Una escena cotidiana. Dos personas esperan el ascensor. Se miran de reojo, quizás intercambien un tímido saludo antes de fijar su mirada en la pantalla de sus respectivos teléfonos. A pesar de que viven separadas por un muro de apenas veinte centímetros, podrán pasar años de convivencia y jamás sabrán sus respectivos nombres u oficios. Algo que, en frío, a cualquiera le parecerá anodino, pero que esconde una de las transformaciones culturales más profundas de nuestro tiempo. La desaparición del vecino como figura social.
No hace tanto tiempo el barrio era una extensión del hogar. Los niños crecían entrando y saliendo de las casas de los vecinos pues las puertas permanecían abiertas durante gran parte del día. Siempre había alguien dispuesto a prestar una escalera, una taza de azúcar, una herramienta o simplemente unos minutos de conversación. El vecino no era necesariamente un amigo íntimo, pero formaba parte de un tejido vital que hacía posible la construcción de comunidad. Un universo que no desapareció de un día para otro, simplemente fue diluyéndose lentamente, casi sin que lo advirtiéramos.
Hoy vivimos en ciudades más grandes, más iluminadas, más seguras desde el punto de vista tecnológico y, paradójicamente, mucho más solitarias. Sabemos qué desayunó un conocido que vive en Tokio o en Madrid gracias a las redes sociales, pero ignoramos quién habita el departamento contiguo. Hemos ampliado nuestras relaciones hacia el mundo entero, en tanto restringimos las que ocurren a pocos metros de nuestra puerta. Nunca la humanidad estuvo tan conectada y, al mismo tiempo, tan desvinculada.
Desde los albores de la civilización fue el territorio quien organizó la vida humana. La plaza, el mercado, la iglesia, la escuela o la cancha del barrio eran los escenarios donde se fabricaba la confianza. Allí circulaban noticias, favores, discusiones, acuerdos y pequeñas solidaridades. La comunidad no nacía de compartir las mismas ideas, sino de compartir el mismo espacio.
Hoy ocurre que las redes sociales han reemplazado la geografía por los intereses. Ya no pertenecemos principalmente al lugar donde vivimos, sino a grupos definidos por gustos, profesiones, ideologías o aficiones. Nuestra comunidad dejó de ser territorial para convertirse en digital. Lo cual, per se, no constituye necesariamente un progreso ni un retroceso. No enfrentamos, más que nada, a un cambio de civilización.
El problema real radica en que esta nueva forma de relacionarnos debilita los vínculos más próximos. Porque la confianza se construye sobre la base de los pequeños rituales cotidianos, como saludar al conserje, conversar cinco minutos con quien pasea al perro, preguntar por la salud del vecino mayor que vive solo o compartir un café improvisado en la vereda. Gestos mínimos que sostienen buena parte de la vida colectiva.
Quizá por eso resulta tan obvio que mientras disminuye la confianza entre vecinos, aumente la inversión en tecnologías de seguridad. Cámaras en cada esquina, cercos eléctricos, alarmas inteligentes, portones automáticos, aplicaciones para vigilar el barrio y sistemas de reconocimiento facial intentan reemplazar algo que antes cumplían la interacción cotidiana entre vecinos.
La arquitectura también juega en contra. Las antiguas casas estaban pensadas para favorecer el encuentro. El patio delantero y la vereda funcionaban como espacios intermedios entre lo privado y lo público. Hoy predominan edificios con estacionamientos subterráneos y accesos electrónicos que permiten entrar y salir sin cruzarse con nadie. La ciudad ha perfeccionado el arte de convivir sin conocerse.
La desaparición del vecino es el síntoma de una transformación cultural profunda. Es el reemplazo de las comunidades construidas por proximidad por comunidades organizadas por afinidades. Elegimos con quién hablar, a quién seguir y qué escuchar. Una libertad que tiene un costo, pues cada vez convivimos menos con quienes piensan distinto o pertenecen a otra generación o simplemente tuvieron la casualidad de vivir en la casa de al lado. Perdemos la riqueza de ese encuentro inesperado que durante siglos enseñó a las personas a negociar diferencias y a construir confianza sin necesidad de compartir una misma visión del mundo. Es una relación que no elegimos, lo que nos obliga a salir de nosotros mismos.
Por Mauricio Jaime Goio.
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