La Ley Avelino Siñani-Elizardo Pérez prometió unir al país reconociendo su diversidad. Pero en Santa Cruz, durante 16 años, cumplió lo contrario: borró nuestra memoria, ocultó a los héroes y dejó a generaciones enteras sin saber quiénes son.

Durante casi dos décadas, los libros de texto y los programas educativos desplazaron casi por completo la historia propia del oriente boliviano, porque la Ley 070 así lo establecía.

Se olvidó a Andrés Ibáñez, el artífice de la federalización y la autonomía cruceña.

Quedaron en el olvido los héroes locales, la gesta de la independencia, la lucha por el progreso y el aporte decisivo de esta tierra a la economía y la soberanía nacional.

Se impuso una visión única, centralizada, que redujo a Santa Cruz a una nota al margen, como si la identidad, cultura y forma de ver el mundo no existieran.

No se trató de enseñar lo nacional, se trató de ocultar lo regional. Y borrar la historia de un pueblo es borrar su alma.

Los docentes lo confirman: “Nos prohibían profundizar en lo nuestro. Si hablábamos de la identidad cruceña, nos decían que estábamos dividiendo al país”.

Los jóvenes lo sufren afirmando: “Terminamos el colegio sabiendo más de historias lejanas que de cómo se fundó Santa Cruz”.

Los padres coinciden que le enseñaron a sus hijos a ser bolivianos, pero se les olvidó enseñarles a ser cruceños.

Lo que se rompió

La ley visibilizó lenguas originarias, amplió el acceso a la escuela y puso en valor saberes ancestrales. Pero esos logros se perdieron entre tantos errores.

Bajó la exigencia en conocimientos básicos como lectura, escritura y matemáticas dejaron de ser prioridad.

La ideología ocupó el lugar de la ciencia y el pensamiento crítico. Y lo más grave fue que arrancó de raíz la identidad regional, como si un país se construye borrando a sus regiones.

¿Por qué se decide abrogarla?

No es un capricho político, es la respuesta a una realidad que ya no se puede ocultar.

La calidad educativa cayó estrepitosamente. La gente exige que se respete su historia y su realidad. Y se entiende que una ley que une no puede borrar a nadie.

Ser boliviano no significa dejar de ser cruceño, ni camba, ni chiquitano, ni guarayo. Al contrario, se es más boliviano cuando se valora todo.

La nueva normativa que se prepara tiene una deuda sagrada, devolver la historia. Que vuelvan los nombres, las fechas, las luchas y los valores que hicieron de Santa Cruz lo que es hoy. Porque un pueblo sin memoria es un pueblo sin futuro. Y los cruceños no permitirán que sigan robando lo que es nuestro.

Esta ley reconoció la diversidad, las lenguas originarias y la realidad de las comunidades y amplió el acceso a la escuela a sectores que antes estaban marginados, pero lo que más critican es la pérdida de conocimientos básicos.

Los maestros advierten que esta generación llegó con graves falencias en lectura comprensiva, escritura y matemáticas; muchos coinciden en que se bajó la exigencia para aprobar sin dominar lo fundamental.

Pasan más tiempo llenando informes que enseñando; se sintieron limitados para corregir o exigir disciplina; la promoción automática hizo que muchos avanzaran sin estar preparados.

En Santa Cruz reclaman que la currícula borró o minimizó la historia, héroes y valores cruceños, imponiendo una visión ajena a su identidad y realidad productiva. Además, se aplicó sin consultar a quienes conocen la realidad de cada región.

¿Qué dicen los estudiantes?

Una pesquisa que realicé en San Ignacio, arroja como resultado que los estudiantes se sienten desprotegidos. Al llegar a la universidad descubren que les faltan herramientas básicas; muchos confiesan no saber expresarse bien ni resolver problemas sencillos.

Los jóvenes cruceños dicen saber más de historias lejanas que de Andrés Ibáñez, de la gesta autonómica o de cómo se construyó su propia región.

De igual forma sienten que se priorizó lo ideológico sobre lo práctico. Aprendieron muchas teorías, pero pocas habilidades para ganarse la vida o seguir estudiando.

Como se ha dicho públicamente, se les cuidó mucho en la nota, pero se les exigió poco en el esfuerzo y el conocimiento, dejándolos frágiles ante la realidad, lo que dio lugar al surgimiento de la llamada «Generación de Cristal»

Las críticas

El propio Enrique Ipiña (exministro de Educación) fue uno de los más claros al señalar que se exageró el enfoque andinocéntrico, se descuidó la calidad académica y se borraron las historias regionales —precisamente lo que duele a Santa Cruz—. Advirtió que enseñar a ser boliviano no significa borrar lo que es propio de cada departamento.

El actual ministro Erick Sanjinés dijo abiertamente que la ley tiene “candados” que impiden mejorarla, bajó la exigencia y no respetó las realidades de cada región.

La Confederación de Maestros denunció que se llenó de burocracia, se debilitó ciencias y matemáticas, y se impuso una sola visión desde el centro. En Santa Cruz, docentes pidieron recuperar la historia local que desapareció de los libros.

Exministros como Félix Patzi y Roberto Aguilar, reconocieron que en la práctica se desvirtuó, se perdió equilibrio y se olvidó incluir con igual importancia a todas las regiones.

Autoridades y asambleístas de Santa Cruz promovieron leyes departamentales para recuperar la historia, porque la Ley Nº 070 la había reducido a nada o la había omitido totalmente.

“No es que esté mal reconocer las culturas originarias, lo que está mal es hacerlo borrando la identidad cruceña, la chiquitana, la guaraya o la de cualquier rincón de Bolivia. Ser boliviano es sumar todas las historias, no borrar unas para imponer otras”, afirmaron.

Lo que se dijo en San Ignacio de Velasco

Muchos docentes contaron que no podían profundizar en la historia local, es decir, en la fundación de San Ignacio de Velasco, el 31 de julio, la labor jesuita, las luchas de la gente, el aporte a la región. Todo eso pasaba a segundo plano o no aparecía.

Los padres se preguntaban por qué sus hijos sabían más de otras regiones y casi nada de lo que pasó aquí, en su propia tierra, en su propia lengua y cultura.

Autoridades locales y cívicas reclamaron que la norma no respetó la realidad de la Chiquitania, imponiendo contenidos que no pertenecen y borrando lo que hace únicos.

Incluso desde la Iglesia, que tiene tanta historia aquí, se alzó la voz contra cómo la ley afectó la educación y los valores propios de la zona.

¿Por qué pareció que nadie decía nada? Porque la crítica fuerte se escuchó más en la capital departamental o en La Paz, pero aquí, en San Ignacio, se vivió en silencio cotidiano, en cada aula donde faltaba el nombre de los héroes, en cada casa donde un niño preguntaba: “¿quiénes somos nosotros?”, en cada maestro que callaba porque le decían que “dividir era enseñar lo propio”

Pero el dolor fue el mismo. Si a Santa Cruz le borraron su historia, a San Ignacio le hicieron lo propio con la suya. La historia chiquitana, la identidad misional, la forma de ser también fueron relegadas. Y ahora que se habla de cambiar la ley, es la oportunidad de decir fuerte y claro: «nosotros también existimos, tenemos memoria y queremos que nuestros hijos sepan quiénes somos.»

Tanto docentes como estudiantes coinciden en señalar que se ganó en inclusión y reconocimiento cultural, pero se perdió en calidad, exigencia y pertinencia regional. Y lo que más duele a Santa Cruz es que se enseñó a ser boliviano, pero se olvidó enseñar a ser cruceño.

Por Gina Mendía G., periodista.


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