¿Por qué estamos así?

Presumiblemente porque no comenzó (o no comenzamos) por donde se debía: por los principios.

Se puede decir que un principio es una idea fundamental o regla general que sirve como punto de partida para comprender la realidad, interpretar los hechos y entender que ciertas cosas no son coincidencias sino consecuencias.

Siguiendo la búsqueda de la respuesta a lo que nos ocupa y preocupa, es pertinente hablar de tres principios:

El Principio de Schumpeter (llamémoslo así), que sostiene que, en materia política, los ciudadanos usualmente toman decisiones con menos información, menos análisis y menos racionalidad que en otros ámbitos de su vida, lo que puede llevar a la elección de dirigentes más hábiles para conseguir el voto que para gobernar: por ejemplo, gastan más horas analizando el celular que van a comprar que desmenuzando un programa de gobierno. Así se explica que ciertos individuos consigan el voto de otros individuos incapaces de detectar su incapacidad.

Luego aparece el Principio de Peter que dice que en una organización las personas tienden a ser promovidas en función de su eventual buen desempeño o habilidad en algún área hasta alcanzar un puesto cuyas exigencias superan sus capacidades, es decir que, no estando debidamente preparadas, aceptan un cargo alcanzando así su nivel de incompetencia: El buen vendedor termina siendo un mal gerente. El buen gerente termina siendo un mal director y un alcalde regular, un mal presidente.

Y para completar la trilogía está el Principio de Dilbert (sí, el de la tira cómica que no por ser cómica invalida el principio), según el cual algunas organizaciones terminan colocando a los menos aptos en puestos de dirección creyendo que allí son menos perniciosos, sin embargo, terminan afectando seriamente el trabajo de personas que sí poseen las capacidades técnicas necesarias para desempeñar sus oficios.

En síntesis, Schumpeter explica cómo el menos apto puede ser elegido, Peter explica cómo puede seguir ascendiendo y Dilbert explica por qué una organización puede terminar siendo dirigida por quien menos comprende el trabajo que realiza. Hipersimplificando: La gente vota sobre asuntos que no entiende (Schumpeter), asciende a cargos para los que no está preparada (Peter), y termina dirigiendo organizaciones porque nadie supo dónde más ponerla (Dilbert).

En el mundo corporativo existe una expresión interesante para describir lo anterior: failing upward: caer o fracasar hacia arriba.

Ahora bien, ¿cuál es la responsabilidad del elegido? Porque no todo puede atribuirse al elector. Aquí me animo a esbozar dos posibles explicaciones: la ignorancia (la supina y la ingenua) y la soberbia.

Con relación a la ignorancia (o incertidumbre), ya en el pasado con el afán de controlar el devenir, los gobernantes de la antigua Grecia acudían al Oráculo de Delfos para que la Pitonisa les revelara el futuro, pero el santuario los recibía con dos máximas que sacudían al visitante: “Conócete a ti mismo” y “Nada en exceso”. Primero el conocimiento, después la conducta. Si te sabés débil, no vas a la guerra, pero si aún así querés ir, luego, profetizar sobre ello, resulta una obviedad.

Pero esta época, la de la literatura de autoayuda barata, la de frases motivacionales paridoras de brutos tenaces, ha convencido a demasiada gente de que querer algo equivale a poder hacerlo. El resultado es una generación de individuos que confunden autoestima con capacidad, y que ya nomás se lanzan a la campaña con dos o tres frases más enlatadas que un corned beef Dillman.

Y quién sabe, ellos pueden tener la suerte que, de manera nefasta y coincidente, los tres principios interactúen catapultando al eterno optimista al estrellato, provocando la admiración de un público despreparado. (No puedo dejar de pensar en Peter Sellers en la película Desde el jardín: un hombre que decía simplezas botánicas y una sociedad tan necesitada de profundidad decidía escucharlas como filosofía política).

Luego aparece la soberbia (la madre de la vanidad) entendida como el pecado capital por excelencia: pues mientras que la gula, la lujuria, la pereza implican el deseo desordenado de algo, la soberbia desea algo más radical: la persona que se empecina en ocupar un lugar que no le corresponde, desconociendo cualquier límite: la desmesura en su máxima expresión, pecado que si lo trasladamos a la política se convierte en una fábrica de catástrofes.

Lo que comienza con una pequeña mentira frente al espejo, se puede convertir en el descalabro de la estabilidad nacional.

¿Es la presidencia la causa de que el actual impasse no tenga solución? Sería un exceso endilgarle totalmente semejante responsabilidad, pero lo único que está quedando en este tamiz es que antes los gobernantes iban a Delfos para conocer su destino y definir qué hacer para encarar el futuro. En nuestro caso, Rodrigo tuvo una ventaja mucho mayor, podía mirar su pasado pero, ignorándolo, decidió seguir adelante.

Y así, por no comenzar por los principios puede estar enfrentando su final.

Por Leonardo Leigue Urenda, abogado.

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