Hay algo que no se ve bien en las democracias del nuevo milenio. Se ha vuelto costumbre que el resultado de una reñida elección lleve a sacar conclusiones radicales precipitadas, como si marcara un cambio de piel. El candidato vencedor aparece frente a las cámaras anunciando que el país ha decidido iniciar una nueva etapa. Se habla de un nuevo comienzo, de un cambio histórico, de una ruptura con el pasado. Y, sin embargo, a la luz de los números, la revolución puede haber sido decidida por una diferencia de unos pocos votos. Es una de las paradojas de la democracia contemporánea, aquella en que mayorías estrechas aspiren a producir transformaciones profundas.

Normalmente un porcentaje que no supera el 60% de los votos emitidos puede ser suficiente para conquistar el poder. Jurídicamente nada que decir, son las reglas del juego. Pero existe una diferencia abismal entre obtener la mayoría necesaria para gobernar y disponer de un apoyo transversal para transformar profundamente una sociedad.

Durante el siglo XXI hemos visto cómo el péndulo electoral se mueve con gran ligereza. Sociedades que ayer parecían dominadas por proyectos progresistas pueden inclinarse hacia opciones conservadoras. Países que durante décadas parecían políticamente previsibles descubren, de pronto, que sus electores desean exactamente lo contrario de lo que habían elegido pocos años antes.

Indudablemente la alternancia es una sana costumbre. El problema aparece cuando cada alternancia es presentada como una revolución. El nuevo gobierno no dice simplemente hemos ganado y gobernaremos durante un período. Con descaro afirma que el país ha decidido cambiar las instituciones, las leyes, los valores, el lenguaje, la educación, la economía, las relaciones sociales. El adversario deja de ser una opción política legítima y pasa a representar un obstáculo a superar

Quien gana la elección interpreta su triunfo como algo más que una suma de votos, lo transforma en un mandato. Pero el mandato electoral tiene límites que el entusiasmo político suele olvidar. Una elección es una fotografía, el registro del estado de ánimo de una comunidad en un momento determinado. Algo voluble, un entusiasmo que puede rápidamente transformarse en desencanto.

Las redes sociales han agravado esta tendencia, pues donde antes existían conversaciones largas hoy predominan consignas breves. La política se transforma en una sucesión de batallas culturales en las que cada elección parece ser la última oportunidad para salvar al país. Todo es urgente y definitivo, volviendo la democracia una institución peligrosamente frágil. Porque el adversario sabe que, si pierde, puede perder mucho más que una elección. Pierde derechos, instituciones, políticas públicas o espacios culturales que el vencedor considera obstáculos para su proyecto. Por eso, cada derrota se vive como una amenaza y cada triunfo como una oportunidad irrepetible.

El resultado es una democracia pendular. Un gobierno llega con la promesa de corregir todos los errores del anterior. El siguiente llega prometiendo corregir los errores del anterior y deshacer sus reformas. Después vendrá otro que intentará reparar lo que ambos hicieron.

No se trata de afirmar que las democracias deban permanecer inmóviles. Una sociedad que no cambia termina convirtiendo sus tradiciones en cadenas. Indudablemente las reformas y los conflictos son necesarios. La democracia se sostiene en el reconocimiento de que las sociedades están atravesadas por diferencias. Pero una cosa es reformar y otra muy distinta es refundar.

Quizás el mayor desafío político del siglo XXI consista en recuperar la modestia del poder. Recordar que ganar una elección no convierte una opinión en verdad absoluta y que el adversario también forma parte de la comunidad. Que una mayoría electoral es temporal y que, probablemente, mañana será minoría.

Por eso las revoluciones electorales de nuestro tiempo deberían ser observadas con cautela. Fundamentalmente porque una sociedad no puede reinventarse cada cuatro años sin pagar algún precio por ello. Si bien las urnas pueden cambiar un gobierno en una noche, la cultura tarda generaciones. Así cada vez que un candidato, después de obtener una mayoría apenas perceptible, anuncia que el país entero ha hablado, no se atiene a la realidad, pues quien se ha pronunciado es una mayoría relativa.  Y en democracia, por importante que sea ese guarismo, la mayoría relativa no representa más que a una parte de la sociedad.

Por Mauricio Jaime Goio.


Descubre más desde Ideas Textuales®

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.