Entre finales del siglo XIX y casi todo el siglo XX, la Iglesia Católica, por medio de su líder el Papa, desempeñó un crucial papel político y moral en el mundo. Frente al avance de las corrientes materialistas inspiradas en el evolucionismo social, actuó como uno de los principales referentes de una concepción trascendente de la persona humana. Mientras el liberalismo tendía a reducir al individuo a la condición de agente económico y el socialismo lo subordinaba a menudo a los fines de la colectividad o del Estado, la voz del sumo pontífice (que buen y significativo título) defendía la existencia de una dignidad humana irreductible a cualquier cálculo material.
Desde las encíclicas sociales de finales del siglo XIX hasta las intervenciones durante la Guerra Fría, Roma cuestionó simultáneamente los excesos del capitalismo, las pretensiones totalizantes del marxismo y las visiones del progreso que concebían la historia como una simple evolución biológica o económica. Una intervención que provenía de su capacidad para ofrecer una interpretación moral a los cambios que estaban transformando al mundo.
El declive de la influencia política del papado comenzó con los escándalos de abusos sexuales cometidos por miembros del clero, que obviamente pusieron en tela de juicio su legitimidad moral, acabando con uno de los pocos contrapesos éticos de alcance global que existían en el escenario internacional. Durante años la Iglesia perdió su capacidad para intervenir en los grandes debates culturales, dejando un vacío que fue rápidamente ocupado por nuevas corrientes de activismo moral surgidas principalmente desde el mundo anglosajón, que al carecer de una autoridad universalmente reconocida y apoyarse más en la lógica de la denuncia pública que en la mediación institucional, tendieron a profundizar la polarización cultural.
Lo que parecía una caída definitiva, de a poco se ha ido revirtiendo. En una época marcada por una creciente desconfianza ciudadana en sus autoridades y en las organizaciones internacionales, que muestran una evidente incapacidad para resolver conflictos globales, la figura del papa, representado por León XIV, vuelve a ocupar un lugar central en la conversación política mundial. Y no por su calidad de líder religioso, sino porque ha logrado credibilidad, constituyéndose en una figura mediática con capacidad para generar titulares
Nunca en la historia los Estados habían concentrado tanto poder. Los gobiernos administran presupuestos gigantescos, con tecnologías de vigilancia sin precedentes que le facilitan un acceso casi instantáneo a información proveniente de cualquier rincón del planeta. Un despliegue de capacidades que no ha redundado en una mayor confianza pública. Muy por el contrario, las democracias occidentales enfrentan una creciente polarización. Los ciudadanos sospechan de todo, viendo con escepticismo a sus élites gobernantes, que han transformado la política en un espectáculo permanente, en el cual abundan los discursos y escasean las soluciones. Una paradoja, pues nos topamos con mucha información y pocas certezas.
Es en este escenario que la voz de León XIV se transforma en un rugido que espabila. Porque su discurso se sostiene desde una posición moral. Resulta evidente que la política contemporánea enfrenta problemas que ya no pueden resolverse únicamente recurriendo a herramientas técnicas. Ya sea que hablemos de inteligencia artificial o de cambio climático o de conflictos armados, resultan asuntos que exceden cálculos económicos o estrategias electorales. Se trata de problemas de orden moral.
Quizás por eso las palabras del Papa encuentran eco incluso entre personas que no comulguen con la fe católica. Y no porque ofrezca respuestas definitivas, sino porque introduce preguntas que la política suele evitar. Como qué significa la dignidad humana en una sociedad gobernada por algoritmos o cuáles son nuestras obligaciones hacia quienes nacen en contextos de pobreza extrema o cómo puede existir desarrollo económico sin responsabilidad ambiental o qué límites deberían imponerse a la tecnología.
La modernidad tardía de fines del siglo XX y XXI se comprometió a construir un mundo más integrado. Se habló del nacimiento de una comunidad internacional basada en reglas compartidas y valores universales. Sin embargo, en los últimos años hemos asistido a un retorno de los nacionalismos, a las disputas geopolíticas y a las guerras. La fragmentación parece ser el distintivo de nuestra época. Y es en este escenario, con una Iglesia Católica con presencia mundial y configuración multicultural, que León XIV ha demostrado una gran capacidad de conectar realidades distintas.
Las reflexiones del sumo pontífice no giran exclusivamente alrededor de cuestiones doctrinales. Sus intervenciones abordan temas que preocupan a toda la humanidad. Habla de tecnología porque entiende que redefine la condición humana. Habla de pobreza porque sabe que la desigualdad erosiona la convivencia social. Habla de paz porque observa cómo la guerra vuelve a ocupar espacios que parecían superados. Su protagonismo es producto de las carencias de las democracias contemporáneas.
Durante mucho tiempo asumimos que el crecimiento económico bastaría para garantizar estabilidad política y bienestar social, descuidando la necesidad fundamental de las sociedades humanas de construir significado. No sólo de pan vive el hombre, necesita relatos compartidos, referencias éticas, un horizonte colectivo. Cuando esos elementos desaparecen, sólo nos queda la sensación de vacío que ninguna innovación tecnológica puede llenar. Quizás aquí resida la explicación más profunda del fenómeno León XIV.
No estamos asistiendo al regreso de una vieja forma de poder religioso. Estamos observando la búsqueda de una autoridad capaz de recordar que la política no consiste únicamente en administrar recursos o ganar elecciones. También implica reflexionar sobre el sentido de la convivencia humana. En un mundo saturado de datos, pero hambriento de sabiduría, la voz del Papa vuelve a encontrar espacio. Porque cuando las instituciones pierden credibilidad y los liderazgos se vuelven efímeros, las sociedades suelen buscar algo menos efímero que el poder. Buscan autoridad.
Por Mauricio Jaime Goio.

Descubre más desde Ideas Textuales®
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.
