En tiempos de crisis, la política suele recurrir a la nociva fórmula de dividir la sociedad en dos. Nosotros, los buenos, versus los malos, los otros. La complejidad desaparece y la incertidumbre transforma la realidad en un relato sencillo capaz de movilizar emociones y organizar resentimientos. Una simplificación que ofrece respuestas rápidas, y que con el tiempo se transforma en una trampa.
El trabajo del antropólogo Claude Lévi-Strauss mostró cómo las culturas humanas clasifican el mundo a través de oposiciones, del tipo lo propio y lo extraño, lo puro y lo impuro, lo conocido y lo desconocido. La política extrema actual parece ser una versión contemporánea que convierte a la sociedad en un mito, donde el “nosotros” necesita un “ellos” para existir.
Un ejemplo histórico de esto lo encontramos en la Alemania de entreguerras. La crisis económica, el desempleo y el resentimiento nacional eran fenómenos complejos, con múltiples causas. El nazismo ofreció una explicación mucho más simple. Los judíos fueron convertidos en responsables universales de todos los males. La contradicción no importaba. Lo esencial era construir una imagen capaz de organizar el odio, así el enemigo hacía comprensible el caos.
Algo similar ocurrió durante el Terror de la Revolución francesa. La desigualdad entre pueblo y aristocracia era real, pero pronto la figura del adversario político se transformó en enemigo moral. Ya no se juzgaban actos, sino pertenencias, vínculos, sospechas. La revolución descubrió que cuando una sociedad con pretensiones de purificación necesitaba definir a los impuros.
La historia contemporánea es generosa en demostrar la repetición de esta lógica, especialmente en el contexto de distintos regímenes revolucionarios. En algunos Estados comunistas, la oposición entre explotadores y explotados se convirtió en un esquema absoluto. El conflicto de clases era útil para explicar ciertas relaciones económicas, pero insuficiente para abarcar la totalidad de la vida humana. Cuando una teoría pretende explicarlo todo, termina exigiendo que la realidad se comporte como la teoría. Y la realidad, en la práctica, sigue sus propios cauces.
Cada vez las sociedades son más y más complejas. Migraciones, redes sociales, transformaciones tecnológicas, desigualdad, crisis de representación, envejecimiento demográfico y nuevas formas de identidad se entrelazan en un mismo escenario. Frente a esa complejidad, el discurso radical ofrece la tentación poderosa de la simplificación. Decir que todo es culpa de una élite, de los inmigrantes, de los progresistas, de los conservadores, de los medios, de las corporaciones o del Estado. Siempre existe alguien que puede ocupar el banquillo de los acusados.
El enemigo, más que un adversario, es una necesidad narrativa. Si desaparece, también se debilita la identidad del grupo. Por eso, en estos discursos, quien duda es sospechoso, quien negocia aparece como débil y quien reconoce una razón en el otro puede ser considerado traidor. El espacio intermedio se vuelve intolerable.
La democracia, en esencia, no busca eliminar los conflictos, sino establecer mecanismos de sana convivencia. Y es precisamente en este núcleo dónde reside la crisis que sufre la democracia hoy por hoy, pues vivimos en sociedades que exigen respuestas rápidas para problemas que no tienen una solución simple o inmediata. La política extrema sabe aprovechar esta ansiedad, ofreciendo certezas allí donde solo existen preguntas, y orden donde hay incertidumbre. Ofrece un relato ficticio de una comunidad imaginada de los buenos frente a una comunidad imaginada de los malos.
El problema es que ninguna sociedad real funciona con ese grado de simplicidad. Los seres humanos somos demasiado complejos, cambiantes y contradictorios para caber en dos casillas. Finalmente, las culturas son demasiado híbridas, llenas de encuentros, mezclas y préstamos, como para pensar que responden a esta condición dual de oposiciones. Somos nosotros quienes lo dividimos para poder cargar con nuestro universo.
El desafío contemporáneo consiste en aceptar que la realidad no es tan simple, así como las identidades no son puras y el adversario político no necesariamente es un enemigo. Porque cuando una sociedad deja de reconocer al otro como parte del mismo mundo, la política deja de ser convivencia y se convierte en una batalla por la eliminación simbólica del otro. Y eso es algo que muy rara vez termina bien.
Por Mauricio Jaime Goio.

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