Mi primer mundial fue el de Italia 90. No solo se trató de disfrutar todos los partidos que se transmitieron; sino sentir que mi infancia vibraba y se rendía ante el espectáculo y el rodar del balón. Ese mundial no solo me enseñó de selecciones, clubes y jugadores; además, despertó en mí la curiosidad de conocer otros aspectos de las naciones que participaban.

Por aquel entonces no había celulares ni internet. Para saber debías preguntar, estar atento a alguna información de tus padres, un profesor, de la radio, tv o recurrir a libros. En mi casa no había tantos; pero sí recuerdo uno que me acompañó, incluso, después del evento. La memoria me falla y no sé si pertenecía a mi primo; pero siempre lo consultábamos; ya sea en su casa o en la mía: EL ALMANAQUE MUNDIAL DE 1969 o 1970.

Ese venerable volumen de consulta, heredado de mi abuela materna fue una de mis entradas a la lectura. Gracias a ese faro de cultura general que encima tenía un apartado de las copas del mundo hasta 1970, me metí a conocer banderas, capitales, ubicaciones geográficas, presidentes, etc; y entonces supe de Emiratos Árabes, Egipto, Yugoslavia, Camerún, Irlanda y otros países que, para ese entonces, me eran desconocidos.

Desde esa fecha, cada vez que un país alejado de mi radar participaba en una copa del mundo me daba a la tarea de averiguar algunos aspectos históricos, demográficos, geográficos, políticos y culturales; sin embargo, para este mundial no tuve tiempo de hacerlo y, cuando supe de Cabo Verde, solo se me vino a la cabeza: «país africano, de escasa población, y que seguro serán goleados en su debut contra la poderosa España».

No pude seguir todo el partido; apenas observé los últimos quince minutos y el resumen posterior. España mereció ganar, sí; le sobra jerarquía; pero fue predecible, chato, sin vocación y reiterativo. Con un Yamal lesionado que no pudo desequilibrar y que se topó con «Vozinha», el arquero caboverdiano (tuve que investigar el gentilicio); cuyo padre quiso llamarlo Valdano, de cuarenta años, que juega en la 2da división de Portugal, que no pudo llevar a su madre por no contar con el dinero para la visa; y que luego de su maravillosa actuación pasó de 40K seguidores a 1.6 millones en Instagram.

Y entonces comprendí que, más allá del resultado, eso era precisamente lo que siempre me había fascinado de los mundiales. No se trataba únicamente de los goles o las victorias inesperadas; detrás de cada selección había historias humanas, países desconocidos, costumbres distintas y personajes improbables esperando ser descubiertos. Cabo Verde dejó de ser una mancha en el mapa para convertirse en una historia digna de ser contada.

No sé qué habrá pasado con el viejo Almanaque Mundial de mi abuela. Lo que sí sé es que, más de treinta años después, sigue ganando partidos. Ya no busco entre páginas gastadas, son otros los insumos; pero sí logré entender algo: sigo con la misma curiosidad de un niño que encuentra en el fútbol una excusa perfecta para ser feliz y conocer el mundo.

Por Pablo Carbone, escritor.

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