Queridos hidratados mundialistas:
Hay una escena del fútbol moderno que me irrita más que un mal arbitraje: el “cooling break”. O cuando hace frío y ya no hay nadie deshidratándose, el elegante eufemismo del “hydration break”.
No nos engañemos. Hace tiempo dejó de ser una pausa para hidratar futbolistas. Hoy es, sobre todo, una pausa para hidratar anunciantes.
El fútbol siempre tuvo una virtud que lo distinguía de casi todos los grandes espectáculos deportivos: durante cuarenta y cinco minutos la pelota no se detenía. No había cortes comerciales, tiempos muertos ni interrupciones programadas. El juego mandaba. La televisión debía adaptarse al fútbol, no el fútbol a la televisión.
Eso cambió.
Como el tenis tiene cambios de lado, el fútbol americano vive de sus pausas y el béisbol parece escrito por un publicista, alguien decidió que el fútbol también necesitaba un espacio para vender más segundos de pantalla. Y como habría resultado impresentable llamarlo “pausa comercial”, le pusieron un nombre con un aire médico.
También hay otra explicación, mucho más propia de nuestra época. La pausa también está pensada para nosotros: para revisar WhatsApp, responder un mensaje, recorrer Instagram o X y volver justo cuando empiece el siguiente bloque de anuncios. El fútbol resistió durante más de un siglo sin tiempos muertos. Lo que no resistió fue nuestra creciente incapacidad para mirar durante cuarenta y cinco minutos seguidos una misma pantalla.
Cada interrupción le roba algo al partido. Le quita continuidad al ataque, enfría el ritmo, rompe el impulso de un equipo que dominaba y regala minutos para tácticas, anuncios y patrocinadores. Lo presentan como una medida sanitaria. Con demasiada frecuencia termina siendo una estrategia financiera.
El negocio ya había conquistado las camisetas, los estadios, las conferencias de prensa, las transmisiones y hasta los nombres de los torneos. Ahora también quiere apropiarse del tiempo de juego.
Ojalá el fútbol recuerde pronto qué lo convirtió en el deporte más popular del planeta: que durante noventa minutos no existía nada más importante que una pelota rodando. Todo lo demás podía esperar hasta el entretiempo.
La sed, al parecer, era de los patrocinadores.
Por Alfonso Cortez / Cartografía mundialista. Comunicador social.
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