Durante los últimos días, el libro “Santa Cruz $.A. Agronegocio y mito empresarial”, ha sido motivo de convulsión en las redes. Publicado por Dum Dum editora (fundada por la prestigiosa escritora boliviana Liliana Colanzi) y financiado por el Centro de Estudios Populares (CESP) y Centre for Research on Multinational Multinational Corporations, se trata de la última provocación oenegera de historia-denuncia, cuyos autores investigadores-activistas, han tocado con sus supuestas denuncias académicas y de tipo histórico, la fibra de algunos miembros de élites y clases medias cruceñas, y han enfurecido al público en general que defiende su identidad camba.

Simultáneamente, el libro ha enaltecido el orgullo moralista de varios izquierdistas y ecologistas collas, europeos anti capitalistas, que como es de rigor, protestan para defender el medio ambiente, desde la comodidad de vivir como clase medieros citadinos en Bolivia, como si el solo existir, no fuera nocivo para la preservación de la biodiversidad.

Como es común en el contexto nacional, ambos bandos enfilaron las barras virtuales a favor y en contra de los supuestos collas y cambas, sin haber leído el libro.

La presentación fue un gran éxito, después de que los funcionarios de la alcaldía cruceña cancelaron su lanzamiento que tenía que llevarse a cabo en una de sus instalaciones. Como reacción a al desaire, los organizadores de la presentación, reclamaron por haber sido injustamente censurados. El resultado fue un auditorio de la Fundación Patiño en la calle Independencia repleto, y cajas de libros circulando operadas para abastecer las ventas por Edmundo Paz Soldán, esposo de Colanzi y también destacado literato.

Después de leer y escuchar los insultos de las dos barras bravas feisbukeras y asistir a la presentación, decidí darle una leída al libro, y antes de hacer unos cuantos comentarios, testifico que la publicación en cuestión me pareció además de ofensiva y pretenciosa, altamente agresiva y tendenciosa: un discurso útil para polarizar pero con poco material para debatir con objetividad en escenarios políticos, y menos académicos. Lejos de utilizar fuentes primarias y secundarias para dar fuerza a sus argumentos, y elaborar un estado del arte sobre los temas tratados y cotejar documentos, además de desafiar y refutar análisis opuestos, se ignoran los trabajos de los mismos objetos de investigación (élites o pensadores cruceños que defienden su identidad), o expertos en la historia indígena de la zona como la antropóloga francesa Isabelle Combes. Mientras una vez me dijo ella que no hay nada en común entre un indígena aymara y otro guaraní, y mucho en común entre un camba de élite y otro indígena (algo evidente para cualquiera que ha tenido un mínimo de experiencia en el Oriente boliviano), en el libro analizado se afirma exactamente lo opuesto: que lo cruceño es un artificio identitario creado por las élites, donde supuestamente un cruceño de élite y otro de origen indígena, no tienen nada en común, resaltando un pasado injusto no resuelto. Esto último muestra que los autores sustentan sus argumentos sobre la base de trabajos con la misma tendencia presentista (interpretar el pasado con juicios acordes al presente) y de historia-denuncia arriba mencionada, y datos insuficientes para sustentar sus juicios de alto contenido moral. Pero sobre todo falta de vivencia y conocimiento sobre la complejidad de la cultura cruceña, como lo es cualquier cultura.

Los resultados del análisis, son frases gelatinosas y poco sustentables tanto histórica como etnográficamente, con juicios como que “la identidad cruceña” (comillas de los autores) construye un mestizaje que oculta violencia colonial y produce la idea de un enemigo externo [el colla] […] es un dispositivo de poder con actores identificables, instituciones específicas y consecuencias profundas que sostiene el “modelo de desarrollo cruceño” (pg. 23). Para afirmar esto, la autora no se remite a fuentes históricas de ningún tipo para indagar desde cuando se fue construyendo esa supuesta violencia colonial inmersa en los discursos identitarios cruceños. En sus especulaciones basadas en un puñado de entrevistas y un trabajo de campo de hace 20 años en un país donde los escenarios políticos y sociales cambian de una semana a otra, la Suzanne Kruyt concluye que “las acciones para imponer a la fuerza una identidad cruceña hegemónica sobre otras identidades siguen presentes” (p. 201). De un plumazo, la investigadora holandesa junto con el historiador Octavio Orzag, ignoran la historiografía cruceña y boliviana desde el célebre Gabriel René-Moreno, pasando por Vásquez Machicado, Alcides Pareja y concluyendo con José Luis Roca (el autor de la región más citado en el libro, pero muy poco analizado), para desafiar los sustentos primordiales de la identidad cruceña y del Oriente boliviano, considerando a ésta como un simple artificio discursivo de poder al estilo foucauliano que surgió para justificar el agronegocio, argumentando que “lo que el discurso del abandono cruceño presenta como postergación de una región, es en realidad, un problema de clase disfrazado de cuestión territorial. Un relato que oculta la fractura interna de la propia sociedad cruceña y permite que demandas corporativas se presenten como reivindicaciones de toda una región” (pg. 24).

Otro elemento destacable, es la tendencia a plantear la historia en blanco y negro. Confrontan la idea del centralismo como un evidente obstáculo para el desarrollo de la región, e ignoran el hecho de que “el notable crecimiento económico experimentado por Santa Cruz durante las últimas décadas, fue posible gracias a “una afortunada combinación de esfuerzo estatal e iniciativa privada” (Roca 2024: 586). También obviamente la migración de occidente contribuyó al crecimiento y prosperidad de la región, tal como ocurre en cualquier contexto equivalente. Pero por alguna razón las opiniones se dividen entre aquellos que piensan que el crecimiento fue o solo privado, o exclusivamente estatal, o gracias a los cambas o a los collas sin considerar la coexistencia de muchos elementos.

Los autores del libro presentado se rasgan las vestiduras por ser anticolonialistas, pero por ejemplo Orzag, no duda en continuar la moda francesa impuesta por Joan Claude Roux y por la historiadora española Pilar Jordán, al ignorar el término “Oriente”, como un concepto creado por la historiografía boliviana para referirse a un espacio geo-histórico y cultural de larga duración, y sustituirlo arbitrariamente y sin ninguna explicación por “Orientes”. Para el caso la omisión es condenable, porque está directamente relacionada con sus planteamientos con respecto a la identidad cruceña y con el “mito de las tierras vacías” (pgs. 23-59) sobre el cual trata parte del libro. Asunto que el historiador no logra documentar con rigor, ni refutar satisfactoriamente con estudios anteriores, tal como requiere cualquier estudio académico serio.

En realidad no hay nada esencial que refutar en el texto: hubo genocidio y trabajo forzado, pero también mestizaje y construcción de un espacio donde convivieron humanos de diferentes razas, culturas y entornos sociales que sin duda comparten cultura en común. El problema está en negar ese proceso ignorando fuentes que lo documentan, y tratar la historia como una denuncia desde la mentalidad y teorías marxistas insuficientes para explorar un proceso histórico que José Luis Roca describe como una marcha hacia los cuatro puntos cardinales, donde “el cruceño anduvo y anduvo sin prisa y sin pausa. Unas veces por impulso vivencial y otras veces obligado por la naturaleza. Podemos visualizarlo desde mediados del siglo XVI hasta entrado el siglo XX en su caballo, carretón o canoa o simplemente a pie […] Avanzaba sembrando yuca, plátano, arroz y café. O husmeaba solo con su perro para iniciar un ‘chacarismo’ , criar unas cuantas vacas en su desvencijada rústica molienda. Se cuidaba de que por ahí no hubiera “bárbaros” [comillas del autor] hostiles a sus propósitos, y cuando se encontró con ellos los incorporó a su vida […] Además de la lucha por ocupar un espacio que implicó explotación de mano de obra forzada, y en muchos casos genocidio. Pero también fusiones fructíferas entre seres humanos (Roca 2024: 28).

En cuanto a la interpretación de Orsag con respecto a las razones por las cuales se produjo la primera marcha indígena de tierras bajas de 1990, devela otra interpretación sesgada e insuficiente de la historia, al afirmar que esta última ocurrió debido a “la imposibilidad de seguir negando la presencia de pueblos indígenas en las tierras bajas” (pg. 59). En mi trabajo doctoral (Roca Sánchez 2024), investigué varios años para entender las razones de larga y corta duración, además de los contextos globales y locales que generaron dicha marcha. También las limitaciones de las maneras dicotómicas sobre las cuales los académicos y los activistas se refieren a los indígenas como grupos homogéneos, como “el sector campesino e indígena” (pg. 92). No es necesario leer mucho para entender esta limitante, sino recordar la triste historia del conflicto del TIPNIS, que se viene repitiendo desde hace más de dos décadas en diferentes partes de Bolivia. Pero claramente este es uno de los tantos trabajos que los autores omitieron en sus análisis, dando la impresión que solamente citan lo que está acorde a su ideología, antojo y gusto. A los autores tampoco parece interesarles dudar y la confrontar las verdades que se dan por naturales.

Mientras el activismo-investigación financiado por oenegés continúe ignorando trabajos de los bolivianos que no piensan como ellos y fomentando la polarización en vez de buscar las coincidencias, se seguirá provocando confrontación y división.

Reducir a la agroindustria a un “problema” dicotómico donde simplemente un sector gana y otro pierde, no resolverá el problema de la deforestación. Tampoco lo va a resolver si se piensa que las élites son malvadas y racistas (más allá de que estén o no en lo correcto), porque está demostrado que una vez que se destruye un grupo de poder, aparece otro.

Por Juanita Roca Sánchez, PHD. Licenciada en Historia por la Universidad de Chile, con maestría en Antropología (London School of Economics) y doctorado en Ciencias Sociales de la Universidad de Ámsterdam.

REFERENCIAS:

Roca, José Luis (2024). La epopeya de los cruceños: economía y sociedad en el Oriente boliviano (S.XVI-XX).

Roca-Sánchez, Juanita (2024). “Bolivia y la construcción del movimiento indígena global: antropología, desarrollo y transnacionalismo”.


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