Ronaldo llora porque los hombres, por más millones que tengan y por más rudos o soberbios que se quieran mostrar, lloran cuando pierden algo importante. Y Ronaldo perdió el sueño de toda su vida. Después irá a la conferencia de prensa, y dirá que él ganó tres títulos con Portugal, y que ganó una Euro que para él equivale como un mundial, pero los ojos no mienten, y Ronaldo llora, llora porque perdió algo de verdad.
Lo ganó todo como jugador a nivel de clubes y la prensa, él mismo, corrijo, se autoimpuso la condena de ganar un mundial. Estuvo lejos cada vez que lo intentó. Los ganadores suelen persistir en buscar los caminos posibles al gol. Y Ronaldo creyó que él debía correr solo en el callejón central, mientras dirigía con sus brazos las jugadas de sus compañeros. Se quedó como un pescador durante toda la copa del mundo; la pelota llegó a cuentagotas y, cuando no llegó, tal vez por ansiedad, quiso arrebatarle el remate a algún compañero. Si se pasó de egoísta Ronaldo o no, ya es cosa juzgada.
Uno ve a Noruega, lo ve a Haaland economizar energías durante todo el partido, ¿y por qué le tendríamos que pedir a Ronaldo que con 40 años corra más? Es cierto, Ronaldo no tenia que correr más, apenas debía salir un poco del cajón. Al quedarse clavado de 9, fijó a los marcadores centrales rivales, sirvió como referencia y le restó creatividad al ataque porque no le generaba el espacio a ningún compañero. Ronaldo quería que recayera todo en su gastada punta de lanza. De ese modo, en esta copa, hizo un gol de penal ante Croacia (le habían anulado uno maravilloso por un milimétrico offside) pero otra vez no logró hacer de Portugal un equipo poderoso. Sin duda, su nombre quedará grabado en la historia, y se hablará de él por años, como lo fue en su momento con Eusebio, Figo o Rui Costa.
Y aqui viene el toque criollo de estas líneas. Por esas cosas de la vida, Ronaldo está en otra vereda ajena a la nuestra. Durante muchos años el fútbol lo enfrentó a Leo Messi y el mundo se repartió entre los adoradores de uno y otro, como si el fútbol fuera cuestión de fanáticos y no una experiencia en la que uno pueda sentir la belleza del juego por igual. Entonces, si te gustaba uno no podías querer al otro: se planteó una religión monoteísta. Y Ronaldo se esmeró para conseguir títulos y goles y batir todos los récords que estuvieran a su alcance. Ya en el crepúsculo de su carrera, buscó el desierto para acumular fortunas y goles; si eran de penal sumaban igual.
Le faltó el Mundial. O no. Cruyff, Platini, Baggio, Modric tampoco lo ganaron, por citar solo algunos legendarios. Cristiano hubiera querido retirarse con la copa del mundo en sus manos, y hubiera sido un mensaje para la humanidad. La imagen del hombre orgulloso que nunca se rindió. Pero hay veces que el olvido viene por tu propia historia, y no llega con la muerte, sino mucho antes, con la indiferencia de los tuyos, con las piernas que olvidan la velocidad de los veinte años y con el exilio en los desiertos del dinero. Ronaldo corrió poco, muy poco, en este mundial, y no le dio una asistencia a un compañero; los compañeros también lo buscaron poco y nada.
Entonces siempre volvemos a lo mismo, la química, esa sustancia misteriosa que hace que los equipos entreguen todo por el líder. Ronaldo quiso conquistar el mundo entero él solo, pero muchas veces el primer paso es saludar a tu familia apenas despertás. Hasta su apodo es extraño, el Bicho. Una cosa kafkiana, Ronaldo. De igual modo, fue un lujo verlo. El tiempo sabrá cuál será su sitio. Da la sensación de que vimos a un hombre luchar con dignidad, muchas veces sin brújula, y muchas otras sin ejército. Pero eso ya es historia. De todos los Ronaldos que vi, elijo quedarme con este, el del final, el Ronaldo que llora en soledad.
Por Adrián Michelena / Relatos de fútbol.
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