El deporte es competencia, pero, a la vez, es mucho más que eso. Es una refriega que, como mínimo, siempre va a incluir a dos competidores que se esforzarán por cumplir el objetivo que el juego considera como sinónimo de triunfo. Y en el transcurso del tiempo que dura el enfrentamiento, no sólo primará el logro del objetivo. Habrá un goce del momento, de la ejecución, la búsqueda del movimiento por el movimiento, por lo que durante alguna fracción de segundo el resultado dejará de importar.

Hablo de esto a partir de un tema, que pudiese parecer muy específico e intrascendente, sobre el cual se ha publicado en algunos medios. La progresiva desaparición del revés a una mano en el tenis, que creo que merece un tratamiento más allá de lo puramente técnico. Los especialistas están de acuerdo que es un golpe que forma parte de la identidad de este deporte. Así como lo llevaron a una forma de arte jugadores como Stefan Edberg, John McEnroe, Justine Henin, Roger Federer, hoy constituye una rareza. En el tenis profesional, la potencia, la velocidad, la estabilidad y la eficacia defensiva han impuesto un nuevo canon en la estética del movimiento.

No debemos quedarnos en el detalle de por qué desaparece este golpe, sino a lo qué ocurre con una cultura deportiva cuando comienza a desaparecer aquello que, quizás sin ser indispensable para ganar, hacía más hermoso el espectáculo. Porque, convengamos, el deporte es simultáneamente rendimiento y espectáculo. El atleta está obligado a darse por entero para lograr el objetivo, pero, además, debe realizar una coreografía que sea estéticamente bella para la contemplación. Si el resultado pertenece al mundo de la medición, la belleza al territorio de la experiencia. Podemos tener certeza en los parámetros cuantificables, pero ninguna estadística consigue explicar por qué ciertos movimientos permanecen en nuestra memoria durante años. Aunque fueran irrelevantes desde la perspectiva del resultado

El deportista aprende a correr, saltar, golpear, caer y resistir. Lo que observamos como una habilidad natural es el resultado de miles de horas de repetición y aprendizaje. El atleta convierte una técnica aprendida en un gesto que, a ojos del espectador, parece sencillo y espontáneo. Así mientras más sofisticada se vuelve la preparación, más invisible se hace el esfuerzo que existe detrás del resultado.

En el caso del revés a una mano, es técnicamente más exigente pues requiere fuerza, estabilidad, coordinación y una educación corporal prolongada. El revés a dos manos ofrece mayor seguridad y resulta más sencillo de enseñar a los niños, así los entrenadores tienen un incentivo evidente para privilegiarlo. Es evidente que la paciencia necesaria para construir una técnica compleja parece haberse convertido en un lujo.

Este tema tan puntual podría pasar por un simple detalle, pero revela mucho de la sociedad que hemos construido. Queremos aprender, producir y obtener resultados rápidamente. Por lo tanto, si una técnica ofrece estabilidad y puede ser incorporada con mayor facilidad, parece razonable elegirla. El problema aparece cuando la eficacia termina produciendo homogeneidad.

El espectador busca reconocer a su campeón en su singularidad. Federer no era solamente un jugador que ganaba partidos. Era Federer. Su forma de desplazarse, de preparar el golpe, de encontrar un ángulo imposible y de convertir una situación defensiva en una oportunidad de ataque construyeron una identidad. Su raqueta parecía prolongar el brazo y su ejecución conseguía que lo extraordinario pareciera sencillo.

Una gran ejecución tiene mucho de arte, porque el movimiento adquiere un tono estético placentero a la contemplación. El espectador percibe una armonía que emerge del dominio absoluto de la técnica. Esto hace que el deporte deba ser pensado además como una experiencia estética, y no únicamente como una actividad física. Existe una tendencia cultural a considerar el arte como actividades superiores de la sensibilidad, mientras el deporte queda reducido a simple expresión de expansión muscular. Sin embargo, observar un cuerpo llevando sus capacidades hasta un límite constituye también una experiencia estética. El deporte permite contemplar al cuerpo como instrumento de expresión.

Tal vez esta sea la razón por la cual la desaparición del revés a una mano provoca tanta nostalgia. No estamos perdiendo simplemente una técnica. Estamos despidiendo una idea del deporte en la que ganar no constituía la única forma de triunfar.

Por Mauricio Jaime Goio.


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