Según el director de El País de España, Jan Martínez Ahrens, nunca los medios habían alcanzado una audiencia tan amplia y, al mismo tiempo, nunca habían enfrentado un descrédito tan grande. “Vivimos, en definitiva, una revolución que dejó a muchos medios en el camino”, ha señalado. Algunos han intentado sobrevivir al cambio refugiándose en el clickbait, convirtiéndose en esclavos de la información basura y de algoritmos cuyas reglas ni siquiera comprenden del todo. Confunden clic con lectura.

Durante buena parte del siglo XX, la prensa escrita se desarrolló a través de periódicos y revistas que salían con una regularidad definida, cumpliendo la función de ordenar simbólicamente la realidad. Decidía qué merecía la primera página y qué podía ser relegado a las páginas interiores. Separaba el acontecimiento relevante del ruido cotidiano.

Desde la antropología podemos afirmar que toda cultura necesita clasificar, no podemos vivir sin establecer jerarquías. Elegimos qué recordar y qué olvidar, qué celebrar y qué condenar, qué merece atención y qué puede pasar inadvertido. El periodismo participaba de ese mecanismo cultural construyendo mapas de relevancia.

En este proceso categorizador lo más importante cuando hablamos de medios de papel, es que tienen cuerpo. Se pueden tocar, doblar, subrayar, guardar. Puede permanecer sobre una mesa durante varios días o reaparecer décadas después en una hemeroteca. Una noticia impresa establece una relación física con el tiempo, ya que fue publicada en una determinada fecha y bajo una responsabilidad editorial. Puede que el papel no garantice la verdad, pero su materialidad introduce una certeza de permanencia, aceptando la posibilidad de confrontación y llegando a convertirse en documento.

El texto digital, por el contrario, parece vivir en un presente permanente, pues su naturaleza le permite ser actualizado, corregido, modificado o eliminado. Su existencia depende, además, de una infraestructura tecnológica (servidores, plataformas, sistemas operativos, algoritmos) que permanece invisible para el lector. La noticia dejó de ser un objeto que esperaba al lector. Ahora es la noticia que pugna por ganarse al lector.

En consecuencia, los acontecimientos en si dejan de ser importantes. La preeminencia se establece en torno a la reacción que determinado suceso provocará, definiendo un criterio editorial que convive con una lógica de mercado basada en la atención. La información termina, por lo tanto, aproximándose más al espectáculo.

El ecosistema digital ha creado, de esta manera, una serie de mitos que sostienen este entretenimiento.  El mito de la inmediatez (todo debe conocerse ahora), el de la popularidad (lo que muchos miran necesariamente debe ser importante), el de la repetición (lo que aparece muchas veces es obligatoriamente verdadero). Y, finalmente, el más poderoso de todos, la creencia de que una mayor cantidad de información produce automáticamente una sociedad mejor informada.

La experiencia demuestra que la abundancia puede producir conocimiento, pero también genera mucho ruido. Multiplica las voces y hace, simultáneamente, más difícil distinguir cuáles tienen fundamento. La desinformación prospera precisamente en esta confusión. No necesita convencer, le basta con conseguir que todos los hechos parezcan igualmente discutibles. Una investigación rigurosa, un rumor, una opinión y una falsedad pueden aparecer en la misma pantalla, con formatos visualmente semejantes.

Uno de los grandes desafíos culturales del periodismo contemporáneo no consiste simplemente en producir más información, sino en recuperar la capacidad de establecer relaciones entre los acontecimientos, explicar sus antecedentes y devolverles profundidad. El periodismo necesita tiempo para investigar, verificar y contextualizar. Tiempo, sobre todo, para resistir la velocidad de una cultura que ha convertido la atención en mercancía. Quizá por eso la prensa escrita conserva una importancia que no puede reducirse a la nostalgia. Son formas culturales de fijar el tiempo frente a la volatilidad de la pantalla.

El futuro del periodismo no debe sostenerse en producir más noticias ni en conseguir más clics, sino en recuperar la capacidad para distinguir, ordenar, contextualizar y construir memoria. Porque mientras el clic fragmenta la lectura relaciona. Si el algoritmo selecciona aquello que puede provocar una reacción, el periodismo debe volver a preguntarse sobre aquello que merece ser profundizado. En una época de información infinita, quizás la verdadera función del periodista sea ayudarnos a encontrar aquello que importa.

Por Mauricio Jaime Goio.


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