El problema de los aniversarios es que la celebración termina. Uno felicita, abraza, brinda, se toma la foto y vuelve a sus asuntos. Hasta ahí, todo bien. Pero cuando la homenajeada es la tierra donde vivimos, quizás el compromiso deba durar un poco más que el festejo.

Este 24 de septiembre, el departamento de Santa Cruz conmemoró el 216º aniversario del Grito Libertario de 1810. La fecha nos reúne en torno a una historia compartida que abarca todo el territorio departamental y va mucho más allá de su capital, Santa Cruz de la Sierra.

Tenemos nuestra bandera, nuestra tamborita y esa facilidad para emocionarnos cuando un taquirari nos devuelve un recuerdo. Me reconozco en todo eso. Puedo recordar la letra completa de una canción que no escucho desde hace treinta años y olvidarme de para qué entré a la cocina. Quizás debería ir cantando lo que voy a buscar.

Pero llega el 25. Y ahí quisiera detenerme.

En una columna anterior, “Soñar no cuesta nada”, imaginé una Santa Cruz de oportunidades, donde el trabajo permitiera vivir mejor, la producción fuera compatible con el cuidado de la naturaleza y las autoridades cumplieran con sus obligaciones.

Me detuve, además, en Santa Cruz de la Sierra: sus espacios públicos, su transporte, su patrimonio. Al releerla, me incomoda encontrar necesidades tan elementales en una lista de sueños. Poder caminar por una acera sin tener que bajar a la calzada, por ejemplo. Tampoco estaba pidiendo tanto.

Desde la Chiquitania hasta los valles cruceños, pasando por el Chaco y el norte integrado, hay distintas maneras de habitar esta tierra, de trabajarla y de reconocerse en ella. El aniversario debería ser una ocasión para escuchar a quienes viven en esas regiones y preguntarnos hasta dónde llegan las oportunidades de las que tanto nos enorgullecemos.

Durante años he escrito sobre el humo que nos impide ver el cielo del himno y sobre los bosques que sacrificamos en nombre del crecimiento. También he dedicado columnas a quienes enriquecen la vida cultural de Santa Cruz: músicos, escritores y gestores que sostienen su trabajo con recursos escasos y una porfía admirable.

Pienso en la labor de Marcelo Araúz, en las melodías de Nicolás Menacho y en quienes sostienen una biblioteca o mantienen abierto un espacio cultural. Gracias a ellos, alguien puede asistir a un concierto, descubrir un libro o encontrarse con otros. Por ahí también se construye una región.

En Santa Cruz de la Sierra, donde vivo, ese compromiso se expresa en actos cotidianos. El vecino que deja libre la acera facilita el paso de los demás. Quien cuida una plaza permite que otros la disfruten. Parecen gestos pequeños hasta que nos toca empujar una silla de ruedas o buscar dónde sentarnos con una nieta.

El esfuerzo de los vecinos debe estar acompañado por una gestión pública que planifique, asigne recursos y responda por los resultados. La Gobernación y los gobiernos municipales tienen obligaciones propias que cumplir. Ya escribí alguna vez sobre la manía de presentarnos las obras como regalos. Quienes administran nuestra plata nos deben explicaciones; no somos nosotros quienes les debemos favores.

El orgullo productivo merece sus propias preguntas. ¿Cómo ampliar las oportunidades de trabajo en todo el departamento y, al mismo tiempo, cuidar el suelo, el agua y los bosques? Me gustaría que siguiéramos discutiendo estas cuestiones después de septiembre, con espacio para discrepar sin que la crítica se interprete como falta de cariño.

La hospitalidad que tanto celebramos se pone a prueba cuando alguien llega buscando un lugar donde trabajar, criar a sus hijos y participar en la vida común. Quienes nacieron en nuestras provincias deben poder construir allí su porvenir, si así lo desean, sin verse obligados a migrar a la capital.

Ojalá hayamos disfrutado este 24. Hace bien reunirnos, emocionarnos con nuestra música y celebrar lo que sentimos nuestro. Ahora nos toca seguir cuidando esta tierra, también cuando termina el festejo.

Es 25. Santa Cruz sigue aquí.

Por Alfonso Cortez, comunicador social. / Desde mi barbecho.

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