 que salieron de Europa apenas quedaban 16 .

Entró Vaca Díez por Belem do Pará y siguió hasta Manaos. De ahí, la idea era enrumbar para Iquitos, subir por el Ucayali y el Urubamba, encontrarse con el magnate cauchero peruano Fermín Fitzcarrald, luego bajar por el Madre de Dios y el Beni hasta el río Orton. En carta a su querido primo Nicolás Suárez cuenta por qué eligió retornar por Iquitos:

«Resolví seguir esta vía de Iquitos por los malos informes que me daba mi casa respecto a las cachuelas; y porque en el Perú me dieron informes alucinantes respecto a la facilidad de la comunicación con el Madre de Dios. Error que me ha salido bien, porque aquí realizaré tanta mercadería que he traído y podré desquitar las 6.000 libras que cuesta el personal español, que al fin he tenido que botar en este puerto por incapaz y malhechor. Te aseguro, hermano, que las he pagado todas juntas»

Como era de esperarse, la travesía del regreso duró meses. Dejaron atrás Iquitos y sin mayores novedades pasaron por Contamana, navegando el Ucayali. Ya en el Urubamba, tres días antes de llegar a Mishagua, acamparon. En Mishagua estaba la barraca gomera de Fitzcarrald. La mañana del 8 de julio de 1897, víspera de la muerte de Antonio Vaca Díez, llegaron dos canoas. En ellas venía Fitzcarrald a darles la bienvenida y a acompañarlos en el trayecto que faltaba (tenía la idea de llevar a Vaca Díez con él en una de las canoas, por considerarlas más seguras que la lancha a vapor).

Por primera vez se encontraron personalmente el legendario magnate peruano y Antonio Vaca Díez. Había que celebrar. Según Albert Perl, de vez en cuando a Vaca Díez le gustaba pasarse la noche tomando y conversando. Y qué mejor ocasión que esa noche para una larga tertulia. Contaban además con una novedad tecnológica a su favor. Una gran caja de música de la marca alemana Symphonion que tocaba discos metálicos perforados . No faltaba música en la selva. Tampoco champagne. Cuenta Perl:

«En nuestra alegre cabinita el ambiente era muy acogedor; si uno salía ocasionalmente al exterior, la quietud le sorprendía y le recordaba la seriedad de las cosas. Durante toda la velada nuestra caja de música tocó la Die Gigerlkönigin («La reina de los dandis»), la melodía favorita del Dr. Vaca Díez. Brindamos por el futuro y el feliz término de nuestro viaje. En esa alegre disposición fue pasando una hora tras otra»

Amaneció el fatídico 9 de julio de 1897. Vaca Díez hizo reunir a los alemanes de la comitiva. Eran 5 contando con Perl. Les agradeció sentidamente por todos los esfuerzos a lo largo del trayecto, por la lealtad y la protección que le brindaron en momentos peligrosos. Les prometió a todos aumento de sueldo y una larga carrera en la compañía. Derramó unas lágrimas. Luego pidió que la caja de música tocase Klosterglocken («Campanas del monasterio»).

Embarcaron.

Antonio Vaca Díez insistió a Fitzcarrald para que fuesen juntos en el Adolfito. Fitzcarrald no quería, prefería la canoa. Vaca Díez insistió. Fitzcarrald asintió de mala gana. Navegaron toda la mañana. Conversaron sobre seguros. Vaca Díez decía que si a él le pasara algo, su familia estaría asegurada de por vida. Fitzcarrald, en cambio, decía que no hay para qué asegurarse. Que las compañías de seguro son cumplidas para cobrar, pero que a la hora de pagar encuentran siempre un pretexto para no hacerlo. A mediodía iban a cruzar una pequeña cachuela y Perl intentó recuperar un bote salvavidas metálico que hasta hace poco traían junto al Adolfito. Vaca Díez se opuso.

A las 3:30 pm avistaron una cachuela más grande. El lugar exacto no ha podido ser precisado, pero se estima que fue en un punto del tramo llamado Alto Urubamba, hoy conocido como Shepa. A la izquierda había una pared rocosa y agrietada. De pronto se trabó el timón y la embarcación tomó el rumbo equivocado. Perl ordenó dar marcha atrás a media máquina, y una vez recuperada la dirección, marcha hacia adelante a toda máquina. Parecía que salían. Pero el agua pudo más y volvió a girar la proa dirigiendo el vapor hacia la cachuela. Perl hizo varias maniobras tratando de evitar la tragedia. No pudo. El agua entró primero por la popa, siguió al cuarto de máquinas y empujó el vapor con fuerza descomunal hacia abajo. Todo estaba perdido.

Viendo que el naufragio era inminente, Perl arrojó un salvavidas a Vaca Díez. Pero Vaca Díez en el apuro y los nervios no alcanzó a ponérselo. Instantes después, Perl vio a Antonio Vaca Díez y Fermín Fitzcarrald saltar por una de las ventanas del vapor a las turbias aguas embravecidas del Urubamba.

Mientras se hundía el Adolfito, la caja de música no dejaba de tocar la ópera Martha de Friedrich von Flotow.

Cuenta Perl:

«Nadé largo tiempo e intenté llegar a tierra, pero los remolinos me arrojaban una y otra vez hacia afuera. La ropa me pesaba y las botas claveteadas tiraban poderosamente hacia abajo. Entonces me acordé de mis amigos Vaca Díez y Fitzcarrald, que luchaban los dos juntos desesperadamente aferrados a una silla de mimbre. Me giré, me sostuve un instante contra la corriente, y en ese mismo momento nuestras miradas se cruzaron por última vez: se hundieron en silencio. Tuve que reunir toda mi entereza para no seguirles; fue un momento espantoso»

Así murió Antonio Vaca Díez el 9 de julio de 1897. Tenía 48 años. Su cuerpo nunca fue encontrado. The Orton Bolivia Rubber Co. Ltd., el sueño de Vaca Díez, fue absorbida por la Casa Suárez, gran beneficiaria del naufragio.

Inspirado en la tragedia, Werner Herzog hizo su famosa película Fitzcarraldo, en 1982. La película se centra exclusivamente en la vida de Fermín Fitzcarrald. No es un documental, es una obra de ficción. Es decir, una versión poética y embellecida de Herzog sobre la vida y muerte del magnate gomero peruano. En la película de Herzog no aparece Antonio Vaca Díez. Este texto es, en parte, un intento de corregir ese olvido.

Por Marcelo Añez Mayer, ensayista.


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