Los países, por definición, tienen un territorio, que es la corporeidad que le da forma y sentido. De ahí se derivan fronteras, himnos, ejércitos y funcionarios. Sin embargo, contra este sentido común, existen otros países que apenas son un mapa ajado, con nomenclaturas escritas a mano alzada, transformados en una leyenda y con habitantes que son feligreses antes que ciudadanos. Que existen únicamente porque alguien necesita que existan. Lemuria pertenece a esta última categoría, aunque su historia resulta bastante más interesante que la simple anécdota de un continente que nunca estuvo donde algunos aseguraron que estaba.

Esta reflexión nace de una noticia que se produjo en Chile. Un hombre fue detenido en la comuna de Lampa, al norte de la ciudad de Santiago, mientras conducía un vehículo con una patente fabricada por él mismo y documentos que lo acreditaban como ciudadano y representante diplomático de la llamada República de Lemuria. Ante los funcionarios policiales sostuvo que era un país existía bajo el agua y que, aunque no existiera para el Estado, sí existía para él. Había encontrado una patria que ninguna oficina pública podía reconocer, pero que parecía suficiente para proporcionarle una identidad.

Lemuria nació en el siglo XIX a partir del desarrollo de una investigación científica. El zoólogo británico Philip Sclater (1829-1913) encontró dificultades para explicar la presencia de lémures en Madagascar y en la India, territorios separados por el océano Índico. Propuso entonces la existencia de un antiguo puente terrestre, un continente desaparecido que habría unido ambas regiones. Lo llamó Lemuria.

Esta hipótesis fue recogida por Ernst Haeckel (1834-1919), quien imaginó que Lemuria podía haber sido también el lugar de origen de la humanidad. Más tarde, Helena Blavatsky (1831-1891)  incorporó el continente a su cosmología esotérica y lo convirtió en el territorio de una de las grandes etapas de la evolución humana. Lemuria superó su referencia geográfica para a convertirse en una genealogía.

Una genealogía que demuestra que a los seres humanos no nos basta con estar en el mundo, necesitamos sentir que venimos de alguna parte. La identidad, en ese sentido, siempre será una narración retrospectiva. Los pueblos inventan ancestros, reconstruyen territorios perdidos, recuperan lenguas antiguas y transforman leyendas en historias nacionales. Y no es por pretensión, sino porque el pasado proporciona una profundidad simbólica al presente.

Un mito que para sobrevivir necesita convertirse en institución, a través de libros, mapas, ceremonias, documentos, lugares sagrados y comunidades. Necesita objetos que le permitan volverse visible. Una credencial de Lemuria puede parecer absurda desde la perspectiva del Estado. Sin embargo, desde la perspectiva simbólica de quien la porta, puede ser un pasaporte hacia otra definición de sí mismo.

Por eso este episodio en Chile, en apariencia ramplón, resulta tan revelador. El hombre no solamente había fabricado algunos documentos, como la credencial y la patente. Había fabricado una pertenencia. Frente al requerimiento de la autoridad policial chilena, respondió mostrando los antecedentes de una identidad fundada en una ficción personal.

La modernidad se construyó sobre el principio de la desaparición de las culturas locales, como promesa de la construcción de una identidad más libre. Pero, en la práctica, ocurrió lo contrario. Pues cuanto más nos hemos alejado de las antiguas genealogías, mayor ha sido la sensación de vacío y la necesidad construir una identidad más sustanciosa. Eso ha llevado a muchos a buscar familias espirituales, comunidades imaginarias, patrias perdidas, ancestros misteriosos, inventando algo que permita enfrentar la soledad de la modernidad. La fantasía de pertenecer al linaje mágico de Lemuria es una forma extrema de encontrar sustento a una historia vital.

A pesar de todo el debate y las contra pruebas, Lemuria continúa existiendo. Porque, en el imaginario de algunos hay territorios que no necesitan existir físicamente para tener sentido. Basta con que alguien necesite pertenecer a ellos. El lugar imaginario donde una persona consigue, por fin, sentirse parte de algo.

Por Mauricio Jaime Goio.


Descubre más desde Ideas Textuales®

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.