Conseguir recursos puede ser difícil. Ponerse de acuerdo sobre qué hacer con ellos puede ser todavía más difícil.

Santa Cruz aprendió ambas cosas.

Durante años luchó por las regalías petroleras. Aquella conquista ocupa, con razón, un lugar importante en nuestra memoria colectiva.

Pero quizás hemos prestado menos atención a lo que ocurrió después.
Porque recibir las regalías planteó inmediatamente otra pregunta: ¿Qué hacemos con ellas?

Podían gastarse. Podían repartirse.
Podían convertirse simplemente en recursos para atender las urgencias del presente.

Pero fue tomando forma una idea diferente, expresada en una frase extraordinariamente sencilla: había que “sembrar las regalías”.

Sembrar significaba algo más que invertir.

Significaba aceptar que una parte importante de aquello que se había conquistado no debía consumirse inmediatamente. Debía transformarse en caminos, energía, infraestructura y capacidad productiva.

Era convertir los recursos del presente en las oportunidades del futuro.

Pero para hacerlo hacía falta algo que normalmente no aparece en las fotografías de las grandes obras ni en las estadísticas del crecimiento.

Había que ponerse de acuerdo.

Y quizás allí encontramos otra pieza de esa arquitectura cultural que venimos descubriendo debajo del modelo cruceño.

Hace algún tiempo comenzamos preguntándonos por qué pasó lo que pasó en Santa Cruz.

Encontramos primero una sociedad que aprendió a abrir sus puertas: La hospitalidad.

Después encontramos la disposición a construir con quien había entrado: La confianza.

Y más recientemente encontramos dos rasgos culturales que transformaban esas disposiciones en acción: tomar la iniciativa y cooperar.

Pero todavía faltaba algo.

Porque muchas personas pueden tener iniciativa y, sin embargo, avanzar en direcciones diferentes.

Muchas instituciones pueden estar dispuestas a cooperar y, aun así, defender prioridades distintas.

Para construir juntos no basta con sentarse alrededor de una mesa.

Hay que conseguir ponerse de acuerdo sobre hacia dónde ir: Eso es CONSENSO.

No unanimidad. No ausencia de diferencias. No pensar todos de la misma manera.

Consenso es algo más difícil: conseguir que personas e instituciones con intereses, responsabilidades y perspectivas diferentes encuentren suficiente terreno común para actuar juntas.

Y Santa Cruz tuvo momentos extraordinarios en los que consiguió hacerlo.

La decisión de sembrar las regalías es uno de ellos.

Porque conquistar las regalías había requerido movilización y unidad.

Pero decidir qué hacer con ellas exigía otra capacidad.

Conquistar las regalías exigió unidad.

Sembrarlas exigió consenso.

Había que decidir qué región queríamos construir.

Había que establecer prioridades.

Había que aceptar que no todas las necesidades podían resolverse simultáneamente.

Había que mirar más allá del beneficio inmediato.

Y había que organizar capacidades para transformar esas decisiones en obras.

Allí aparece algo particularmente interesante de nuestra historia.

Santa Cruz no solamente desarrolló instituciones.

Desarrolló la capacidad de organizar instituciones alrededor de propósitos comunes.

El Comité pro Santa Cruz, el Comité de Obras Públicas, las cooperativas, las asociaciones productivas, los gremios empresariales, la universidad y posteriormente las instituciones de planificación regional no fueron idénticos ni tuvieron siempre los mismos intereses.

Tampoco debemos imaginar una sociedad sin conflictos. Los hubo.

Pero por encima de muchas de esas diferencias apareció repetidamente una pregunta:
¿En qué podemos ponernos de acuerdo para avanzar?

Quizás allí se encuentre una de las capacidades menos visibles y más importantes del desarrollo cruceño.

Porque organizarse no significa simplemente crear organizaciones.

Significa aprender a coordinar diferencias.

La iniciativa pone algo en movimiento.

La cooperación permite sumar capacidades.

El consenso construye una dirección compartida.

Y la organización convierte esa dirección en capacidad de acción.

Cuando esa capacidad adquiere reglas, responsabilidades, continuidad y consigue sobrevivir a quienes la iniciaron, aparece finalmente: la institución.

Tal vez por eso la extraordinaria densidad institucional de Santa Cruz no deba observarse solamente como una colección de organizaciones.

Puede ser también el resultado visible de algo que ocurrió antes: una sociedad que aprendió a organizarse.

Y esto importa porque las instituciones no explican por sí solas el desarrollo.

Podemos construir edificios.

Podemos redactar estatutos.

Podemos crear directorios.

Pero ninguna institución funciona durante mucho tiempo si debajo de ella desaparecen las disposiciones culturales que hicieron posible su nacimiento.

Confianza para sentarnos con otros.

Iniciativa para comenzar.

Cooperación para sumar capacidades.

Consenso para construir un propósito compartido.

Organización para convertirlo en acción.

Quizás ésa sea la verdadera historia detrás de “Sembrar las Regalías”.

No solamente la historia de qué se hizo con un ingreso petrolero.

Sino la historia de una sociedad que fue capaz de transformar un recurso en un proyecto.

Y esa diferencia es enorme.

Los recursos pueden agotarse.

Las obras pueden deteriorarse.

Las instituciones pueden envejecer.

Pero una sociedad que conserva la capacidad de ponerse de acuerdo, organizarse y construir puede volver a hacerlo frente a desafíos nuevos.

Por eso quizá la pregunta más importante no sea qué hicieron aquellas generaciones con las regalías.

Ya conocemos buena parte de esa historia.

La pregunta verdaderamente incómoda es otra: ¿conservamos nosotros hoy la misma capacidad que les permitió decidir qué hacer con ellas?

Porque podemos heredar las instituciones y perder la cultura que las construyó.

Podemos conservar las organizaciones y perder la capacidad de organizarnos.

Podemos reunirnos alrededor de muchas mesas y haber perdido la capacidad de construir consensos.

Y entonces habremos heredado la estructura, pero no aquello que le daba vida.

Tal vez por eso comprender la arquitectura cultural debajo del modelo cruceño no sea solamente un ejercicio para explicar nuestro pasado.

Es una manera de interrogarnos sobre nuestro futuro.

La generación que conquistó las regalías tuvo que aprender a luchar por ellas.

La generación que decidió sembrarlas tuvo que aprender a ponerse de acuerdo.

A nosotros nos corresponde algo diferente: construir los consensos de nuestro tiempo.

No para repetir la Santa Cruz que heredamos. Sino para hacer posible la que todavía tenemos que construir.

Y quizás, algún día, para hacer con Bolivia aquello que Santa Cruz aprendió a hacer consigo misma: ponernos de acuerdo sobre un futuro y organizarnos para construirlo juntos.

Por Luis Orlando Justiniano Añez, ingeniero civil y consultor político.


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