En internet circulan desde hace meses los videos de Jiang Xueqin( 1976), un profesor chino-canadiense que habla sobre el futuro de nuestra civilización. Sus intervenciones, difundidas en YouTube y replicadas en TikTok y X, mezclan geopolítica, teoría histórica, con mucho de fatalismo. Jiang habla de guerras inevitables, de crisis económicas, de fracturas culturales y del agotamiento psicológico de Occidente.

Sus videos fascinan porque presentan el desastre como una lenta deriva. En el fondo está exponiendo el estado emocional de una época. Millones de personas consumen diariamente relatos sobre colapsos, guerras y decadencia porque el miedo ya no opera como una algo excepcional, sino como una parte del cotidiano de cada individuo. Vivimos inmersos en anuncios de catástrofes posibles, y figuras como Jiang Xueqin no son más que intérpretes de una ansiedad colectiva.

Desde siempre, y en intervalos de ciertos ciclos históricos, la humanidad ha imaginado su final. Los romanos temieron a los bárbaros descendiendo desde los bosques del norte, la Europa medieval esperó el sonido de las trompetas celestiales anunciando el Juicio Final y en el siglo XX la humanidad vivió bajo la sombra de la bomba atómica. Ya en pleno siglo XXI el miedo adopta la forma de guerras energéticas o colapso financiero o inteligencia artificial descontrolada o escasez de alimentos o conflictos religiosos.

No deja de ser curioso que siendo parte de una era que se jacta de haber derrotado a los mitos y supercherías, parecemos estar atrapados por ellos. El hombre contemporáneo, a pesar de sus mágicos algoritmos, sigue necesitando relatos para explicar la sensación de evanescencia de su mundo. Quizás por eso aquellas explicaciones que mezclan geopolítica, religión y teorías del colapso encuentran hoy tanta audiencia. No importa tanto su veracidad como su poder explicativo. Se trata de millones de personas que sienten que el mundo que conocieron se está desmoronando.

Durante décadas, Occidente construyó una idea de progreso basada en el consumo ilimitado. Viajar era barato. Los supermercados rebalsaban productos traídos desde el otro lado del planeta. La tecnología prometía comodidad infinita, felicidad casi automática. Parecía que la historia había llegado a un punto de estabilidad permanente. Una abundancia que se sostenía más en conjeturas que en certezas. 

Bastó una pandemia para revelar esa vulnerabilidad. A eso sumemos algunas guerras y una crisis energéticas para que el miedo regresara. Un trance que no es solamente económica o política, sino también espiritual. La modernidad occidental creyó que podía reemplazar las antiguas religiones con el mercado y la tecnología. Pero no sólo de pan vive el hombre. Necesita sentido, pertenencia, comunidad. Elementos que al desaparecer dejan el vacío y la ansiedad.

Quizás por eso hoy proliferan los discursos apocalípticos. Ya sea anunciando el colapso de los imperios o guerras entre civilizaciones o imaginando un futuro donde las sociedades deberán abandonar el consumismo para regresar a formas más austeras de vida. Son narrativas que comparten la intuición de que la construcción del orden mundial post Segunda Guerra Mundial está agotado.

Es en medio de esa sensación de derrumbe que se crean o recrean estructuras emocionales que ofrecen soluciones simples a problemas complejos. Como el nacionalismo, la religión, las teorías conspirativas. Permiten creer que alguien controla el caos, aunque sea tras bambalinas. Cuando las sociedades sienten amenazada su continuidad refuerzan símbolos de pertenencia. En momentos de incertidumbre las personas buscan su tribu.

El problema mayor parece radicar en es que el mundo contemporáneo produce incertidumbre de manera permanente. La tecnología conecta al planeta, pero también fragmenta las relaciones humanas. Las redes sociales crean la ilusión de comunidad mientras aumentan el aislamiento. La inteligencia artificialpromete eficiencia y al mismo tiempo genera miedo sobre el futuro del trabajo y de la propia condición humana.

El cansancio psicológico que atraviesa a gran parte de Occidente no es casual. Es el resultado de una civilización que convirtió la velocidad, el rendimiento y el consumo en principios sagrados. Por eso muchas personas empiezan a mirar hacia atrás, buscando formas de vida más simples y comunitarias. La familia, el barrio, la tierra, los vínculos cercanos vuelven a adquirir valor. No porque el pasado haya sido mejor, sino porque nos parece más estable. En medio del temor y la incertidumbre, esta crisis histórica nos obliga a preguntarnos sobre lo qué es realmente importante. A fin de cuentas, detrás de las profecíasdel fin del mundo late la necesidad de encontrar sentido en medio del caos.

Por Mauricio Jaime Goio.

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