El otro día conversaba con un buen amigo sobre su padre, un señor que ya pasó los noventa y se reúne los viernes con sus amigos. Cuentan las mismas anécdotas de toda la vida. Conservan el argumento, pero en cada encuentro surgen nuevos detalles. Uno agrega una frase, otro precisa una circunstancia y la historia vuelve a circular con algunas mejoras. A esas alturas, resulta difícil saber quién tiene mejor memoria y quién debería escribir cuentos.

Nos reímos hasta que reconocimos que en las reuniones de los Piñatas, nuestro grupo de amigos de la infancia, nos pasa lo mismo. Con treinta años menos, ya hacemos nuestras propias contribuciones al pasado. Las historias son conocidas; los detalles dependen de quién las cuente. Eso de “vivir de recuerdos” tiene sus sorpresas: hasta la anécdota más repetida puede traer novedades.

Tengo muy mala memoria. Lo he confesado en varios textos, aunque no recuerdo en cuáles. En esas reuniones juego en desventaja: mientras mis amigos reconstruyen conversaciones de hace medio siglo, yo apenas puedo acreditar mi presencia. Y a veces ni eso.

Hace poco escuché al psicólogo especializado en la memoria José María Ruiz Vargas en Hotel Jorge Juan, el pódcast de Javier Aznar. La conversación me interesó tanto que descargué en mi Kindle su ensayo La memoria y la vida. Quiero entender qué hacemos cuando recordamos. Sobre todo, cuando estamos absolutamente seguros de recordar bien.

Esta lectura tiene también un motivo práctico: un proyecto literario que tengo entre manos me exige volver sobre lo vivido. Para escribirlo, dependo de un proveedor que se toma algunas libertades con los pedidos: mi memoria.

En el libro, Ruiz Vargas recoge una imagen del psicólogo Endel Tulving, de la Universidad de Toronto: “La memoria es un truco que ha inventado la evolución para que sus criaturas puedan comprimir el tiempo físico”. Décadas de vida pueden caber en unos minutos de sobremesa, aunque ponerse de acuerdo sobre lo ocurrido nos lleve la tarde entera.

Ruiz Vargas explica algo que los Piñatas practicamos sin formación académica: recordar es volver a construir. Lo vivido pasa por el filtro de nuestras creencias, prejuicios, emociones y conocimientos. Compartimos una experiencia, pero cada cual la recuerda a su manera. Cuando la evocamos juntos, empiezan las discrepancias. Todos estuvimos allí, pero a veces parece que no asistimos al mismo acontecimiento.

Akira Kurosawa exploró este desconcierto en Rashomon (1950): cuatro relatos contradictorios sobre un mismo episodio de violencia. La película dio nombre al efecto Rashomon, que Ruiz Vargas menciona al hablar de la subjetividad de los recuerdos. Una diferencia entre los relatos no demuestra, por sí sola, que alguien mienta. Eso tampoco significa que todas las versiones tengan la misma exactitud. Podemos estar convencidos de algo y recordarlo mal. Una posibilidad que aceptamos con facilidad cuando se trata de los demás.

Al contar lo vivido, enlazamos escenas, explicamos motivos y buscamos un desenlace. En ese trabajo pueden aparecer elementos nuevos y otros cobran un protagonismo que antes no tenían. Lo esencial de la anécdota suele mantenerse; los detalles se permiten más libertades. Los Piñatas llevamos décadas contando algunas historias y todavía encontramos material inédito.

“Somos lo que recordamos”. La frase me acompaña mientras leo a Ruiz Vargas. Con mi mala memoria, también dependo de quienes estuvieron conmigo. Ellos conservan escenas que a mí se me escapan; yo puedo recordar algo que ellos olvidaron. Por eso seguimos contando las mismas historias: además de divertirnos, nos ayudan a reconocernos. Aunque, de vez en cuando, alguno se reconozca un poco más valiente, más ingenioso o más irresistible de lo que los demás recordamos.

Dentro de treinta años espero que sigamos reuniéndonos alrededor de estas historias. Si además conservamos la salud, la amistad y las ganas de escucharlas, no voy a ponerme exigente con los detalles.

Por Alfonso Cortez, comunicador social. / Desde mi barbecho.

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