
La carta amorosa no es solamente un medio para comunicar un sentimiento, es, ante todo, un espacio cultural donde ese sentimiento adquiere vida propia. Como el compositor ruso Piotr Ilich Chaikovski y Nadezhda von Meck, que durante años se escribieron, un vínculo que se sostuvo en aproximadamente 1.200 cartas y en una distancia que, lejos de destruir la relación, parecía ser una de sus condiciones fundamentales.
¿Qué ocurre cuando el amor encuentra en la ausencia, y no en la presencia, su territorio privilegiado? La carta permite inventar al otro, idealizarlo, confesarse ante él y construir una intimidad que quizá la proximidad física habría hecho imposible. Von Meck lo expresa con particular claridad cuando afirma que prefería pensar en Chaikovski desde la distancia, escuchar su música y sentirse unida a él sin conocerlo personalmente. Las cartas se transforman en objetos donde una sociedad deposita sus maneras de desear, esperar, recordar y nombrar los afectos. Entre la mano que escribe y la persona que recibe existe una distancia que constituye un territorio imaginario en el que el amor puede adquirir una intensidad que la presencia, paradójicamente, no siempre consigue alcanzar.
Hay amores que necesitan de la proximidad para existir y otros que parecen alimentarse precisamente de la distancia. El amor a la distancia no es una invención de nuestra época, sino una forma milenaria en la que muchas parejas han intentado permanecer juntos, a pesar de que sus condiciones vitales insisten en separarlos. Dos cuerpos pueden estar separados por miles de kilómetros y sentirse íntimamente próximos mientras otros pueden compartir la misma habitación y sentir como un abismo se abre entre ellos.
Durante siglos las cartas fueron uno de los grandes dispositivos culturales para derrotar a la ausencia y la distancia. Una carta de amor contenía una promesa y el papel se convertía en una superficie donde dos personas podían encontrarse a pesar del tiempo y del espacio. Un ritual que transportaba una intimidad, que se alimentaba de la ansiedad. Hoy, desde la sociedad de la instantaneidad, cuesta entenderlo, pues un mensaje llega en segundos, una inmediatez que altera nuestra experiencia del deseo. La espera, que antes constituía una parte esencial del amor, se ha convertido en una anomalía.
La urgencia del amor a distancia revela la contradicción de que cuanto más medios poseemos para hacer presente al ausente, más evidente puede hacerse la naturaleza insustituible de la presencia. Hacer del amor algo más que un mero acto de comunicación. Un intento desesperado de compartir una temporalidad, caminar juntos por una calle, sentarse frente al mismo paisaje, enfermarse al mismo tiempo, cocinar en la misma cocina. El amor pertenece al territorio de las cosas que ocurren simultáneamente entre dos cuerpos, aunque en muchas ocasiones sea una fantasía que se sostiene sólo en las palabras
Resulta fascinante observar que las sociedades han creado innumerables formas para hacer soportable la ausencia, como cartas, fotografías, reliquias, retratos, mensajes, llamadas. Todas tecnologías ligadas a la memoria, intentando resolver el problema de cómo conservar una relación cuando el cuerpo amado no está disponible. Amar a la distancia consiste, en buena medida, en aprender a convocar al ausente. El amante construye una presencia interior con fragmentos de una voz, de una frase, de una mirada, de la forma de caminar, de una canción compartida. El otro termina siendo el fuego que alimenta nuestra imaginación. Por eso los amores sobreviven a la distancia, merced de los vínculos sostenidos por la comunicación permanente.
El amor desafía la distancia y el tiempo porque su verdadero territorio está en ese espacio intangible donde alguien, estando lejos, continúa siendo capaz de hacernos sentir acompañados. La distancia separa los cuerpos, pero no necesariamente consigue desalojar una presencia. Hay amores que no viven juntos, ni siquiera viven en el mismo tiempo. Simplemente permanecen. Constituyen una interrupción que espera, silenciosamente, que dos cuerpos vuelvan a encontrarse para continuar una frase que quedó en suspenso.
Por Mauricio Jaime Goio.
Descubre más desde Ideas Textuales®
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.
