Nací pasada la década de la segunda mitad del siglo, lo que yo veo como una ventaja. Es un lugar privilegiado desde el que se puede mirar hacia ambos lados. Hacia atrás, a un mundo que todavía conservaba formas arcaicas, y hacia adelante, a otro que comenzaba a romper con todo, a un nivel que ni siquiera imaginábamos.

Soy parte de la generación que le tocó crecer cuando el siglo XX todavía creía en sus grandes promesas. Las Naciones Unidas parecían representar algo más que una burocracia internacional. Después de dos guerras mundiales, existía la esperanza de que los países hubieran aprendido la lección y que la humanidad pudiera construir mecanismos para evitar repeticiones. Había una confianza, ahora me parece algo ingenua, en la posibilidad de organizar el mundo mediante acuerdos y cierta idea de futuro compartido.

También estuvo Kennedy. Y hay que ver que, para muchos jóvenes de entonces, John F. Kennedy representaba la posibilidad de una nueva política, una suerte de revolución desde el poder. También tuvimos la revolución cubana, la trova, el rock. Todos caminos para desafiar a nuestros tutores, a las costumbres y a la moral establecida. Las revoluciones, las flores, la paz, los movimientos juveniles y las protestas marcaron una época en la que parecía posible cambiarlo todo.

Después crecimos, nos transformamos en adultos, debimos asumir responsabilidades. La revolución dejo de ser seductora y el capitalismo volvió a ocupar el centro de la escena con una fuerza renovada. El consumo dejó de ser simplemente una consecuencia del desarrollo económico y comenzó a convertirse en una forma de identidad. Tener, comprar, viajar, competir, producir y acumular fueron adquiriendo una importancia que terminaría por modificar incluso la manera en que nos relacionábamos entre nosotros.

La modernidad dejó de ser una ficción, para abrirle las puertas a la globalización. El mundo se conectó como nunca. Los aviones hicieron pequeños los continentes y, posteriormente, internet hizo casi irrelevante la distancia. Una persona podía hablar con otra situada a miles de kilómetros, recibir una fotografía instantáneamente o enterarse de un acontecimiento ocurrido al otro lado del planeta mientras todavía estaba sucediendo.

Nuestro mundo había sido mucho más grande y funcionaba más lento. Las noticias tardaban. Las fotografías había que revelarlas. Las cartas necesitaban días o semanas para llegar a destino. Llamar a alguien a larga distancia requería paciencia y constituía un pequeño acontecimiento familiar. Había tiempo para esperar, para conversar, para aburrirse. Tiempo incluso para no hacer nada. Hoy todo parece ocurrir simultáneamente. Las noticias llegan antes de que podamos comprenderlas. Las tecnologías se reemplazan antes de que aprendamos a utilizarlas completamente.

Y nosotros miramos, no necesariamente con rechazo, pero si con algo de nostalgia. Miramos intentando comprender el nuevo paisaje, pensando que quizá la verdadera diferencia entre las generaciones no esté en la edad sino en los mundos que cada una aprendió a considerar normales. Un joven de hoy puede imaginar perfectamente una vida sin teléfono fijo, sin enciclopedias, sin discos compactos, sin cámaras fotográficas con rollo, sin periódicos impresos. Para nosotros, en cambio, son mucho más que objetos desaparecidos.

Y, tomándonos de sorpresa, cuando aún estamos digiriendo el nuevo mundo, se nos aparece la muerte. Durante los últimos años he comenzado a descubrir que envejecer no consiste solamente en sumar años, sino también en despedirse. Se van los amigos, la familia, los compañeros de colegio, de barrio, de trabajo, de una época. En cada muerte hay mucho más que dolor personal. Con cada persona que desaparece una pequeña parte de nuestra memoria se esfuma. Y es así como llega un momento en que uno comienza a sentirse extranjero en su propio tiempo. El pasado se activa a través de nuestras experiencias compartidas con la gente que lo habitaba. Y ya demasiado de esa gente se ha ido. Quizá esto sea lo más difícil de aceptar, que los mundos se desvanecen con cada partida.

Eso es lo que siente cuando se envejece, ser un fragmento de un mundo que se acaba. Algún día desaparecerá también el último de nosotros y con él se irá la última memoria directa de aquel tiempo. Entonces nuestra época habrá quedado definitivamente convertida en historia. Pero no deberíamos lamentarlo demasiado, después de todo, nosotros también fuimos los jóvenes que llegaron a un mundo que habían construido otros. Ahora nos corresponde despedirlo. Y quizá la mejor manera de hacerlo sea sin resentimiento. Mirar a quienes vienen, aceptar que construirán otros mundos, tendrán otras certezas y cometerán otros errores. Bien por los que vienen; nuestro tiempo, ya pasó.

Por Mauricio Jaime Goio.


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