Hoy quiero compartir con ustedes un proyecto muy especial. Después de recorrer juntos la ciudad en «Ciudades que Funcionan» y de reflexionar sobre el valor del patrimonio en «Centro Histórico Vivo», nace un nuevo espacio…Un espacio más íntimo, más humano, más cercano.

Un cuaderno donde les mostraré aquello que pocas veces aparece en los planos, pero que todos experimentamos al habitar un lugar.

No les voy a hablar de estilos arquitectónicos; tampoco de edificios famosos. Les hablaré de la luz que entra por una ventana, del silencio que nos calma, de la sombra que nos protege, de los materiales que despiertan nuestros sentidos, del aroma del jardín después de la lluvia, de la presencia de la naturaleza, de la memoria que guardan los espacios y de todas esas pequeñas decisiones que pueden mejorar profundamente nuestra calidad de vida.

La arquitectura no comienza cuando diseñamos los planos, o cuando levantamos los muros; comienza cuando un espacio consigue hacernos sentir bien, cuando nos sentimos a gusto en él. Cuando esos pequeños-grandes intangibles actúan sin que nos demos cuenta, pero se sienten, están ahí… brindándonos calor de hogar, seguridad, contención, plenitud. En fin: calidad de vida.

Creo que no hay mejor manera de iniciar este cuaderno que hablando de la luz natural; aquella que no solo ilumina una habitación, aquella que nos regala vida, regula nuestro reloj biológico, mejora nuestro estado de ánimo, favorece la concentración, nos conecta con el paso del tiempo y transforma la forma en que vivimos cada rincón de nuestra casa.

La primera luz del día

Cuando diseñamos pensando en la luz natural, vamos mas allá del mero hecho de distribuir las ventanas para conseguir una buena fachada. Se diseña para crear bien- estar y bien-vivir.

Ya lo dijo Bachelard en su libro «La poética del espacio»: La buena arquitectura tiene esa capacidad silenciosa de cuidarnos. Quizás por eso, algunas casas nos transmiten paz desde el primer instante, aunque no sepamos explicar exactamente por qué.

Ésa será la esencia de este cuaderno: Aprender a mirar la arquitectura desde la experiencia humana. 

Estoy convencida de que los espacios más valiosos y que llevamos en los recuerdos y en el corazón, no suelen ser los más decorados y lujosos; sino aquellos que mejor nos acompañan y hacen más linda nuestra vida.

¿Qué lugar de tu casa recibe la primera luz de la mañana… y qué sensación te produce ese momento?

Los leo con muchísimo interés. Este cuaderno también quiere construirse con las historias y las emociones de quienes lo lean y aportan con sus experiencias.

El silencio que nos habita

Vivimos rodeados de estímulos: ruidos, pantallas, información, comunicación continua, velocidad… pareciera que el silencio se ha convertido en un lujo que muy pocos se pueden dar en la actualidad.

Sin embargo, hay lugares donde apenas entramos, algo cambia: respiramos más lento y profundo; bajamos el ritmo; nuestra mente se aquieta. Y, muchas veces, ni siquiera sabemos por qué…

¿Se han puesto a pensar en ello? Ciertos espacios tiene esa capacidad silenciosa de influir en nuestro estado de ánimo. La luz, las proporciones, los materiales, la integración con la naturaleza, la textura de una pared, el sonido del viento o del agua, hasta su olor… todo ello puede construir una atmósfera que nos invita al descanso, a la contemplación o simplemente, a estar presentes.

Gaston Bachelard escribió: «La casa es uno de los mayores elementos de integración para los pensamientos, los recuerdos y los sueños.»

Debe ser por eso que algunos lugares se convierten en nuestros espacios favoritos sin que podamos explicarlo con palabras.
Nos sentimos bien, y eso ya es suficiente. Podría ser un rincón con una amplia ventana, donde nos sentamos a leer un libro y de cuando en cuando miramos el jardín; o una galería, hasta donde nos llega el olor de un jasmín en flor, o una partecita de la cocina, donde nos acomodamos para tomar un vino, o un café…

Estoy convencida de que la buena arquitectura no siempre es la que sale en las revistas de diseño, o la que se premia en algún evento mediático, o la que más impresiona por su monumentalidad.

No estoy hablando de que tengamos que diseñar espacios vacíos, sino de la necesidad de crear espacios donde nuestra mente, al igual que el cuerpo, encuentre también un lugar para descansar.

La buena Arquitectura es aquella que, con absoluta discreción, nos ayuda a sentirnos bien, a vivir mejor, a ser más conscientes de los misterios de la vida, de nuestros sentidos, aquella que nos permite trascender lo meramente humano y dejar al descubierto nuestra esencia, nuestra alma.

Quiero dejarte una pregunta que te haga recordar o descubrir eso que forma parte de tu diario vivir, y que tal vez no lo habías notado hasta hoy:

¿Existe un rincón de tu casa donde encuentres paz, donde puedas leer, meditar, conversar contigo mismo/a o simplemente detenerte unos minutos, parar…?

Me encantará conocer esas pequeñas historias que también hacen de tu casa, un verdadero hogar.

La Naturaleza también habita la casa

Les hablé sobre: 1) La luz que despierta el cuerpo y 2) El silencio que aquieta la mente.

En esta tercer página, les explico cómo la naturaleza nutre el espíritu.

No son simplemente cualidades de la arquitectura, en realidad, les puedo decir con seguridad, que son tres de las necesidades más esenciales que tienen las personas:

▪︎La luz despierta el cuerpo, porque nos conecta con el tiempo, con la energía, con el comienzo de un nuevo día.
▪︎El silencio aquieta la mente, porque nos devuelve la capacidad de escuchar nuestros propios pensamientos y de encontrar calma en medio de un mundo acelerado.
▪︎La naturaleza nutre el espíritu, porque nos recuerda que pertenecemos a algo más grande que nosotros mismos y que, incluso dentro de una casa, seguimos formando parte de ese extraordinario mundo natural.

A veces pensamos que para encontrarnos con la naturaleza tenemos que salir de la ciudad, escaparnos al campo… sin embargo, la naturaleza también puede estar presente en los espacios que habitamos cada día.

¿En dónde? En la luz que atraviesa las hojas de un árbol y dibuja sombras misteriosas sobre el piso; en una ventana abierta que deja entrar la brisa y algún agradable olor a flores; en el aroma de la tierra después de la lluvia; en una planta que crece lentamente junto a nosotros; en la calidez de la madera; en la frescura de la piedra o en el sonido de los pájaros que anuncian el comienzo de un nuevo día.

No son detalles decorativos; ni pueden ser percibidos a simple vista, hasta que nos impactan en los sentidos. Son pequeñas experiencias que nos recuerdan algo muy profundo: que también nosotros, como seres humanos, somos naturaleza.

Hoy estamos volviendo a recuperar esa sabiduría ancestral que nos enseñaba que el contacto cotidiano con elementos naturales reduce el estrés, mejora el estado de ánimo, favorece la concentración y nos ayuda a recuperar el equilibrio físico y emocional.

La arquitectura bien hecha, puede convertirse en ese puente entre el ser humano y el mundo natural. 

No se necesitan grandes jardines ni espacios extraordinarios. A veces basta una ventana bien orientada, un árbol que nos regale sombra o una maceta cuidadosamente colocada, para transformar la manera en que experimentamos un lugar.

Esto no es magia. Es una forma inteligente y sensible de diseñar para la vida. Como decía el biólogo Edward O. Wilson, quien desarrolló el concepto de biofilia, los seres humanos sentimos una afinidad innata por la naturaleza.

Quizás habitar bien signifique, simplemente, vivir en espacios que nos permitan estar en equilibrio con nosotros mismos. Por ello, creo que el mayor logro al que puede aspirar un arquitecto es el de diseñar espacios que no solo se habiten, sino que también se recuerden y se experimenten con todos los sentidos.

Hoy quiero invitarte a mirar tu hogar con otros ojos.

¿Qué elemento de la naturaleza hace que tu casa se sienta más viva? ¿La luz, un árbol, una planta, el sonido de la lluvia, el viento entrando por una ventana…?

Me encantará leer esas pequeñas historias que convierten tu casa en tu refugio particular.

¿Por qué algunos lugares nos transmiten paz?

Seguramente alguna vez entraste en un lugar donde, sin saber exactamente por qué, sentiste que podías respirar calma, estar en armonía, sentirte en paz. 

Tal vez no era necesariamente un espacio grande, ni lujoso, ni mucho menos, espectacular. Simplemente… te hacía sentir bien.

Con los años he comprendido que esa sensación no es casualidad, que la paz también puede crearse a través de un buen diseño.

Nace de la elección de una adecuada iluminación, de las proporciones armoniosas del espacio, de los materiales naturales que se utilizaron, de los colores que te permiten descansar la mirada, de la presencia de plantas y flores y, sobre todo, de la capacidad que tiene ese lugar para invitarnos a bajar el ritmo.

Hoy vivimos rodeados de ruido. No me refiero solamente al ruido que escuchamos; también existe el ruido visual, el exceso de estímulos, la prisa permanente y la sensación de que siempre debemos estar haciendo algo.

Por eso necesitamos lugares que nos permitan respirar en calma, pensar, leer, meditar, conversar de verdad.

O simplemente, detener el tiempo para contemplar el paso de la luz, o el sonido del viento, durante unos minutos.

¿Te cuento un secreto? La buena arquitectura no solo organiza espacios; también construye atmósferas. Y esas atmósferas tienen la capacidad de cuidar nuestra vida interior. Me consta… lo he vivido. Y lo he diseñado.

Hoy quiero invitarte a hacer un pequeño ejercicio que te permita descubrir que la arquitectura también puede cuidar el cuerpo, aquietar la mente, nutrir el espíritu… en síntesis, regalarnos un refugio de paz…

Piensa en un lugar donde hayas sentido una paz difícil de explicar. Puede ser un rincón de tu casa, una biblioteca, una capilla, un jardín, una cabaña, una galería o simplemente un banco bajo la sombra de un árbol.

¿Qué tenía ese lugar que todavía permanece en tu memoria?

Me encantará leer esas historias. Estoy convencida de que, al compartirlas, descubriremos que la arquitectura también se construye para despertar sentimientos y emociones.

¿Por qué sentimos que algunas casas nos abrazan?

¿Quién debe adaptarse a quién? ¿Las personas a la arquitectura… o la arquitectura a las personas?

Seguramente alguna vez entraste en una casa donde, desde el primer instante, sentiste que todo estaba en armonía.

No es que fuera grande o con acabados de lujo, ni siquiera porque apareció en una revista de arquitectura. Simplemente… te hacía sentir bien.

Con el tiempo he comprendido que esa sensación tiene mucho que ver con algo de lo que hablamos poco fuera del mundo de la arquitectura: la escala humana.

Vivimos en una época en la que muchas veces confundimos calidad con tamaño. Por ejemplo, pensamos que una casa mejor es una casa más grande o unos espacios doble altura se ven más elegantes.

Pero la arquitectura nos enseña otra cosa. Los espacios que realmente nos dan confort físico y mental no necesariamente son los más ampulosos. Por el contrario, son aquellos cuyas proporciones guardan una relación armoniosa con nuestro cuerpo, con nuestra manera de movernos, de descansar, de cdesplazarnos… de vivir.

Te puedo asegurar que la escala humana no se mide en metros. Se mide en sensaciones.

Está presente en la altura de una ventana que nos permite mirar el paisaje sentados. En un rincón donde nos sentimos acogidos y seguros. En un techo que nos protege sin imponerse. En un espacio que nos contiene sin hacernos sentir encerrados.

Cuando las proporciones son las adecuadas, casi no las percibimos. Es precisamente por eso, que funcionan.

La buena arquitectura no busca impresionar. Busca acompañar. Busca que el espacio se adapte a la vida de quienes lo habitan, y no al revés.

Te doy un «tip» para que lo tomes en cuenta: las casas más acogedoras son aquellas donde todo parece estar en su justa medida. Donde cada rincón encuentra su razón de ser. Donde sentimos que el espacio fue pensado para la vida cotidiana y no únicamente para ser admirado.

Esta vez quiero proponerte un pequeño ejercicio: piensa en ese lugar de tu casa donde más disfrutas estar. Tal vez un sillón junto a una ventana on rincón para leer. La mesa donde te tomas el café. O una galería donde te sientas a sentir cómo corre la brisa…

Ahora pregúntate… ¿Qué tiene ese espacio que siempre me invita a volver?

Quizá descubras que no es su tamaño. Es la armonía de sus proporciones.

Cuando un espacio encuentra la escala justa para quienes lo habitan, deja de ser simplemente un edificio y se convierte en un verdadero hogar.

Como nos recuerda la buena arquitectura de todos los tiempos: la escala humana no consiste en reducir las dimensiones de un edificio, sino en comprender las dimensiones de la vida que ese edificio está llamado a contener.

¿Por qué nunca olvidamos el aroma de una casa?

Hay recuerdos que no vuelven a nuestra conciencia por una fotografía. Ni por una palabra. Vuelven a nuestra mente por un aroma…

… El olor de la madera después de la lluvia; el café recién preparado al comenzar la mañana; las flores del jardín entrando por una ventana abierta; una biblioreca con sus libros antiguos; el pan recién horneado; la ropa secándose al sol…

De todos los sentidos, el olfato tiene la extraordinaria capacidad de transportarnos, en un instante, a otro lugar y a otro tiempo.

Sin pedir permiso, nos devuelve a la casa de la infancia, al vecindario o al patio donde jugábamos, a la cocina donde se reunía la familia o a aquel rincón donde nos sentíamos protegidos porque un aroma especial nos envolvía.

Quizá por eso es que la buena arquitectura también se puede apreciar o recordar al sentir un determinado aroma, al percibir de pronto algún olor que emana de ella…

Y es así porque una casa no está hecha solamente de muros, puertas y ventanas. También está hecha de aromas que acompañan nuestra vida cotidiana y que, con el paso del tiempo, terminan formando parte de nuestra memoria más profunda y amada.

La buena arquitectura, además de crear espacios para vivir, crea escenarios donde la vida deja huellas invisibles. Y, entre todas ellas, pocas son tan poderosas como un aroma especial.

Hoy quiero invitarte a hacer un pequeño ejercicio: cierra los ojos por un instante… piensa en la casa donde fuiste feliz. No intentes recordarla con la vista, hazlo con el olfato. ¿Qué aroma aparece primero en tu memoria?

Tal vez descubras que, mucho antes que la imagen de una habitación o de una fachada, lo primero que vuelve a tus recuerdos es el perfume de un lugar que aún sigue habitando en ti.

Como nos enseña Juhani Pallasmaa en su libro «Los ojos de la piel», la arquitectura también se experimenta a través del olfato y de la memoria. Tal vez por eso nunca olvidamos el aroma de la casa donde fuimos o compartimos momentos felices.

Me encantará leer cuál es ese aroma que, al recordarlo, te devuelve inmediatamente a un lugar especial de tu vida.

Porque, al final, la casa más entrañable es aquella que sigue viviendo dentro de nosotros, despertando cada tanto nuestros sentidos y nuestros recuerdos más preciados.

¿Por qué las texturas nos hacen sentir la casa?

Cuando pensamos en arquitectura, casi siempre imaginamos aquello que vemos…

…Las formas, los colores, la luz…

Sin embargo, existe otra manera de descubrir un espacio. Una forma mucho más íntima y silenciosa: a través del tacto.

Hasta ahora, en Mi Cuaderno de Arquitectura, recorrimos los espacios con la mirada, con el oído y con el olfato.

Hoy sucede algo diferente. Por primera vez, te muestro que es el cuerpo el que sale al encuentro de la Arquitectura. La mano deja de ser un simple instrumento para convertirse en una forma de conocimiento.

Tocamos una pared de adobe, una madera envejecida, una piedra pulida por el tiempo o una tela de fibras naturales… y, sin darnos cuenta, comenzamos a comprender ese lugar de una manera distinta.

Cada textura nos transmite una sensación; algunas nos hablan de calidez, otras de refugio, otras de permanencia. Y otras nos recuerdan que los materiales, al igual que las personas, también envejecen, cambian… cuentan historias.

¿Te has dado cuenta de que muchas veces acariciamos una pared de madera o apoyamos la mano sobre un muro, sin siquiera pensarlo? 

Es un gesto casi instintivo, es como si necesitáramos confirmar, a través de la piel, que ese lugar realmente existe y nos habla por un momento.

¿Te cuento algo que he aprendido? la Arquitectura comienza a revelar su verdadera esencia cuando dejamos de observarla únicamente con los ojos…

…Cuando la tocamos. Cuando sentimos la temperatura de sus materiales, la rugosidad de sus superficies, la suavidad de sus texturas o la nobleza de sus piedras.

En ese instante, el espacio deja de ser un escenario y comienza a convertirse en una experiencia.

Por eso me emociona especialmente compartirte esta página. Porque me permite recordarte que la arquitectura no solo existe para ser contemplada; está ahí para ser habitada, sentida y experimentada con todo el cuerpo.

Como nos enseña Juhani Pallasmaa en «Los ojos de la piel», la arquitectura se experimenta con todos los sentidos. 

El tacto en particular, es el sentido de la cercanía, aquel que convierte los materiales en lugares habitables, en lugares que dialogan y nos producen sensaciones placenteras.

Por ello, hoy quiero proponerte un pequeño ejercicio:

Antes de mirar tu casa… Tócala. Apoya la mano sobre una pared, sobre una mesa de madera, sobre una piedra o sobre el tejido de un sillón…

…Pregúntate qué sensación te transmite.

Tal vez descubras que los materiales también tienen memoria. Y que, muchas veces, es la mano la que puede reconocer un lugar, mucho antes que la mirada.

¿Por qué las ventanas nos conectan con el mundo?

Hay elementos de una casa que cumplen una función evidente: los muros nos protegen, el techo nos resguarda, las puertas nos permiten entrar y salir, pero las ventanas hacen algo mucho más sutil; nos conectan con aquello que está más allá de esos límites.

A través de una ventana, entra la primera luz del día. La lluvia. El sonido de los pájaros. La brisa de la tarde. El cambio de las estaciones. Y también los paisajes, los recuerdos y los sueños.

Con los años he comprendido que una ventana nunca es solamente una abertura en un muro; es una manera de mirar el mundo…

¿Has pensado alguna vez que una ventana bien ubicada puede transformar por completo la experiencia de habitar una casa?

No solo porque ilumina o ventila un ambiente, sino porque nos invita a detenernos, a contemplar, a descubrir la belleza de lo cotidiano, de lo que ocurre allá afuera.

Hay ventanas desde las que vimos crecer un árbol. Otras, desde donde esperábamos a alguien. Algunas fueron testigo silencioso de largas tardes de lectura. Y otras nos regalaron el primer amanecer en nuestro nuevo hogar.

He estado pensando que una buena ventana no solo deja entrar la luz, también deja entrar la vida; y esto me recuerda que siempre existe un horizonte esperándonos al otro lado del cristal.

Por eso, hoy quiero proponerte un pequeño ejercicio:

Acércate a la ventana que más te gusta de tu casa. No la mires como un elemento arquitectónico. Observa qué paisaje te regala. Qué luz deja entrar. Qué sonidos llegan hasta ti.

Y pregúntate… ¿Qué parte de mi vida transcurre cada día frente a esta ventana?…

Tal vez descubras que no es solo una ventana. Es el lugar desde donde tu casa dialoga con el mundo que la rodea, y tú también.

Los muros de una casa nos abrazan para protegernos. Las ventanas, en cambio, nos abren las alas para descubrir el mundo.

La buena arquitectura consiste justamente en eso: en encontrar el equilibrio entre ser un refugio que contiene y ser un puente que vincula.

Me gustará leer cuál es esa ventana que ocupa un lugar especial en tu memoria… y qué paisaje sigue viviendo en ella, aunque hayan pasado muchos años.

¿Por qué los patios son el corazón de la casa?

Hay lugares que nunca necesitan llamar la atención. Simplemente… hacen que la vida suceda.

Para mí, el patio siempre ha sido uno de ellos; no importa si es grande o pequeño; si tiene un árbol centenario o una sola maceta; si está lleno de flores o simplemente recibe la luz de la mañana…

Cuando una casa tiene un patio, parece respirar de otra manera. Es el espacio donde el cielo entra a formar parte de la arquitectura. Donde la lluvia deja de ser un ruido lejano y se convierte en un espectáculo. Donde la sombra cambia de lugar a lo largo del día y el paso del tiempo se hace visible.

Hay patios donde muchos aprendieron a caminar o donde algunos compartimos un café. Donde, tal vez, vimos jugar a nuestros hijos o escuchamos las historias de nuestros abuelos.

Quizá por eso los recordamos con tanto cariño. Más que los espacios «vacios» de la casa, fueron el escenario de muchos de los momentos que dieron sentido a nuestra vida cotidiana.

Con los años he comprendido que la buena arquitectura no consiste solamente en organizar ambientes. También consiste en crear lugares donde las personas quieran quedarse. Donde conversar resulte espontaneo y natural. Donde el silencio y la contemplación también tengan un lugar.

Quiero proponerte un pequeño ejercicio: Cierra los ojos por un instante. Piensa en un patio que haya sido importante en tu vida.

No intentes recordar sus dimensiones. Recuerda la sensación de estar allí. La temperatura del aire. La sombra de árbol que refrescaba las cálidas tardes de la vida familiar. El sonido del viento. Las conversaciones. La calma…

Quizá descubras que los lugares más importantes de nuestra vida no siempre son los que están encerrados entre cuatro paredes, sino aquellos donde fuimos libres, donde fuimos felices sin darnos cuenta.

Me encantará leer cuál es ese patio que todavía ocupa un lugar especial en tu memoria… y qué historias siguen floreciendo en él.

Lo que la arquitectura nos deja cuando somos felices 

Hace algunos meses comencé este Cuaderno de Arquitectura con una inquietud muy sencilla: compartir una forma diferente de mirar los espacios que habitamos.

No desde los recursos técnicos tradicionales, como son los planos, ni desde los estilos arquitectónicos, sino desde las emociones y los sentidos; desde aquello que experimentamos cuando un lugar logra hacernos bien.

A lo largo de estas diez páginas te mostré que la arquitectura puede despertar el cuerpo con la luz, aquietar la mente con el silencio, nutrir el espíritu con la naturaleza, abrazarnos a través de sus proporciones a escala humana, despertar nuestra memoria con los aromas, hablarnos mediante las texturas, abrirnos al mundo desde una ventana y regalarnos un patio donde la vida encuentra su propio ritmo.

La intención es que comprendas que la Arquitectura nunca ha sido solamente una disciplina dedicada a construir edificios; es, sobre todo, una manera de construir experiencias, recuerdos y formas de habitar la cotidianidad, la vida de todos los días.

Quiero terminar este primer cuaderno con una convicción que se fue fortaleciendo página tras página: La buena arquitectura no busca impresionar a las personas, busca acompañarlas…

…Acompañar nuestros días; nuestros encuentros; nuestros silencios; nuestros recuerdos…. Y, por supuesto, los momentos más felices de nuestras vidas.

Hoy quiero invitarte a hacer un último ejercicio:

Piensa en ese lugar que, cuando lo recuerdas, todavía te transmite paz. No importa si fue la casa donde creciste, el patio de tus abuelos, una biblioteca, una galería, una cabaña, un jardín o simplemente una ventana desde donde mirabas el mundo.

Pregúntate… ¿Qué hizo ese lugar para permanecer en tu memoria?

Seguramente descubriras que la arquitectura deja huellas mucho más profundas de las que imaginamos y que los espacios que habitamos… también terminan habitándonos a nosotros y formando parte de nuestra biografía.

Este cuaderno termina aquí… pero la conversación sobre la arquitectura, el habitar y la vida apenas comienza.

Por Marina Claudia Bonino, arquitecta y doctorante en Ciencias del Hábitat, integrante del Comité Impulsor del Centro Histórico de Santa Cruz de la Sierra.


Descubre más desde Ideas Textuales®

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.