Cielo, coproducción boliviano-británica dirigida y escrita por Alberto Sciamma, propone una fábula altiplánica en la que la crudeza y la fantasía conviven con bastante naturalidad.
El director aprovecha con enorme eficacia el paisaje boliviano: lagos, salares, desiertos, caminos de montaña y hasta el espeluznante descenso por la antigua ruta a los Yungas.
La geografía no funciona simplemente como escenario: es otro personaje de la película, por momentos tan poderoso como quienes atraviesan la pantalla.
La historia sigue a Santa, una niña de ocho años que ha crecido bajo la violencia física y psicológica de un padre embrutecido por el alcohol. Después de una serie de acontecimientos extremos, emprende un viaje “en busca del cielo”. Y ese cielo es, al mismo tiempo, una promesa religiosa, una fantasía infantil y un lugar posible para escapar de una existencia marcada por el dolor.
La película se mueve deliberadamente entre esas dimensiones, sin preocuparse demasiado por establecer dónde termina la realidad y dónde comienza lo fantástico.
Buena parte de la fuerza de “Cielo” descansa en Fernanda Gutiérrez Aranda, extraordinaria en el papel de Santa. Con apenas ocho años, interpreta con sorprendente madurez un personaje que fácilmente podría haber caído en el melodrama. La acompaña un sólido elenco integrado, entre otros, por Fernando Arze Echalar, Sasha Salaverry, Carla Arana, Luis Bredow, Cristian Mercado y Juan Carlos Aduviri.

Se agradece la simpática aparición de las cholitas luchadoras, que acompañan a la niña en este viaje, porque aporta color, movimiento, humor y ternura, a una historia que necesita esos respiros.
“Cielo” no es una película perfecta. Su estructura episódica, por momentos, se dispersa y algunas situaciones exigen al espectador aceptar, sin demasiadas preguntas, la lógica interna de la fábula. Pero tiene algo que vale mucho más que la corrección: la ambición cinematográfica. Sciamma se atreve a mezclar violencia, humor, religión, aventura, ternura y realismo mágico sin perder de vista la relación extraordinaria entre una niña y su madre.
Dentro de su dureza fluye poesía; dentro de la tragedia queda espacio para el asombro.
La noche del martes éramos apenas tres personas en la sala. Una lástima. El cine boliviano también necesita espectadores dispuestos a encontrarse con películas que arriesgan, que muestran nuestro territorio con otros ojos y que intentan contar historias fuera de los caminos previsibles.
“Cielo” merece una sala llena.
Por Alfonso Cortez / Comunicador social.
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