Durante buena parte del siglo XIX y XX, la humanidad se empecinó en una lucha por alfabetizar a su gente. El analfabetismo suponía un tope en el afán modernista. Gracias a la expansión de la educación moderna, esos topes fueron removidos, posibilitando la democratización del acceso al conocimiento. Su asumía que una sociedad mejor informada sería también una sociedad más libre y crítica, capaz de tomar decisiones más acertadas.

Sin embargo, superado el primer cuarto del siglo XXI, nos enfrentamos la contradicción de que jamás habíamos tenido tanta información al alcance de la mano y, al mismo tiempo, nunca había sido tan difícil distinguir entre lo que es verdadero y lo que es solamente convincente. Un fenómeno que no hace más que revelar que el ser humano no ha evolucionado lo suficiente como para procesar millones de datos diarios ni para verificar científicamente cada afirmación que escucha. Nuestra especie se adaptó para desenvolverse en pequeños grupos donde la confianza era más importante que la comprobación permanente. Durante decenas de miles de años, la supervivencia dependió menos de contrastar hechos y más de creer en las personas adecuadas.

Si un anciano de una comunidad señalaba que cierta planta era venenosa, nadie exigía pruebas de laboratorio. Su autoridad provenía de la experiencia acumulada y del reconocimiento colectivo. El conocimiento era inseparable de quien lo transmitía. La revolución digital ha alterado esa relación. Hoy recibimos información de fuentes desconocidas, como algoritmos, influencers, motores de búsqueda y sistemas de inteligencia artificial. El emisor desaparece o se vuelve difuso. Sin embargo, nuestro cerebro sigue utilizando mecanismos ancestrales para decidir en quién confiar.

Nunca hay que perder de vista que, por más tecnologizada que sea nuestra rutina, las sociedades humanas funcionan gracias a narrativas compartidas. Las religiones, los mitos fundacionales, las leyes, las naciones e incluso el dinero son construcciones simbólicas que existen porque millones de personas creen en ellas. Nuestra especie es extraordinariamente hábil para organizarse alrededor de historias convincentes. La verdad, en cambio, suele ser más compleja, matizada y plena de incertidumbres. Una narrativa atractiva ofrece respuestas inmediatas, mientras que la verdad exige cuestionamientos.

La irrupción de la inteligencia artificial no hace más que intensificar este dilema. Los sistemas actuales son capaces de producir textos fluidos y, en apariencia, rigurosos. En muchos casos generan respuestas que parecen tan seguras y detalladas que resultan difíciles de cuestionar. No es raro que sus usuarios tengan dificultades para detectar los errores y sesgos

El problema, en realidad, no radica en la posibilidad del error. Los seres humanos llevamos siglos haciéndolo. El problema es que la apariencia empieza a transformarse en realidad, lo que supone un cambio cultural de magnitud.

Durante gran parte del desarrollo de la cultura occidental, el aprendizaje ha estado vinculado al esfuerzo. Leer un libro, investigar, contrastar, eran actividades que implicaban un gran trabajo intelectual. La adquisición de conocimiento demandaba una inversión personal significativa. Hoy la velocidad ha reemplazado a la reflexión como valor dominante. Lo que implica que no nos preguntemos acerca de la solidez de la información que manejamos. En verdad no buscamos comprender, sólo resolver.

Esta transformación está creando un fenómeno que se ha dado en llamar crisis del criterio. El problema no es encontrar datos, sino saber seleccionar cuáles merecen nuestra confianza. Es en este contexto que surge una nueva forma de analfabetismo. Uno que tiene que ver con la incapacidad de manejar las herramientas que nos permitan realizar esta evaluación. Un ciudadano común y corriente puede consultar cientos de documentos en un día, y, sin embargo, seguir siendo vulnerable a la desinformación por no posee las capacidades necesarias para detectar contradicciones, identificar intereses ocultos o reconocer falacias argumentativas. O utilizar sofisticadas herramientas de inteligencia artificial y continuar dependiendo intelectualmente de ellas, pues jamás desarrolla la capacidad de cuestionarlas. La tecnología amplía nuestras posibilidades cognitivas, a la par que reduce el incentivo para utilizarlas.

La antropología cultural ha demostrado que la tecnología modifica no solo lo que hacemos, sino también la forma en que pensamos. Si la escritura transformó la memoria y la imprenta cambió la circulación del conocimiento, internet alteró nuestra relación con la información. Así es como la inteligencia artificial parece estar modificando el juicio, que es una propiedad del pensamiento humano que no puede ser delegada. Es inaceptable que una tecnología llegue a sustituir la capacidad humana de interpretar, contextualizar y decidir. Capacidad que se construye merced a la educación, la experiencia, el diálogo y la confrontación de ideas.

Quizá por esto, el gran desafío del futuro sea desarrollar una forma de pensamiento capaz de convivir con la incertidumbre, resistiendo a la seducción de las respuestas fáciles y reconociendo que una afirmación bien estructurada no siempre es verdadera. Las sociedades del pasado sabían distinguir entre sabios y charlatanes. La diferencia rara vez estaba en la elocuencia, sino en la capacidad de los sabios en reconocer los límites de su conocimiento.

Por Mauricio Jaime Goio.


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