«Prohibido prohibir», «La imaginación al poder», «La poesía está en la calle», «Las paredes tienen la palabra» o «Seamos realistas, pidamos lo imposible» eran algunas de las frases o lemas del mayo francés del 68. Y este octubre del 2026 están igual de agitadas las ciudades francesas y el descontento, creo, ya no es solo del orden estudiantil. Dejo una gráfica con una frase que se viene repitiendo muy mucho en varios banderines de la protesta.

Francia arde hoy 17 de octubre y no es precisamente la Rusia zarista. Pase y lea lo que dice un joven bachiller:

«La vida no es solo producir».

«La cuestión del tiempo está en el centro de la movilización. Se ha perdido algo fundamental para toda mi generación: el derecho al aburrimiento. Uno sale de casa a las 8 de la mañana y regresa a las 6 de la tarde; si a uno se le ocurre querer hacer un poco de deporte o alguna otra actividad fuera de la escuela, tiene que volver a salir a las 8 de la noche para regresar a las 11. Y así una y otra vez, sin parar; no queda ni un momento para sentarse a descansar o conversar. En realidad, hay varias cosas que están desapareciendo; se pierde el vínculo entre las personas. Es cierto que tenemos la suerte de contar con las redes sociales, que nos permiten seguir comunicándonos sin necesidad de vernos en persona, pero, poco a poco, se ha ido eliminando una parte esencial de la vida. Y yo no estoy en absoluto convencido de que la vida consista únicamente en producir…

No se nos pide tener hijos para convivir con ellos, sino para «rearmar demográficamente a Francia». No se nos pide trabajar para realizarnos profesionalmente, sino para pagar la deuda. En el fondo, existe un deseo genuino de poder vivir con serenidad, en un entorno marcado fundamentalmente por la alegría y la felicidad…»

Se llama Seydou Ba, es estudiante de último año de bachillerato en Rosny-sous-Bois, y estas fueron sus palabras la semana pasada en el plató del programa «C ce soir». Al escucharlo, pienso en todas esas palabras que escribieron en carteles, como «Un deseo violento de felicidad», «Abandonar la época contemporánea», «Presupuesto para Molière, no para los militares»… Pienso en sus risas, sus saltos, su alegría, cuando se ponen a cantar —y lo hacen muy bien— rap, «Bella ciao», «La Internacional», «La Marsellesa» (¡y al RN esto debe ponerlo verde de rabia!) o canciones de Aznavour; cuando bailan un vals entonando: «Llevadme al fin del mundo, llevadme al país de las maravillas…». Y la canción se vuelve viral: se baila el vals por todas partes, evocando el país de las maravillas.

Ellos hablan de alegría, de deseo, de maravillas, mientras nos lanzan —a ellos y a nosotros— el concepto de «rearme demográfico».

Además de enviar a unos brutos a golpearlos, ¿cómo nos dirigimos a ellos? ¿Qué lenguaje mortífero se les impone, un lenguaje que circula por todas partes, en boca de quienes ostentan el poder —político, económico, mediático—?

Por William Rojas.


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