Son pocas las fechas que pueden considerarse universales, o que al menos tengan trascendencia para la civilización occidental. Una de ellas es el nacimiento de Cristo, que marca el inicio de una nueva era y el reinicio del calendario occidental. La otra, sin duda, la llegada de Cristóbal Colón a América.

El 12 de octubre es una fecha que sobre la que nadie se pone de acuerdo. Para unos, fue el encuentro entre dos mundos, para otros el comienzo de una conquista que alteró de manera irreversible la vida de millones de personas. Allí donde unos celebran la expansión de una cultura, hay quiénes recuerdan el sometimiento de pueblos que ya tenían sus dioses, sus lenguas, sus ciudades y sus propias explicaciones del universo. El acontecimiento objetivo es el mismo. Lo que cambia es la posición desde la que se lo observa.

Las distintas denominaciones de la fecha revelan esta polifonía. Día de la Raza, Día de la Hispanidad y Día de la Resistencia Indígena son expresiones que seleccionan aspectos diferentes de un acontecimiento común. Cada nombre construye una escena y distribuye los papeles de sus protagonistas. Si en el primero prevalece la idea de una comunidad cultural, en el segundo la herencia hispánica y en el último la continuidad de los pueblos que resistieron la conquista. Cambiar el nombre no modifica el pasado, pero transforma la manera de incorporarlo al presente. Por eso, la discusión sobre el 12 de octubre no es una simple cuestión semántica. Es una disputa por la autoridad de la memoria.

Una autoridad que guarda relación con intereses y experiencias diferentes. Ya sea para mantener la continuidad histórica, o transmitir relatos que contribuyen a formar ciudadanos, o simplemente reivindicar la existencia de una historia anterior a la conquista. Cada actor utiliza la conmemoración para establecer una relación entre lo que ocurrió y aquello que considera necesario cambiar.

La memoria indígena, en particular, permite observar cómo el pasado puede convertirse en una herramienta política. Las demandas de reconocimiento cultural, autonomía y restitución territorial no se formulan en un vacío histórico. Encuentran parte de su legitimidad en la experiencia de comunidades cuyos territorios, lenguas y formas de organización fueron sometidos a procesos de transformación forzada. Recordar significa, en este caso, impedir que la conquista sea presentada como un episodio concluido y sin consecuencias para las generaciones actuales.

A fin de cuentas, no nos referimos sólo a palabras, a denominaciones que sostienen conceptos. Hablamos de emociones. El orgullo, la vergüenza, la indignación y el sentimiento de pertenencia adquieren una dimensión pública cuando se expresan en una fecha compartida. Para algunos, el 12 de octubre representa una herencia cultural que merece celebrarse, mientras que para otros es una oportunidad para denunciar la persistencia de antiguas relaciones de dominación. La conmemoración puede reunir estas esas emociones, pero no las reconcilia.

Y eso está bien. Pues su funcionalidad reside precisamente en hacer visible aquello que una sociedad todavía no ha resuelto. Las conmemoraciones pueden reforzar una identidad colectiva, legitimar el orden establecido o convertirse en escenarios de protesta. No son instrumentos de consenso. Quizás su mayor eficacia resida en revelar que el consenso nunca existió.

América continúa discutiendo el significado de 1492 porque todavía discute su propia composición cultural. Las identidades nacionales del continente se formaron a través de encuentros, imposiciones, mestizajes y resistencias. Ninguna de esas experiencias puede reducirse a una narración uniforme. Tal vez el desafío del 12 de octubre no consista en encontrar un sentido definitivo para la fecha, sino en aceptar que la historia puede ser observada desde posiciones distintas sin que todas tengan el mismo peso ni las mismas consecuencias. Cada año se vuelve a representar el acontecimiento de 1492. Repetición que nos muestra una sociedad que intenta decidir qué hacer con su herencia y cómo relacionarse con las heridas que esa herencia contiene.

El pasado no puede deshacerse, pero tampoco está condenado a conservar para siempre el significado que se le atribuye. La memoria es una construcción cultural en permanente revisión. Por eso, esta fecha queda mejor como como una pregunta abierta acerca de quiénes somos, quién tiene derecho a definirnos y qué estamos dispuestos a reconocer para vivir juntos. Porque Conmemorar, en última instancia, no es solamente recordar lo que ocurrió. Es decidir qué lugar ocupará ese pasado en el mundo que estamos construyendo.

Por Mauricio Jaime Goio.


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