Lionel Messi es, probablemente, el deportista más famoso del planeta, reconocido incluso por personas que jamás han visto un partido de fútbol. Su imagen circula por todos los continentes, las marcas lo disputan como embajador global y su nombre se ha convertido en sinónimo de excelencia deportiva. Sin embargo, esa universalidad convive con el hecho de que ante todo es un fenómeno profundamente local.  Messi es, sobre todo, un ídolo argentino.

Puede parecer una contradicción que alguien tan universal pertenezca simbólicamente, a una sola nación. Sin embargo, no hay tal, pues los grandes ídolos más que por sus logros se explican por la forma en que una sociedad los incorpora a su propia cultura. Puede que el deportista pertenezca al mundo, mas el mito pertenece a quienes lo construyen.

Durante décadas, Argentina convivió con una sensación de grandeza perdida. Un país que suele pensarse como excepcional, pero con una historia reciente marcada por grandes frustraciones colectivas. Es en este contexto que el fútbol ha ocupado un lugar mucho más importante que el de un simple espectáculo deportivo. Se convirtió en uno de los pocos escenarios donde todavía era posible demostrar que aquella idea de grandeza seguía siendo posible.

En el último cuarto del siglo XX fue la figura de Diego Maradona, la que alcanzó dimensiones casi religiosas. Representando al héroe rebelde, el que enfrentaba al poder, el que discutía con todos, el que transformaba cada partido en una batalla simbólica. Su personalidad coincidía con una tradición cultural argentina que suele valorar la irreverencia, la viveza y la confrontación.

Messi, en cambio, pertenece a otro universo. Formado desde muy joven en Europa, reservado, silencioso y alejado de toda épica verbal, nunca respondió al molde clásico del héroe argentino. Durante años fue acusado de no cantar el himno con suficiente pasión, de no sentir la camiseta o de haber perdido parte de su identidad nacional después de tantos años en Barcelona. Críticas que durante mucho tiempo marcaron la relación entre el jugador y buena parte de la sociedad argentina. No bastaba con ser el mejor futbolista del mundo. Para convertirse en un mito nacional debía demostrar que pertenecía emocionalmente a la comunidad que aspiraba a representar.

Su canonización se desarrolló en el mundial de Qatar. La obtención de la Copa del Mundo no solamente significó la coronación de una carrera deportiva extraordinaria, sino que modificó el significado cultural de Messi. Lo que antes era interpretado como frialdad pasó a ser serenidad. Su silencio, humildad. Su perseverancia, sacrificio personal. Cambió el relato que la sociedad argentina construyó alrededor de él.

Las sociedades no producen héroes solamente para colocarlos en un altar. Los necesitan para condensar aspiraciones, frustraciones y esperanzas colectivas. Permiten resolver simbólicamente conflictos que permanecen abiertos en la vida cotidiana. Y es así como Argentina encontró en Messi mucho más que un extraordinario jugador de fútbol. Encontró la posibilidad de reconciliar las imágenes del país que alguna vez creyó estar destinado a la grandeza y la del país que durante años convivió con la sensación permanente del fracaso.

La Copa del Mundo operó como una reparación emocional. Puede que no resolviera la inflación, ni la pobreza, ni las divisiones políticas, sin embargo, permitió recuperar, aunque fuera por unas semanas, el orgullo nacional. Messi dejó de ser simplemente un futbolista para convertirse en un símbolo de unidad.

Un proceso que resulta imposible de exportar. En Barcelona será recordado como el mejor jugador de la historia del club, mientras en París permanecerá como una estrella cuyo paso dejó opiniones divididas y en Miami será el rostro de la expansión del fútbol estadounidense. Solo en Argentina su figura adquiere un carácter sagrado.

Millones de aficionados alrededor del mundo pueden afirmar que Messi es el mejor futbolista de todos los tiempos. Lo admiran, disfrutan de sus jugadas y reconocen su talento. Pero esa admiración no alcanza necesariamente la categoría de mito. Para que exista un mito es necesario compartir una historia común, una memoria colectiva y un conjunto de símbolos que otorguen significado a la figura del héroe.

Eso explica por qué la emoción que despierta Messi en Argentina resulta difícil de comprender para alguien que no sea argentino. Cualquier imagen, ya sea levantando la Copa del Mundo o abrazando a sus compañeros o simplemente cantando el himno patrio, genera reacciones que trascienden completamente el ámbito deportivo. No se trata sólo del triunfo, sino de una forma de reconocerse como comunidad.

En tiempos de globalización solemos pensar que los grandes ídolos pertenecen al mundo entero. Sin embargo, Messi es una paradoja. Cuanto más global es su figura, más difícil es entender al mundo la adoración que le guarda el pueblo argentino. Finalmente, los mitos no se exportan. Nadie que no esté imbuido en la matriz simbólica de la cultura argentina va a poder entender el vínculo emocional que existe entre el pueblo y su héroe.

Es por esto que Messi representa un fenómeno único. El futbolista pertenece al planeta, pero el símbolo pertenece a la Argentina. El primero puede ser admirado por cualquiera, el segundo sólo puede comprenderse plenamente desde la experiencia histórica, cultural y emocional de un país que terminó encontrando en un hombre silencioso la representación más acabada de sí mismo.

Los grandes deportistas podrán hacer historia, los mitos, en cambio, construyen identidad. Y cuando ambas condiciones confluyen en una misma persona, dejan de pertenecer a una época específica, para instalarse definitivamente en la memoria colectiva de una nación.

Por Mauricio Jaime Goio.


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