Llueve sobre Santiago de Chile, en plena primavera. Octubre suele traer cielos despejados, pero esa tarde la intensidad de la lluvia sorprendió a todos: once milímetros en apenas media hora. El agua arrastró barro, rocas y troncos, provocando un aluvión que anegó uno de los barrios más exclusivos de la ciudad. Las cámaras registraron cada instante. Tanto el avance del barro, los rostros angustiados, la incertidumbre. Durante horas, las imágenes se repitieron una y otra vez en televisión, como si cada nueva toma pudiera acercarnos más al peligro. Frente a la pantalla, miles de personas asistieron a la catástrofe sin estar allí, experimentando una inquietud que mezclaba compasión por las víctimas con el temor de convertirse, algún día, en protagonistas de una desgracia semejante.

Ese episodio es un ejemplo del actuar de una industria que nunca descansa. No produce automóviles ni teléfonos, tampoco alimentos o medicamentos. Su producto es más antiguo que cualquier tecnología: miedo. Su materia prima es la incertidumbre, sus canales de distribución son los medios de comunicación y las redes sociales, y sus consumidores somos nosotros, ciudadanos que hemos aprendido a desconfiar de casi todo.

El miedo, como emoción, es una herramienta de supervivencia. Nuestros antepasados necesitaban reconocer los peligros para regresar vivos a sus refugios. Temían a una naturaleza que no podían explicar, y los mitos y rituales ayudaron a organizar esos temores, a darles un significado compartido y a establecer reglas para convivir con la incertidumbre.

La modernidad prometió sustituir aquellas incertidumbres por la certeza del conocimiento científico. Sin embargo, el miedo no desapareció, sólo cambió de escenario. Ya no acecha únicamente en la oscuridad de un bosque, sino que se instala en los aparatos electrónicos que nos traen malas noticias desde cualquier rincón del planeta. La violencia urbana, las crisis económicas, las pandemias o el terrorismo se convierten en presencias cotidianas. El problema no es la veracidad de las amenazas, que existen y son reales, sino cuando el peligro deja de ser una circunstancia concreta y se transforma en el ambiente permanente de la existencia. Aprendemos a vivir como si el riesgo estuviera siempre a la vuelta de la esquina.

Los medios de comunicación cumplen con la obligación de informar. Pero la información compite por la atención, y la atención tiene un precio. Una noticia alarmante suele tener la ventaja de interrumpir la rutina y mantener despierta la curiosidad. En la competencia por la atención lo extraordinario se representa como lo universal. Un delito ocupa la pantalla y desplaza miles de experiencias cotidianas en las que nada extraordinario ocurre. La reiteración produce la impresión engañosa de que lo excepcional es habitual, y lo habitual deja de merecer nuestra atención.

Las redes sociales amplifican esta lógica. Allí no solo consumimos información, la distribuimos. Compartimos advertencias, videos y rumores con la intención de proteger a nuestros familiares o alertar a nuestros amigos. Pero al reenviar un mensaje no comprobado, nos convertimos en empleados involuntarios de la industria del miedo. La alarma circula de persona a persona con una eficacia que las noticias tranquilizadoras difícilmente alcanzan. Nadie siente la misma urgencia por difundir un informe que demuestra que una situación ha mejorado que por compartir un video que anuncia un peligro. La tranquilidad rara vez es viral.

El miedo no solo organiza nuestra percepción del peligro, también moldea nuestras relaciones. En la sociedad contemporánea desconfiamos tanto del desconocido que camina por la calle como del vecino que piensa distinto. Cuando el adversario político se transforma en enemigo, la discrepancia se interpreta como agresión. La diferencia cultural se convierte en motivo de sospecha. Así, la desconfianza se vuelve costumbre, y el miedo deja de ser una reacción puntual para convertirse en el organizador de la vida colectiva.

Una sociedad que vive alarmada tiende a ver amenazas en cada esquina, debilitando la posibilidad de construir proyectos comunes. El miedo, convertido en mercancía, se transforma en un negocio rentable para quienes lo producen y distribuyen, pero costoso para quienes lo consumen.

El desafío consiste en instalar la distinción elemental de que no es lo mismo estar informado que vivir alarmado. Una sociedad democrática necesita reconocer sus peligros, discutirlos y exigir respuestas. Pero también debe resistirse a convertir cada diferencia en amenaza y cada incertidumbre en catástrofe. La verdadera seguridad no consiste en eliminar todos los riesgos, algo imposible, sino en construir una comunidad capaz de enfrentarlos sin sospechar permanentemente de los demás.

El miedo seguirá acompañándonos porque forma parte de nuestra condición humana. Lo que podemos evitar es que se convierta en el principal organizador de la vida colectiva. El negocio del miedo prospera cuando la desconfianza se vuelve hábito, cuando logramos salir de casa convencidos de que el mundo entero está en nuestra contra. Resistir esa lógica implica recuperar la capacidad de distinguir entre el peligro real y la alarma fabricada, entre la información necesaria y el espectáculo del miedo.

Porque el miedo seguirá siendo humano, pero no debe convertirse en nuestra forma de vida.

Por Mauricio Jaime Goio.


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