Este mundo, ya convulso por los conflictos bélicos, el precio del petróleo y de los alimentos, está siendo remecido en su plácido andar burgués por manifestaciones en diferentes partes del orbe. Detrás de estas protestas existe una generación que comienza a dudar de las promesas de futuro de las generaciones que le anteceden.

No importa si viven al amparo de democracias consolidadas o regímenes autoritarios, en sociedades prósperas o en países con pocas oportunidades. Las recientes movilizaciones de la generación Z expresan un desencuentro generacional. Estudiar, trabajar, formar una familia y alcanzar cierta autonomía constituyen etapas de un itinerario que promete integración y reconocimiento social. Son parte de los compromisos de las generaciones que les antecedieron, y que forman parte de un itinerario de integración. El problema radica en que la educación ya no garantiza movilidad, el empleo no asegura independencia y la vivienda se ha transformado en un privilegio.

La comparación con las revueltas del mayo francés de 1968 resulta inevitable. En las calles de París en el siglo pasado, los estudiantes cuestionaron las jerarquías universitarias, la autoridad política y las convenciones culturales de una sociedad que, pese a su prosperidad, parecía imponer límites intolerables a la libertad individual. La revuelta se extendió a las fábricas, incorporó a los trabajadores y provocó una crisis política de enormes dimensiones. La generación del 68 quería transformar el mundo. Sus consignas expresaban una imaginación política que pretendía modificar las relaciones de autoridad, la educación, la familia, la moral sexual y la organización del trabajo.

La generación Z no pretende destruir el sistema, sino que obligar a éste a cumplir sus promesas. Reclama educación de calidad, instituciones transparentes, vivienda accesible, empleos dignos y oportunidades reales. Mientras mayo del 68 fue el levantamiento contra una sociedad que muchos jóvenes consideraban demasiado rígida, las protestas actuales expresan la angustia de quienes encuentran un mundo incapaz de garantizarles estabilidad.

Existe, además, una diferencia importante en las formas de organización. En 1968, las universidades, las fábricas, las asambleas y los espacios públicos fueron lugares de encuentro. La solidaridad se construía mediante la convivencia, la discusión y la organización colectiva. Hoy las redes digitales permiten que un grito de indignación atraviese fronteras en cuestión de minutos. Facilita la convocatoria multitudinaria, difunde denuncias y fortalece los símbolos compartidos, pero no garantizan la existencia de organizaciones capaces de sostener las demandas después de las manifestaciones. La velocidad de la convocatoria contrasta con la fragilidad de los vínculos políticos. Miles de personas pueden coincidir en una plaza sin compartir una estrategia para transformar las instituciones.

Mayo de 1968 tampoco alcanzó todos sus objetivos. La sociedad francesa no fue reemplazada por el orden imaginado por los estudiantes. Sin embargo, la influencia cultural de aquella revuelta sobrevivió a sus derrotas políticas. Cambiaron las costumbres, las relaciones de autoridad y la percepción de la libertad individual. La historia demuestra que una rebelión puede fracasar en sus objetivos inmediatos y, aun así, modificar profundamente la cultura.

La generación Z enfrenta una disyuntiva semejante. Si la protesta no encuentra cauces institucionales, la frustración puede desembocar en apatía, violencia o adhesión a movimientos radicales que prometan soluciones sencillas. La furia social, por sí sola, no produce una democracia más sólida. No basta con celebrar el entusiasmo juvenil. Es necesario examinar las condiciones que dieron pie a este proceso que va de la indignación a la movilización. Cuando una generación deja de creer que el esfuerzo permitirá mejorar su vida, el problema compromete la legitimidad del conjunto de la sociedad.

En 1968, una generación se atrevió a imaginar un mundo distinto. Hoy, otra exige que el mundo le permita imaginar un futuro. Si la primera cuestionó las estructuras que limitaban sus aspiraciones, la segunda denuncia unas estructuras que, en muchos casos, ni siquiera pueden garantizarle condiciones mínimas de vida. Quizás esta rebelión simplemente revela una crisis de confianza.

Las sociedades sobreviven porque consiguen transmitir a sus descendientes la convicción de que el futuro puede ser mejor que el presente. Cuando esa promesa pierde credibilidad, las generaciones dejan de reconocerse en el relato de sus mayores. La rebelión, que comienza como una protesta contra determinadas injusticias, puede terminar cuestionando los fundamentos mismos del orden establecido. El verdadero problema no es que los jóvenes hayan perdido la paciencia, sino que sus mayores seamos incapaces de ofrecerles soluciones convincentes.

Por Mauricio Jaime Goio.

Nota. El autor ha publicado «La rebelión de los hijos» y «Protestas bajo sospecha», antecediendo al presente artículo. Ambos puede leerlos al pie de esta publicación.


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