Las piedras representan, por supuesto, los obstáculos con respecto a metas más o menos razonables. Y el camino es la senda que debería conducir a la prosperidad económica y a la modernidad política. En este juego de metáforas fácilmente comprensibles las piedras aparecen como bultos enormes, amenazantes, anclados firmemente en el paisaje desolado, es decir como elementos que nacen de la propia naturaleza o de la historia. “Las piedras en el camino” es también el título de un libro publicado en 2002, cuyos autores fueron destacados intelectuales: Roberto Laserna, Félix Patzi, César Rojas Ríos y Diego Ayo. La obra fue publicada por el entonces Ministerio de Desarrollo Sostenible, donde Diego Ayo era Viceministro de Planificación Estratégica y coordinador de la obra. Este libro nos puede ayudar a comprender mejor la crisis actual (mayo-junio de 2026), porque se trata de un fenómeno reiterativo con raíces muy profundas en el tiempo.

Se puede argüir también que las piedras pueden tener un carácter positivo: constituyen los problemas que debemos afrontar de manera inexorable para llegar a cualquier objetivo deseable. “Las piedras en tu camino te llevan a tu destino” es el título de un bestseller del predicador protestante (bautista) Warren W. Wiersbe (1929-2019), uno de los libros más vendidos y leídos en Estados Unidos. Wiersbe fue un prolífico autor de libros de autoayuda con base cristiana, cuya notable reputación proviene también de otras obras con títulos característicos, como “Sé rico”, “Sé obediente”, obras que enaltecen el valor irrenunciable de superar los obstáculos que la vida nos presenta continuamente. Y la existencia, dice este autor, nos pone dificultades con un curioso ímpetu pedagógico, es decir: con una buena intención. Un éxito sin esfuerzo no sería ni ético ni sólido.

Molesto en un tiempo de urgencias, el lector se preguntará: ¿Qué tienen que ver libros antiguos y frivolidades del ámbito norteamericano con los graves sucesos bolivianos de mayo-junio de 2026? Mucho. Las enormes dificultades para comprender lo que pasa actualmente en el país y, en consecuencia, para establecer una estrategia viable para solucionar la crisis, están vinculadas a las raíces históricas del problema, pero también a fenómenos muy modernos, como la complejidad de la sociedad boliviana en el siglo XXI. Los resultados de la globalización contemporánea y las barreras mentales que los intelectuales (los afines a lo nacional-popular) han construido con mucho esmero, representan los aspectos modernos que han complicado la crisis de estas semanas. Por ejemplo: las movilizaciones indígenas de estos días están relacionadas, aunque de modo indirecto, con las discriminaciones seculares que han sufrido las etnias aborígenes desde la época colonial. Pero la sostenibilidad de las mismas y su claro objetivo político serían imposibles sin fenómenos muy modernos, como su financiamiento mediante el narcotráfico, su coordinación a través de las redes sociales del presente y la manipulación masiva de la consciencia colectiva de parte de políticos e intelectuales inspirados por ideologías contemporáneas. La coca y sus hábitos son ciertamente muy antiguos, pero la cocaína y sus implicaciones son modernas.

El mencionado libro de 2002 nos muestra que las movilizaciones y los bloqueos componen una larga crónica, que ya dura siglos y que se debe, entre otros factores, a la pervivencia de prácticas colectivistas neoconservadoras que se oponen, sin entender del todo, a los avances de esa corriente llamada despectivamente la “cultura de la muerte”, como es calificada sumariamente la civilización occidental, racionalista y pluralista. Bajo el engañoso manto de la defensa de lo “nuestro”, de los valores ancestrales y de prácticas santificadas por la tradición, se esconden las maquinaciones de sectores privilegiados (entre ellos las mafias sindicales, los maestros anclados en el pasado, los cooperativistas mineros, los saqueadores de recursos naturales y los beneficiarios reales del comercio con la “sagrada hoja” de la coca ), que hacen pasar la defensa de sus intereses particulares como si fueran los intereses generales de la nación.

La “rebelión del pueblo profundo anticolonial” se revela como la lucha convencional de sectores minoritarios que poseen la capacidad efectiva de paralizar una gran parte de las actividades cotidianas del país. Estos grupos se apoyan astutamente en agravios y reivindicaciones que vienen de muy atrás, aprovechando la inclinación de las masas hacia comportamientos colectivistas que no admiten dudas, proyectos y decisiones individuales (“egoístas”), que podrían poner en cuestión los valores normativos consuetudinarios, los que, obviamente, son sacralizados por las dirigencias.

Estas prácticas son contrarias a la democracia y al pluralismo, pues obligan a marchar, bloquear y entorpecer la vida pública a muchos ciudadanos que, en el fondo, no quisieran hacerlo, pero que no pueden oponerse a las decisiones (y al dinero) de las élites dirigentes. Ya hace décadas Diego Ayo, basado en múltiples testimonios, observó que los movilizados, “ante el miedo de ser castigados, optan preferentemente por tomar parte en las movilizaciones, aún sin tener convencimiento de lo que se defiende”. A esto hay que añadir un factor contemporáneo, ya analizado por Ayo: “la desinformación como pilar de la movilización”, factor ahora agravado por las redes sociales. Una hábil desinformación transforma a los agitadores de las movilizaciones en audaces guerreros que se sacrifican por el futuro de las comunidades indígenas. Los bloqueos son convertidos en hechos heroicos que a largo plazo garantizan el futuro promisorio de los “verdaderos dueños del país”, de aquellos que han sido engañados y explotados por las potencias coloniales. Para este fin sirve también la tecnología moderna de la comunicación, a lo que hay que añadir la funesta y siniestra actividad de numerosas organizaciones y fundaciones internacionales, que, en última instancia, contribuyen a fortalecer los regímenes autoritarios e ineficientes asociados al llamado socialismo del siglo XXI.

Como vemos, la crisis del presente está basada en las consecuencias políticas de un colectivismo arcaico, compulsivo y muy resistente al cambio, lo que se conjuga con formas modernas –provenientes de la tecnología occidental– de comunicación y asimismo de seducción de las masas de consumidores. Este colectivismo constituye la piedra más difícil de remover en el camino hacia un orden social razonable, precisamente porque es una combinación de elementos muy caros a la propia tradición de los pueblos indígenas, sobre todo de los aymaras, con aspectos comunicacionales muy modernos. Esta alusión a la etnia aymara quiere llamar la atención sobre la necesidad de comprender la pluralidad del mundo indígena boliviano, pues una buena parte de este último no comparte en todo momento y lugar los objetivos políticos y los valores normativos de los aymaras. Las grandes insurgencias indígenas de 1781 (Tupac Katari) y 1899 (Pablo Zárate Willka) fueron apoyadas por los aymaras en el espacio entre Oruro y La Paz y no lograron la solidaridad de otros grupos indígenas fuera de este ámbito delimitado por la presencia aymara.

El resultado –que probablemente seguirá a las movilizaciones– podría ser descrito como un jaque mate ahogado (o sofocado), como lo presiente Diego Ayo, siguiendo una intuición del expresidente Carlos Mesa: esta figura del ajedrez alude a una situación de empate y frustración generalizada, donde el actor que parece perder el juego no puede ser derrotado y aquel que parece ganar no puede lograr una victoria.

Por H.C.F. Mansilla, filósofo y cientista político.

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