Hoy por hoy, desde que despertamos hasta que nos acostamos, existe una permanente invitación a utilizar cada minuto de nuestro tiempo de manera eficiente. Parece que estamos constantemente a prueba demostrando que somos capaces de no desperdiciar la vida.

Haruki Murakami, el destacado escritor japonés, al respecto ha dejado una frase que pone en cuestión este afán de la humanidad. Tomada de su novela Sputnik, mi amor afirma que “en nuestra vida imperfecta las cosas inútiles son, en cierta medida, necesarias”. Una reflexión, escrita en 1999, y que casi 30 años después nos hace mucho sentido. Más aún cuando vivimos bajo este enervante imperio de la utilidad.

Trabajamos para producir, estudiamos para progresar, hacemos ejercicio para conservar la salud, viajamos para acumular experiencias y descansamos para recuperar fuerzas y volver a trabajar. Incluso el ocio ha sido incorporado a la lógica de la productividad, pues ya no basta con descansar, debemos descansar bien. No basta con viajar, debemos aprovechar el viaje. No basta con leer, debemos aprender algo.

Olvidamos que durante siglos los seres humanos han dedicado una parte importante de su existencia a actividades que no tenían una utilidad inmediata. Conversar, contar historias, cantar, jugar, contemplar un paisaje, caminar sin rumbo han sido formas habituales de ocupar el tiempo. A pesar de no encontrarse dentro del rango de las actividades productivas, nadie se veía en la necesidad de justificar demasiado estas acciones.

Una tarde sin planes puede producir ansiedad, así como una conversación que no conduce a ninguna conclusión puede parecer improductiva. Incluso el aburrimiento, que era parte de la rutina y que a nadie inquietaba, se ha convertido en algo que debemos combatir. Indudablemente hemos desarrollado una intolerancia a lo que nos pueden parecer las horas muertas.

Quizá uno de los rasgos culturales más significativos de nuestro tiempo sea el comenzar a considerar sospechoso todo aquello que no produce resultados. Murakami propone invertir esa mirada. Para él lo inútil no sería un defecto de la vida, sino una de sus condiciones. Si elimináramos todas las cosas inútiles, dice el escritor, la vida dejaría incluso de ser imperfecta. Una paradoja formidable, pues precisamente aquello que nuestra época intenta eliminar (la pausa, la demora, el ocio, la distracción, la incertidumbre) llegue a ser lo que nos permite seguir siendo humanos. Una vida completamente eficiente sería también una vida completamente programada. Así como cada hora tendría una finalidad, cada actividad debería producir un resultado. Entonces si cada minuto tendría que ser justificado es válido preguntarse ¿qué espacio quedaría entonces para el azar?

La vida humana, casi por definición, se sostiene en lo inesperado. Una conversación que debía durar diez minutos puede prolongarse durante tres horas y terminar convirtiéndose en una amistad entrañable, como un paseo sin destino puede llevarnos a un lugar desconocido o un libro comprado por casualidad puede cambiarnos la vida. Nada de lo anterior pues ser cuantificable, o controlado, y, sin embargo, sostienen nuestros recuerdos y son materia fundamental de nuestra identidad.

La cultura de estas aparentes inutilidades sirve para reunir a las personas, construir memoria, transmitir símbolos y establecer vínculos. Lo que parecía innecesario desde una perspectiva material, llega a ser fundamental desde una perspectiva cultural. Hemos cometido el error de reducir la vida exclusivamente a una parcela de la economía. Hay cosas que pierden su significado cuando intentamos cuantificarlas.

Defender lo inútil significa defender un espacio de libertad frente a una cultura que quiere convertir cada minuto en rendimiento. No se trata de reivindicar la pereza ni abandonar las responsabilidades. Sólo de aceptar que el ser humano necesita espacios que no están subordinados a ninguna finalidad. Perder el tiempo, aburrirnos, caminar sin dirección cierta, conversar sin mirar el reloj. Necesitamos recuperar esa antigua experiencia de hacer algo simplemente porque nos gusta hacerlo. Quizá una de las grandes libertades de nuestro tiempo consista precisamente en poder decir “hice algo que no sirve para nada”. Impedir que la vida termine convertida en mero instrumento. Vivir es, ante todo, una experiencia.

La imperfección que Murakami reivindica no es una falla que debamos corregir. Es aquello que deja abierta la posibilidad de la sorpresa, del encuentro, del recuerdo y del afecto. Una existencia perfectamente organizada puede ser eficiente, pero difícilmente será plenamente humana.

Por eso, en estos tiempos de agendas llenas, aplicaciones, estadísticas y objetivos personales, quizá haya llegado el momento de recuperar el muy respetable derecho a perder descaradamente el tiempo.

Por Mauricio Jaime Goio.


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