Queridos cartógrafos mundialeros:
En uno de los primeros días de este Mundial ocurrió una escena tan absurda que parecía escrita por un guionista empeñado en hacer quedar mal a la FIFA.
Un periodista quiso preguntarle en español a Achraf Hakimi. El futbolista entendía perfectamente el idioma: nació en Madrid, se formó en el Real Madrid y lo habla con absoluta naturalidad. Vinicius también estaba dispuesto a responder en castellano. Frenkie de Jong, después, tampoco habría tenido ningún problema.
Pero apareció un funcionario con una frase burocrática que resumía todo el disparate:
—No Spanish questions.
Resultaba curioso. El Mundial se disputaba en tres países, uno de ellos México, donde el español no necesita traducción para existir. Y en Estados Unidos, el segundo idioma más hablado tampoco era precisamente el finlandés. Sin embargo, durante unos días el castellano quedó relegado por un protocolo tan rígido como incomprensible.
Las críticas fueron tantas que la FIFA terminó haciendo lo que hacen incluso las instituciones más orgullosas cuando la realidad les gana por goleada: rectificó. Incorporó el español de manera permanente en todas las conferencias de prensa. No hubo grandes disculpas. Apenas una discreta marcha atrás.
Y ahora, cuando el Mundial baja el telón, descubro una hermosa ironía.
¡“La final” hablará español!
Después de ciento cuatro partidos, miles de periodistas acreditados, millones de espectadores y centenares de conferencias de prensa, el idioma que al principio parecía un invitado incómodo termina ocupando el centro del escenario.
El fútbol tiene estas pequeñas venganzas poéticas.
La FIFA podrá organizar calendarios, vender derechos televisivos, inventar pausas de hidratación o decidir cuántos idiomas se admiten en una sala de prensa. Pero hay cosas que ningún reglamento regula.
Los idiomas viajan con las personas.
Con los futbolistas que emigran de niños. Con los entrenadores que trabajan en otras ligas. Con los periodistas que cruzan océanos. Con los hinchas que llenan estadios. Y, sobre todo, con una pelota que hace mucho tiempo dejó de respetar fronteras.
Durante estas semanas escribí que las selecciones ya no parecen países, sino mapas. Quizá los idiomas tampoco.
Porque el castellano ya no pertenece únicamente a España ni a América Latina. También pertenece a un marroquí criado en Madrid, a un brasileño que hizo carrera en el Real Madrid, a un neerlandés formado en Barcelona y a millones de aficionados que aprendieron que un “¡gol!” necesita muy poca traducción.
Al final, este Mundial terminó dándonos una pequeña lección. Los reglamentos pueden decidir qué idioma entra a una sala de prensa. La pelota, en cambio, termina decidiendo cuál habla “la final”.
Por Alfonso Cortez / Cartografía mundialista. Comunicador social.
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