Viajar se ha convertido en parte de la vorágine de nuestra sociedad de consumo. Las ciudades se ofrecen como escenario de experiencias adrenalínicas, fondo para la fotografía perfecta, con itinerarios turísticos diseñados para aprovechar hasta el último minuto. Hay que llegar, mirar, fotografiar y continuar. Acumulamos imágenes que den fe que hemos estado en tal o cual lugar, aunque no siempre podamos recordar qué impresión nos queda de esos recorridos. Es que viajamos para descubrir otros mundos, pero llevamos con nosotros las mismas prisas y costumbres de las que, supuestamente, queremos descansar en nuestras vacaciones.

Quizás deberíamos optar por una manera distinta de viajar. Una que no consiste en sumar destinos, sino en aprender a disfrutarlos. Viajar sin prisa significa aceptar que los lugares necesitan tiempo para revelársenos. A fin de cuantas, no podemos pretender que una cultura pueda comprenderse desde la ventanilla de un autobús. Optar por un estilo de relacionarse con nuestro destino de viaje que tiene mucho de etnográfico, pues supone reconocer que cada paisaje es mucho más que una imagen, detrás hay costumbres y hay historia.

Los grandes escritores caminantes comprendieron la relación entre viajar y conocimiento. Henry David Thoreau, en su ensayo Caminar, defendió la excursión como una forma de libertad frente a las obligaciones de la vida moderna. Para él, andar por los bosques y los campos era una manera de recuperar la autonomía personal y restablecer el vínculo con la naturaleza. Robert Louis Stevenson encontró en las caminatas una oportunidad para escapar temporalmente de las congojas cotidianas. Virginia Woolf convirtió los paseos por Londres en ejercicios de observación, donde las calles, que le abrían pequeñas ventanas hacia la complejidad de la existencia humana.

Viajar, cuando se avanza sin urgencia, libera al turista de su obligación de llegar. Le permite descubrir un montón de detalles que no estaban previstos en su itinerario original. Imprevistos que nos revelan más sobre una sociedad que la visita apresurada a sus monumentos más famosos. Por desgracia, la industria turística ha aprendido a convertir incluso la autenticidad en un producto. Las ciudades promocionan sus tradiciones, adhiriendo a sus barrios cierta etiquetas comerciales, obligando a la comunidad a representar aquello que el visitante espera encontrar.

Detrás de cada destino existe una comunidad con sus propios problemas y aspiraciones. La ciudad turística es una ciudad de gente común y corriente que continúan con sus vidas mientras alguien fotografía sus calles. Resulta evidente, entonces, que el verdadero valor de viajar no debería residir en la cantidad de lugares que conseguimos visitar, sino en la capacidad de inmersión en la experiencia. Convengamos entonces que el buen viajero no es necesariamente quien ha recorrido más países, ni siquiera quien ha tomado más fotografías. Es quien regresa con una mirada diferente, con un millar de preguntas y con la sospecha de que el mundo es mucho más complejo de lo que nos presentan los folletos turísticos. Porque el verdadero valor de viajar no reside únicamente en alcanzar cierto destino, sino en aprender a mirar de otra manera el lugar del que venimos.

Por Mauricio Jaime Goio.


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